Fences, crítica

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Fences
La pelota inmóvil
Por Erick Estrada
Cinegarage

Todo comienza como una tormenta. La verborreica personalidad de Troy, el legado guerrero de su nombre, la energía acumulada en años de empleo en un sitio en donde sus capacidades no sólo son ignoradas sino que nunca serán utilizadas, todo se desborda en una primera entrada de catarata, de casi ataque, de monólogo casi egoísta pero capaz de armar un coro a su alrededor.

Fences es eso en parte, un viaje en trineo de alta velocidad por la mente de Troy, un hombre que, nos enteramos con pasos casi invisibles, ha visto, vivido e incluso sufrido la transformación de los Estados Unidos de un país casi detenido con palillos, incapaz de darse cuenta de su posición en el mundo, a una primera potencia incapaz ahora de reconocer los derechos de sus gobernados.

Que nadie se espante. Fences no es ni una historia directa de la problemática racial de los Estados Unidos vista a través de los ojos de un hombre, ni un alegato sobre lo poco que se ha avanzado en realidad en cuestiones de derechos de las minorías. Tampoco es una declaración de principios necesaria en la convulsa situación pero de más en lo que la película quiere contarnos. Y lo que quiere contarnos efectivamente está propulsado por la problemática racial en Estados Unidos y por la diferencia de oportunidades que se brinda (o no) a las minorías y es, en la suma final de sus partes, una necesaria declaración de principios. Está propulsado por ello pero no es su único elemento sino alimentaciones tangenciales a la historia de Troy.

Lo que era antes una tormenta de sujetos, verbos y predicados, toma poco a poco otro ritmo y los largos monólogos de Troy adquieren una conistencia hipnótica, invoca nuestra atención y termina por sumergirnos en una marejada de curiosidad sobre aquello que hay detrás de él, de la personalidad convulsa, que salta del padre y esposo cariñoso, a la de la bestia enjaulada, que es justo en donde la película quiere que nos identifiquemos con él.

Basada en la obra de teatro de August Wilson (autor también del guión) Fences carece a veces de movilidad y de aire, retenida casi inexplicablemente (más allá del hecho de tener su origen en el teatro) en el patio trasero de Troy, en su sala, en su comedor. Pero esa inmovilidad termina por justificarse cuando descubrimos las ataduras del propio Troy, prácticamente obligado a fracasar en su carrera como beisbolista, orillado a un trabajo que no le otorga otras satisfacciones que la paga semanal, entregando esa misma paga a una familia en la que creyó y con la que se siente amorosamente atrapado. La pelota de béisbol atada a una cuerda, inmóvil en el árbol de su patio trasero, incapaz de retar a quien la use con un bat de baseball, es una imagen perfecta del alma de Troy, un guerrero que tiene su mundo entero en los metros cuadrados de su casa, a la que apenas mantiene en pie.

Entonces, los monólogos de Troy toman otro impulso y muestran poco a poco una tercera cara, la que ahora sí toma a su realidad por los cuernos y le demanda un poco de lo mucho que le ha entregado. Mucho de la presión racial que lo mantiene atado, mucho de la explotación de la que es objeto, mucho de ese futuro que a él le fue negado y que lo hace sospechar del aparente luminoso futuro de quienes lo rodean, la presión extra de un mundo masculino que convierte a los hombres en jefes de la casa y les prohíbe renunciar a ello, mucho de eso encuentra una válvula de escape que si bien en los tiempos de la película funcionan muy bien, probablemente no lo haga de la misma forma en cuestión de tonos.

Expliquemos. Más allá de un montaje cinematográfico real en el que las emociones y situaciones nos lleven al puerto deseado, Fences depende más del montaje de ritmos de los monólogos de los que se adueña un ultra vital pero oscuro (porque su personaje termina por serlo) Denzel Washington. El salto al tercer acto, en donde las frustraciones sociales y raciales de Troy rompen el delgado equilibrio que se mantenía no sabemos cómo y en donde, las metáforas surgidas del baseball con que él mismo se explica lo inexplicable de su vida chocan de frente con las metáforas de su propia esposa, que quiere explicarle a Troy que el mundo ha cambiado y que él no se ha dado cuenta, atado casi por necesidad al único mundo que conoce.

Entonces, en ese enfrentamiento de formas de explicarse al mundo, aparece un diminuto cuarto acto, un casi epílogo que es a la vez la mejor parte de la película, una especie de bálsamo que después de haber recorrido la vida interior de Troy en una tormenta apabullante a un ritmo de plegarias invitantes, nos lleva directo a sus temores, a la confirmación de que ese mundo cruel en que se ha visto madurar a sí mismo, esa prisión que fue su juventud, que es ahora su trabajo y que puede ser su casa (desde donde tiene que ver partir a sus hijos), cambia pero no necesariamente para bien.

El mensaje final de Fences, de esas cercas que rodean las casas o para mantener a los extraños fuera o para obligar a los conocidos a permanecer dentro, es que no se puede detener ese cambio, que las brechas generacionales tienen una cruel pero benéfica razón, aunque eso sea una confirmación de que los cambios necesarios en ese mismo mundo no siempre traen consigo la justicia que liberaría la triste pelota de baseball del patio trasero de la casa de Troy, que se desvanece en ese cambio pero que nunca lo hará de su propia familia. Al final no era una pelota inmóvil.

Fences
(EUA, 2016)
Dirige: Denzel Washington
Actúan: Viola Davis, Denzel Washington, Mykelti Williamson, Saniyya Sidney
Guión: August Wilson
Fotografía: Charlotte Bruss Christensen
Duración: 139 min.

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