El renacido, crítica. Película de la semana

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El renacido
Una pirámide de huesos
Por Erick Estrada
Cinegarage

A los indios todos les han robado todo. Esa es una de las primeras impresiones que El renacido acomoda en la mente de quien ve la película, una primera señal de cómo es que funcionará esta narración de acciones mínimas y alcances largos que se vale del desmontaje dentro de su montaje para comunicar una desesperanza brutal únicamente equiparable al sentimiento de un explorador depositado contra su voluntad en terra incognita.

En El renacido (título quizá inconveniente si se compara a la película con el libro “The Revenant” de Michael Punke, pero acertado si nos centramos en lo que quiere comunicar en su escasísimo guión), Alejandro G.Iñárritu se dedicará a derrumbar mitos, esquemas, costumbres y arquetipos para entregarnos una sensación de desesperanza y pesimismo que, curiosamente, ya estaban incluidos en todos los esquemas que ataca en el montaje de su película.

Uno a uno los símbolos y los ídolos iran cayendo en un proceso más de deconstrucción que de construcción, más de suma de contrarios que en actos consecuentes e incluso racionales. En ello se justifican (y se agradecen) las largas y casi realistas secuencias alucinatorias en las que nuestro personaje central (Hugh Glass-DiCaprioLubezki-la cámara) se hunde, primero como consecuencia de fiebres mitológicas consecuencia de andares en terrenos desconocidos y después como forma de entendimiento de parte de un mundo “civilizado” (la cultura europea) ante el aparente salvajismo de las culturas americanas.

Al aparecer, estas secuencias entregan a la película ese halo de ensoñación enfermiza y desesperada que choca de frente con el aparente hiper realismo de la narración. Juego necesario (y aquí oportunamente desarrollado) pues ese hiper realismo es justo eso, una apariencia, un engaño ante la presencia contundente de la herramienta de Lubezki, las cámaras y las lentes que deforman el horizonte, las curvaturas de la pantalla y que se deslindan del uso artificial de la luz para, en un nuevo choque entre dialéctico y deconstructor, subrayar de regreso el tono alucinatorio de la narración. Si ustedes piensan en la suma de mentira más mentira igual a realidad entrarán de lleno al mundo que Iñárritu quiere que exploren con la película.

Dentro, el siguiente objetivo es el western americano y sus leyes primigenias: el choque la de la “civilización” con lo desconocido, con las tierras lejanas e inexploradas; el enfrentamiento entre el hombre blanco empecinado en un modo de vida basado en el despojo y en el colonialismo y los habitantes originarios de América, que no entienden los motivos de los blancos y que defienden algo más que sus tierras y sus animales: su forma de vida.

Ignorando las demás reglas del western (redimido desde hace ya varios años por propuestas notables, sublimes y efectivas), Iñárritu no toma partido (costumbre tanto del western antiguo como del moderno) y condensa en la persona de Glass (Lubezki-la cámara) ese choque y sus consecuencias. Glass es el jugo que expulsa el choque de estos dos mundos y en consecuencia no puede (ni podemos, porque somos él gracias a la cámara de Lubezki) tomar partido. En el largo viaje que le obliga a emprender su sed de venganza vemos la ambición y conocemos el origen de la misma del europeo convertido en americano, y en las secuencias de sueño y alucinación comprendemos el otro lado, el que ve a la Tierra como la ven los indios llamados salvajes y que tampoco puede hacer mucho frente al despojo sino construir pirámides gigantescas de cabezas de bisonte (el símbolo es claro tanto histórica como política e incluso ecológicamente) ante las que Glass permanece impávido, entre asombrado y muerto de miedo.

El paisaje donde ocurre todo es la expresión de esos miedos, de esas angustias y de la rabia contenida de Glass son enormes bosques nevados, gélidos, inhumanos (y es que la Tierra no es nuestra y ennconsecuencia es y debe ser inhumana) que oprimen a un personaje a pesar de que siempre lo vemos en no menos expresivos ángulos contrapicados.

A la imagen magnificada de Glass/DiCaprio, Emmanuel Lubezki le acomoda otro contrapicado que en consecuencia lo minimiza, el de los bosques de la antigua frontera americana; nos hace ver primero que no estamos ante el héroe típico en el western típico (de hecho Glass está más cerca del villano justificado que del héroe inmaculado) y que además el paisaje de este western no puede ni será el típico que se nos muestra a veces con demasiada insistencia. Lubezki no está conforme y subraya esta opresión de Glass y lo desconocido y agreste de estos terrenos con tilts en la cámara que siguen a estos ángulos contrapicados. Ellos pasan después del ángulo normal al picado para dejar que la cámara abandone el tilt, realice un giro y capture acciones en 360 grados que devoran a este infortunado personaje: no hay salvación alguna.

Hasta aquí, Iñárritu ha jugado y destrozado al típico héroe del western, se acercó a él desde la óptica de las narraciones que buscan reinventar el mito americano y entender el papel de las naciones nativas para después jalar de nuevo la cobija y dejar claro que a pesar de todo la salvación de uno y de todos está lejos todavía.

El remate viene con la deconstrucción final, la de la estrella de Hollywood. Leonardo DiCaprio, montado en el papel del malasuerte pero mcgiveriano Glass hace todo lo que una estrella de Hollywood actual no quiere hacer. No hablemos de soportar las exigencias de un director capaz pero pedante y pretencioso que busca a todas luces (y consigue) entregar una película (muy) capaz pero petulante y pretenciosa. Está además la demanda física y el desgaste emocional de comunicar primero la trampa cultural en la que está atrapado su personaje y después la rabia -inmensa gasolina de su venganza que tanto le debe al mejor Eastwood)- todo prácticamente sin palabras, proyectándolo en los grotescos -y por eso bellos- paisajes que Lubezki contrapica encima de él. Para Iñárritu el poder de su actor central no está en los diálogos ni en los duelos verbales, tampoco en el carisma abrumador o incluso en la desfiguración física. Aquí todo está dentro, proyectado en ese bosque homicida… Y adentro se va a quedar.

La cámara es el botín mayor y también rompe sus propios esquemas en esta fiesta de derrumbe de mitos que no se preocupa en sustituírlos o reacomodarlos (de ahí lo efectivo de su petulancia). Lubezki lleva a este mundo, a este bosque, a estas culturas enfrentadas, a estas pirámides de huesos, a esta anti estrella hasta la cámara y es la cámara la que hila con destreza quirúrgica todos estos elementos como si se tratara de las heridas de Glass tras el ataque de la bestia: se nota la sangre, hay retoques “burdos” justificados sólo en sí mismos (esas gotas de sangre que salpican la lente, ese vaho que empaña la imagen en un juego evidente de retro realidad al límite), la acción contenida, los paisajes tenebrosos, los desplantes del mejor cine de acción, western o no (la caída a caballo al acantilado nevado); pero todo termina por cicatrizar conforme nuestro héroe recobra la forma.

Estando ahí, haciendo exageradamente presente a la cámara en un mundo que no le pertenece (hablo del mundo en que esta narración está ambientada, no en el que se construye con la retro realidad) la cámara (y en consecuencia la imagen) se transforma en un espíritu que acompaña irremediablemente a Glass, incluso cuando alucina. Cuando esa idea está asumida la cámara se encima más, la imagen se deforma más y deja ver la técinca encima de la historia. En otros intentos esto habría sido un error monumental, una catapulta para enviarnos lejos de la película. Aquí, habiéndose derrumbado tantos márgenes, uno acepta esa presencia con grata fatiga. ¿Fatiga? Al ver y recorrer lo que Glass/DiCaprio ve y recorre nos convertimos en él, asumimos su venganza, compartimos su estupefación ante los bisontes masacrados (el símbolo, de nuevo el símbolo) y caminamos con él esos larguísimos kilómetros hasta el objetivo de su venganza y eso provoca en quien ve El renacido fatiga física, extenuación, tensión muscular y eso hay que agradecerlo.

La presencia inevitable de la cámara la convierte en personaje y al personaje en nosotros. Está ahí y ahí estará cuando todo concluya, lo cual nos prepara (e incluso justifica dentro de la película) el plano final de la narración, nos guste o no (yo me quedo sin él).

La estética pocas veces ha funcionado tan bien para comunicar desesperanza humana a través del derrumbe de lo que muchos consideran sagrado. Aquí se ha conseguido y veremos qué consecuencias nos trae, pero lo veremos con agrado.

El renacido
(The Revenant, EUA, 2015)
Dirige: Alejandro G. Iñárritu
Actúan: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Paul Anderson, Will Poulter
Guión: Alejandro G. Iñárritu, Mark L. Smith
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Duración: 156 min.

Comments (2)

  1. de acuerdo con la crítica en varios puntos (lo del director pedante y pretencioso pero capaz y con tanates para el arriesgue es justo lo que me adentra y me aparta a la vez de Iñárritu)

    Totalmente en desacuerdo con el comentario de arriba. En todo! No es por defender a Erick pero lo del guión se entiende fácil el porqué lo dice. Creo personalmente que él entendería más sobre guión técnico que cualquier audiencia promedio (por eso es crítico de cine). El choque de culturas está presente en el trasfondo y en primer plano! Incluso los símbolos y los detalles recalcan mas de lo necesario como para poder elaborar un análisis más profundo de lo que la reseña expone. Y los últimos párrafos son ya pura carrilla sinsentido.

    De nuevo. No trato de defender al redactor. Pero ese es mi punto de vista.

    Y de la película, la cámara y las imágenes son de una belleza brutal! (Me figuró muchísimo a lo que Lubezki hizo con Terrence Malick, solo que aquí el “timing” del montaje se siente abrupto -al propósito-). La verdad es que buen cine tiene y mucho esta película, muchísimo. Pero tal vez si dejaran de restregármelo y subrayármelo y marcármelo en grande y en negritas me vería mucho mas inmerso en la historia (y en su genialidad).

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  2. Me parece pretencioso tratar de encasillar o etiquetar la película asi como lo haces, es como si te hubieras levantado de tu butaca a gritar a todos en la sala: ES UN WESTERN A WEBO ES UN WESTERN! Que finalidad o sentido tiene? A caso en Star Wars VII dijiste q era una Space Opera? Ahora bien creo q te equivocas al decir q cuenta con us escasisimo guión, lo dices por q son pocos dialogos? O por q la mayor parte del dialogo de DiCaprio son gemidos?? Tu error es no apreciar la complejidad del guión tecnico, creo q a esto es lo q se refieren los criticos de IMDB cuando dicen q la audiencia promedio no valorara cada detalle en el que se esforzó Iñarritu y Lubezki, sino q se enfocaran en nimiedades como en este caso el diálogo o las alucinaciones o preguntando cómo se hizo “X” toma.

    Tampoco creo q la película se centre en el choque de culturas como tratas de convencer a los lectores, será un trasfondo pero efectivamente se centra en un hombre y lo q vivió para “renacer” pero no se profundiza en motivos de una u otra cultura para actuar como lo hace. Creo q podria seguir haciendo correcciones sobre tu punto de vista q creo q terminno por apreciar bien la cinta.

    Ahora bien, creo q esta película muestra las capacidades tecnicas y narrativas en su máximo esplendor q Iñarritu tiene para contar historias, y es por esto q tendrá muchos detractores, pero si fuera Cameron con Avatar lo estarían elogiando por q de él si creerian q es capaz de lo q se vio en pantalla.

    Me quedo una duda, ¿con Cuaron tmb dijiste q su pelicula contaba con un escasisimo guión? Tal vez lo tuyo para un buen guión es un merolico cada minuto de lo q dure la película.

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