Macbeth, crítica. Película de la semana

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Macbeth
La lágrima y el trueno
Por Erick Estrada
Cinegarage

Noche densa, sin Luna. Ambición y neblina. Tres brujas que parecen cuatro se acercan a Macbeth después de que ha triunfado en la batalla y le dicen que será rey a pesar de haber ganado la batalla para otro. “Si el futuro me ha dicho que seré rey, el provenir no se interpondrá en el camino si decido acelerarle el paso” se dice lleno de ambición y neblina. Una le ilumina el camino que la otra insiste en ocultarle.

Desde ese momento, con los horizontes del western que aquí queda reducido a los tiempos apagados y los encuadres largos que oprimen a los personajes, Justin Kurzel deja que su propia versión de Macbeth se nos atore en los pulmones. Siendo una historia universal acomodada al lenguaje cinematográfico muchísimas veces, probablemente la verdadera aportación que se le puede hacer al Shakespeare que nos narra las desventuras de Macbeth era la visual y la conceptual. Elaborar un discurso cinematográfico coherente con las desventuras del futuro rey y a través de ello comunicar una sensación, un sentimiento. Desarrollar un montaje para contarnos cómo la ambición puede ser disfrazada de triunfo cuando se le sigue a través de la densa niebla de los bosques en llamas.

Kurzel se apoya, por supuesto, en el guión de otros tres casi principiantes, Jacob Koskoff, Michael Lesslie y Todd Louiso quienes a punto de perderle el respeto desmontan la historia lineal de Macbeth para reacondicionarla al concepto visual desarrollado en el otro lado de la oficina. En su guión, el viaje que haremos a partir del vaticinio que esas brujas muy Polanski le hacen a este desventurado hombre, será por su interior, en las ensoñaciones febriles que despierta ese futuro luminoso en un mundo opacado por las guerras y la suciedad, por la niebla que se hace aún más densa cuando las noches se cierran como en su futuro reino.

De ahi los falsos racords de la película, los aparentes saltos de eje, los desconciertos visuales que nos llevan de una idea a la otra y que en esa diminuta pérdida de brújula son capaces de soportar los monólogos de Shakespeare, apartándolos con valor del ridículo en el que muchos de ellos (casi todos) caen cuando les toca enfrentar al mal discurso cinematográfico (esa Lady Macbeth convocando a la Muerte, ese Macbeth que se confiesa a sí mismo). Por ello hay pequeños flashforwards y por ello tenemos también las fantasmales apariciones de personajes que habían sido masacrados como masacrada está la conciencia de Macbeth. Esas son las vueltas que nos invita a dar Kurzel dentro del cerebro de este personaje mientras desarrolla una apuesta visual elemental pero efectiva, quizá obvia pero colocada con tino al aceptar esa obviedad.

La película comienza su narración en tonos blancos, en playas que de no saber que están en Escocia podrían ser dueñas de arenas caribeñas, con los rostros pálidos que contrastan con el lodo que las mancha. Desde ahí Kurzel la lleva de la mano a tonos más azules, hermanados en la paleta y en los hechos. Se descubren los asesinatos, Lady Macbeth convoca a la muerte, el cielo se cierra de nuevo y la película pasa entonces a los amarillos, al ocre y al rojo en una conclusión trágica que, al ser vista a través de ese montaje de falsos racords y monólogos galopantes, da la sensación de ser ella misma un poderoso flashforward, una lectura del futuro dentro del vaticinio de las brujas, una ilustración de lo que estas mujeres sobrenaturales le susurran al oído al impaciente Macbeth.

En ese momento la tragedia se duplica (sabemos lo que va a pasar mientras Macbeth apenas se lo imagina) y el mensaje de Shakespeare adquiere una contundencia brutal y magnífica, de tal tamaño que la lágrima que Fassbender/Macbeth desprende en un gran close up al comprender el enredo que él mismo ha desatado, empata su caída con el sonido de un trueno que también nos dice que la tormenta se aproxima.

Travellings, paneos, composiciones en el encuadre que nos remiten a Los Nibelungos de Fritz Lang. Kurzel está ya completamente libre dentro de la mente de este rey que imagina catedrales que lo aclaman y en ello se encarga de usar (como en el western) todo el espacio disponible en el encuadre, uno que a cada capítulo oprime más a los personajes (cielos pesados en color que caen sobre la cabeza de los personajes).

El desenlace es una pelea final coreografiada más por Shakespeare que por las espadas -esos falos mancillantes que aquí han esparcido sangre como si se tratara de bendiciones. Y después el golpe final que confirma que esto es apenas el principio, que a Macbeth le falta sufrir todo lo que ya hemos visto: los muertos, los inumerables muertos de esta historia están de alguna forma dentro del duelo, en esos encuadres de cielos gigantescos, de horizontes muy cercanos al tope de la pantalla.

Aparecen los fantasmas negros en luto. Así como los colores la película transforma a sus elementos: la lluvia del principio se ha vuelto ceniza que cae del cielo, la neblina se hizo niebla para después convertirse en humo que sale del bosque que así cumple una profecía más. En la lluvia de ceniza roja las lágrimas no se ven, sólo se escuchan los truenos que avisan que la tormenta está ya sobre nosotros.

Macbeth
(Reino Unido-Francia-EUA, 2015)
Dirige: Justin Kurzel
Actúan: Michael Fassbender, Marion Cotillard, David Thewlis, Sean Harris
Guión: Jacob Koskoff, Michael Lesslie, Todd Louiso
Fotografía: Adam Arkapaw
Duración: 113 min.

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