Valerian y la ciudad de los mil planetas
Una bomba alucinógena de cultura pop
Por Erick Estrada
Cinegarage
Tramposamente, con un golpe bajo que además va a lo seguro Luc Besson, director y guionista de Valerian y la ciudad de los mil planetas, abre su aventura espacial con el nuevo himno de los viajes en el espacio: “Space Oddity”. Sin embargo, aunque se trata de la versión del Mayor Tom, la de David Bowie, la que hemos conocido desde siempre, la canción está cortada y recortada para ajustarse al ritmo del montaje en la introducción a la película que es: más que psicodélica, psicotrópica.
La trampa, sin embargo, no sólo es válida (¿no son tramposas todas las películas?) y en esa introducción Besson pavimenta el camino por dos razones fundamentales. En primer lugar para que no se sobreinterprete a una de sus películas más ambiciosas pues, siendo un director que nunca ha pretendido transformar al mundo sino asombrarlo a través de sus historias, al entregar una película que le ha llevado tanto tiempo construir y en la que hay tanta carga de cultura pop, corría riesgo de que algún aventurero se lanzara a encontrar claves y descifrar misterios.
En segundo lugar, como buena secuencia introductoria y siendo Besson más clásico de lo que muchos creen, la obertura deja clara la forma de la película entera: un gratísimo y muy divertido catálogo de momentos que de no aceptar que estamos ante un mero vehículo de entretenimiento, podrían convertirse en clichés desapasionados.
Pero no. Sumergiéndose en esos aires psicotrópicos Valerian y las aventuras que recorre consigue en primer lugar lo que muchas otras películas han buscado con desesperación y han errado en el tino: el famoso universo nuevo, los mundos y los personajes que se desapegan de tal forma de lo “terrestre” que cuajan casi instantáneamente la muy difícil mezcla de fantasía y ciencia ficción al estilo de El quinto elemento (Francia, 1997), probablemente el mayor obstáculo con el que tiene que lidiar Valerian y la ciudad de los mil planetas (Besson vs. Besson).
Después de ello, se nos deja ir a una aventura que habiéndose deshecho de todo tipo de ancla “realista”, es capaz de surcar los océanos del cine de aventura más clásico, ese que se entregaba en capítulos en las matinés de los grandes cines y que, por otro lado, es también y en gran parte responsable de mucha de la imaginación depositada por George Lucas en La guerra de las galaxias (EUA, 1977). No serán pocos quienes, apretando la necedad y negando las raíces comunes, querrán comparar e incluso hacer combatir a estas dos propuestas en un acto inútil, egoísta e incluso ignorante.
La magia de Valerian y la ciudad de los mil planetas reside en el entendimiento de ese tipo de cine, de ese tipo de aventuras, una magia que se ha llevado al fondo del mar a propuestas que han intentado capturarla pero que han fallado al carecer de la mirada juvenil que Besson nunca ha perdido, de esa combinación que aquí se deja ver clara y bien balanceada: humor adulto con cine de acción juvenil.
Es tan ágil la manipulación que hace Besson de sus capítulos para evitar que se conviertan en cliché lo que es en realidad una herramienta del cine de aventuras (igual que manipuló “Space Oddity”), que a media película se escucha con toda claridad la frase “Es una misión que no tiene sentido” que aunque dicha con una idea diferente, podría cobrar nuevo significado en este viaje ácido de dimensiones alternas, más parecidas a las que se experimenta en MDMA que a una película de ciencia ficción “seria” como Star Trek (EUA-Alemania, 2009). Esa falta de sentido, entonces, podría ser utilizada en contra de la película, que justo a la mitad parece desbordarse sin remedio. Ello no ocurre y como cualquier viaje ácido, el sentido que cobra la película (y la misión que persiguen Valerian y Laureline: deslumbrante y fresca Cara Delevingne) es el de la fiesta de MDMA que poco a poco nos deja muy claro que aquí se consolidará como una bomba alucinógena de cultura pop: de Rihanna a Rutger Hauer, de guiños a otras historias a los varios ejemplares del cómic en que está basada, a frases hechas y re-hechas, a lo extrañamente familiar de los mundos y las dimensiones desarrolladas aquí, Herbie Hancock en una aparición de aplauso, Ethan Hawke (ese viajero espacial frustrado de la Gattaca de Andrew Niccol) casi irreconocible y sarcástico a morir. Besson ha hecho esta película para sí mismo, para su padre (a quien está dedicada) pero sobre todo, para nosotros, que recibiremos esta bomba sin poder tener cuartel.
La razón es sencilla. Como contador de historias Besson hace de Valerian y la ciudad de los mil planetas lo que en su momento intentaron Mike Newell con la muy enclenque Príncipe de Persia (EUA, 2010) y antes Mike Hodges con su fallida (aunque hoy objeto de culto) Flash Gordon (Reino Unido-EUA, 1980): una cinta de aventuras juvenil con mirada juvenil, no bajo la mentalidad de que se tiene que cumplir un compromiso para un estudio de grandes presupuestos.
En medio de las aventuras de esta joven pareja (Dane DeHaan parece llevar un letrero que dice “en cuanto se decidan puedo ser la mejor versión del espía más famoso del cine”) en donde sin profundizar de más se esbozan temas como la devastación humana de su propio planeta, la amenaza a la Tierra (nosotros somos el villano), el discurso verde, el de la reconciliación universal y el capitalismo concentrado que vigila sus ganancias antes que cuidar la ética de sus operaciones. De entre todos ellos sobresale sin embargo el de la búsqueda del amor, el logro de esa primera meta juvenil. Y los temas surgen, afortunadamente, en una narración divertida, sin pretensiones, sin exageraciones, todo a través de la mirada de un Besson joven y a gusto en el set de rodaje.
En la fabricación de estas aventuras, en la manipulación de sus obviedades, con un trasfondo tan manoseado como la búsqueda del amor pero aquí revitalizado gracias al despliegue festivo de imágenes que por un lado empatan con la neo psicodelia de los super héroes de Marvel, pero que a diferencia de ella aquí sí construye un universo interior válido en lugar de ser mero efecto y despliegue tecnológico, Besson hace de su película una celebración a la aventura en la pantalla (¿no debería alguien pedirle su versión del Flash Gordon del ‘80, quizá con la misma banda sonora?), despojada de testosterona y superpoderes que saben ya rebuscados en la fallida dictadura de los súper héroes en el cine de entretenimiento, y que en consecuencia y sin buscarlo, demuestra que el cine fantástico, el de acción juvenil, el de entretenimiento, necesita héroes y no super héroes, personajes y no uniformes, unir y no invadir, independencia (esta es una película independiente) y no corporativismo.
CONOCE MÁS. Aquí les dejamos una fotogalería de Valerian y la ciudad de los mil planetas.
CONOCE MÁS. Esta es la crítica de Erick Estrada a Lucy, película dirigida por Luc Besson.
Valerian y la ciudad de los mil planetas
(Valerian and the City of 1000 Planets, Francia, 2017)
Dirige: Luc Besson
Actúan: Cara Delevingne, Dane DeHaan, Rihanna, Ethan Hawke
Guión: Luc Besson
Fotografía: Thierry Arbogast
Duración: 137 min.


