Ocho apellidos vascos, crítica

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Ocho apellidos vascos
“Eskerrik asco por preguntar”
Por Erick Estrada
Cinegarage

Emilio Martínez Lázaro no es nigún improvisado y pasear por la montaña rusa en que se convierte Ocho apellidos vascos a muy poco de haber comenzado es la prueba de ello. ¿La razón? Que los estereotipos que a muchos escandalizan son el motor de una comedia de enredos que de repente se hace romántica pero que no pretende llevar más allá su valiosa incorrección. Entretenimiento puro… y quizá ahí es donde se queda un poco corta.

Este año Ocho apellidos vascos se convirtió en una de las películas más taquilleras en la historia del cine español, derrotada solamente por la monumental Godzilla (EUA-Japón, 2014) y las razones están a la vista: la pareja que no debería ser pareja se enreda en una comedia básica, elemental pero completamente contemporánea en la que el matrimonio no es ni la finalidad de los involucrados ni la escena final de la película, las familias son todas atípicas si no disfuncionales y el humor, de nuevo, rebasa casi siempre el lugar común.

La razón de ello es de nuevo el estupendo malabareo que se hace con los estereotipos de por lo menos dos Españas, la del País Vasco ultra nacionalista y la de Andalucía, por mucho la España más reconocida quizá por parecer la más amable pero no por ello menos amante de sus localismos

Ella es del norte y él del sur y ambos llevan raíces profundas que los diferencian más que unirlos. En ese choque de ideas y de realidades, Emilio Martínez Lázaro se las arregla para hacernos reir de aquello que sólo los vascos tenían permitido reírse: los vascos. Todo, además, en una sucesión de infortunios y cruces de circunstancias que también juegan con el absurdo aunque nunca hace de él su herramienta fundamental.

“¿Qué es lo que ha pasado para que estén los dos aquí?” se le pregunta a la pareja en uno de los momentos más enredados de la historia y ahí cae la idea: Martínez Lázaro podría, a través del humor incorrecto peculiarísimo de la película, estar dibujando un mapa de lo que es España en estos momentos (y de lo que son muchos países, como México): una larga lista de infortunios y curvas en la carretera que forman casi de casualidad parte del mismo país, uno que todavía atraviesa momentos complicadísimos y que necesita conocerse, reconocerse y reconciliarse.

De paso, hay figuras que con la malicia de Almodóvar o el tino clásico de Luis Garcia Berlanga habrían elevado esta comedia de enredos casi romántica a un nivel histórico más allá de sus logros en la recaudación: con el nudo en su peor momento es ella quien lo busca a él, un vestido de novia en llamas, los cantes convertidos en grito de protesta en manifestaciones nacionalistas, el uso del euskera con gramática castellana (“eskarik asco por preguntar” dice Rafa convertido en Atxon con ocho apellidos vascos).

Pero no, aunque el esquema se altera un poco y aunque sí, está ahí casi tácita la idea de reconciliación y de aceptación de diferencias, aunque se golpea al folcor y aunque la película es veloz y fresca (su humor es universal, enorme cualidad), el aguijón nunca sale, la idea se queda corta, casi inconclusa a pesar de que Los del Río dan el toque explosivo y absurdo que la película anunciaba desde la mitad.

Aparte está, eso sí, el gran Karra Elejalde, que se roba sin el menor rubor todas las escenas en las que, con idea y puntería, se ríe para que lo hagamos con él, de los estereotipos vascos que aquí, a su vez, nos hacen reir de los estereotipos andaluces.

Ocho apellidos vascos
(España, 2014)
Dirige: Emilio Martínez Lázaro
Actúan: Clara Lago, Dani Rovira, Carmen Machi, Karra Elejalde
Guión: Borja Cobeaga, Diego San José
Fotografía: Gonzalo F. Berridi, Juan Molina
Duración: 98 min.

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