Fury: corazones de hierro
Lo heroico y lo apocalíptico
Por Erick Estrada
Cinegarage
La crueldad y la violencia expuestos en Pelotón (EUA, 1986) alcanzaron niveles inquietantes cuando Oliver Stone decidió despojar de aires heroicos a unos personajes hundidos en una guerra inexplicable ante un enemigo indescriptible por desconocido. Más allá de la narrativa casi autobiográfica de Stone, esa heroicidad se deslavaba más cuando la exposición de hechos se nos hacía a través de los ojos de un novato combatiente que además se había ofrecido como voluntario en la guerra en la que nadie quería estar. Todo ocurre, en consecuencia, como el bautizo de fuego de un ingenuo casi hombre que de repente se ve atrapado en horrores que nadie había contado todavía. La pérdida de esa ingenuidad, el crecimiento forzado y violento del personaje al que le faltaban héroes para defender y razones para combatir, convirtió a los horrores de Vietnam en razón suficiente para arrancar una serie de cuestionamientos desde el cine a escasos 11 años de que esa guerra había sido declarada como terminada (y perdida) y que habían olvidado la paranoia alucinatoria del Apocalipsis ahora (EUA, 1979) de Francis Ford Coppola.
Ese mismo vehículo reaparece ahora para que David Ayer -un director que se ha distinguido por no tentarse el corazón cuando se trata de hacer y deshacer a sus nuevos personajes, cuando se tiene que despojar de auras glorificadoras a esos personajes que terminan por relucir oscuridades tan comunes como escandalosas- cuente una fábula bélica dentro de una guerra que muchos consideramos asumida, entendida y sobre todo superada.
Hay que señalar, sin embargo, que a Ayer no le interesa el punto crítico tan bien desarrollado por Stone, sino el derrumbe de la ingenuidad de Norman, su personaje central, un soldado inexperto y carente de las cicatrices del combate que, sin embargo, poseen y presumen (como mero mecanismo de defensa) la jauría a la que debe sumarse: un pequeño grupo muestra de soldados de todas las ideologías y formas que manejan un tanque en la punta final de la Segunda Guerra Mundial.
Poco hay de criticable en la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial (hay que atacar quizá su tardanza en decidir su participación) y de ahí que el propio Ayer ubique su historia en el final de la misma y sin enfrentamiento de ideologías. Antes se decide a retratar los horrores de la guerra para cualquiera de los bandos participantes despojando a sus soldados de escudos y remojándolos en un tono fabulesco que nos encamina a un discurso pacifista antes que patriota. Recordemos las gigantescas y tradicionales libertades históricas que el cine (americano y no) se ha tomado con respecto a la Segunda Guerra Mundial (y casi ante cualquier guerra) y quedará más claro que la dirección de Fury es la pacifista y no la ideológica, la que busca reconstruir la crudeza de los enfrentamientos humanos antes que generar nuevos héores con discursos grandilocuentes. Para lo segundo tuvimos ya esa extraña y extraordinaria mezcla de géneros con no menos libertades históricas que elaboró Quentin Tarantino en Bastardos sin gloria (EUA, 2009), en la que el mismo Brad Pitt encabezaba a otra jauría (esta probablemente más jovial y mucho más violenta) de caza nazis.
Ayer está más enfocado en el encierro y en la frustración que provoca. Sus personajes viajan encapsulados en un tanque desfalleciente acorralando a un dictador y a su ejército en su propio territorio (la retirada alemana y la debacle subterránea de su loco dictador). En ese viaje el encierro se fortalece cuando Ayer, de nuevo y sin tentarse el corazón, aumenta la soledad/encierro de este pequeño grupo de soldados y que al ver tan cercano el final de la guerra saben que se dirigen a una misión ya sin sentido.
Y ahí, en el punto de despegue heroico, con sus soldados abandonados, Ayer se dedica a desbaratarlos, a transformarlos en ratas encerradas en una diminuta jaula/tanque a la que han bautizado como “Fury” y a la que, desesperadamente, llaman “hogar”. No hay, entonces, una defensa de la patria, ni del honor, ni siquiera de los valores, sino una del espacio vital, del aire que se respira. Por esa razón cuando Norman, indeciso todavía y a pesar de sus múltiples baños de sangre, y Don “Wardaddy” (un padre con nombre de guerra) se refugian un momento del final incomprensible de una guerra mundial, lo hacen como machos combatientes en una jauría que viste los mismos uniformes y que además los persigue y los alcanza.
Se ha criticado la secuencia “de escape” en la que Don y Norman desahogan ansias y hambres en un pueblo destruido en una Alemania devastada; se le ha señalado como inútil y descarnada. No es descarnada (de hecho a la película entera le falta la violencia que Taratntino le inyectó a su Segunda Guerra) pero no es de ninguna manera inútil: la última cena que retrata, con hombres malolientes gruñéndose como coyotes ante las presas, dispara más el tono de fábula bélica que Ayer ha elaborado desde el principio y acorrala todavía más las conciencias de estos soldados fatigados y forzados a encerrarse de nuevo e su “hogar” para completar una misión que ahora más que nunca ven como suicida.
Sin ser perfecta, con carencias graves en enfoque y probablemente de credibilidad, la película de Ayer señala sí las deficiencias y debilidades de aquellos al mando en una guerra, maneja encuadres más que heroicos, apocalípticos y gracias a un montaje potente (especialmente en las secuencias de combate) comunica más nervio y opresión que desahogo y testosterona: sus personajes sufren antes que gozar la matanza y cuando parecen hacerlo sabemos, de nuevo, que es un mecanismo de defensa ante sus sentimientos.
En medio de ello, efectivamente, una música estorbosa y probablemente fuera de cualquier tono. Ello desvía el enfoque de Ayer, más hacia las superticiones de la guerra (de quienes las provocan y de quienes las pelean, que casi nunca son los mismos), más hacia la crudeza humana que hacia su persistencia y ganas de sobrevivir, más hacia el apocalipsis casi futurista con que juega, más dentro de la desesperanza ante la larga lista de guerras que nos quedan por soportar, antes que el refuerzo del héroe americano.
Sin ella, sin la música que abotaga el discurso, probablemente se detectara mejor el nervio pacifista de la película, que si bien se nutre visualmente de los clásicos bélicos de los cincuenta y sesenta (que sí buscaban entender a esa guerra a través de sus ideales y no de sus costos) alimenta cierta desesperanza y ansiedad, una en la que Norman, el novato encerrado en “Fury”, sólo puede establecer un diminuto pacto de paz, intrascendente y racional en medio de la locura y la matanza, a través de un acto de cobardía.
El cine bélico parece comenzar una transformación (necesaria). Veremos si este es un buen y entretenido comienzo.
Fury: corazones de hierro
(Fury, Reino Unido-China-EUA, 2014)
Dirige: David Ayer
Actúan: Brad Pitt, Michael Peña, Shia LaBeouf, Scott Eastwood
Guión: David Ayer
Fotografía: Roman Vasyanov
Duración: 134 min.



Esta pelicula es una basura, fuera de la realidad y fantasiosa como todo el Hollywood, judio, para destruir un tIger se necesitaban mas de 5 tanques y aqui los alemanes tienen malisima punteria , y los americanos una suerte que ni habler, UNA MIERDA de pelicula, tu mencion de peloton y Apocalypse Now ni al caso, nada que ver esas super producciones con este pedazo de basura.