El bosque de las almas perdidas
El engaño del engaño
Por Erick Estrada
Cinegarage
“La tristeza durará para siempre” es la frase que inaugura un relato que sin muchos sobresaltos caminará serpenteando entre terrenos realmente propositivos y otros que hemos visto probablemente de más. Los encuentros entre la muerte y los seres humanos han sido material cinematográfico desde los inicios del cine mismo y nos han entregado tensiones y emociones que permanecen en la memoria con esa línea entre lo agradable y lo desagradable pintada muy difusamente. Es decir, cuando el hombre y La Muerte juegan ajedrez en pantalla, cuando ella, como en Macario (México, 1960), lo (nos) pone a prueba con ejercicios de simpleza y profundidad, normalmente perdemos el rumbo y sabemos que estamos en un sueño que podría ser una pesadilla o viceversa.
Por ahí puede leerse la propuesta de José Pedro Lopes que tras la sentencia inaugural nos lleva a un bosque (otro más) en el que la gente suele suicidarse. En él (obviaremos los parecidos con otras historias en bosques suicidas) un hombre mayor y de clase acomodada busca terminar con su vida utilizando un cuchillo hasta que se cruza en el camino (o ella en el de él) de una chica que al estar también en el bosque nos hace suponer que también busca suicidarse.
Lo que sigue, sin embargo, es un intercambio de ideas (sobre el suicidio y la muerte) que a veces nos hacen pensar en la maravilla de Yorgos Lanthimos La langosta (Grecia-Irlanda-Holanda-Reino Unido-Francia, 2015) -pero sin sus dosis de ciencia ficción resquebrajada- y otras, por supuesto tanto al Bergman más popular como al Gavaldón más enamorado de uno de sus personajes más famosos, el Macario interpretado por Ignacio López Tarso.
Y sin embargo, algo falta. En ese paseo entre suicida y de encuentro de soledades, la chica vestida de negro y con chaqueta de cuero se acomoda demasiado rápido en una lluvia de clichés que parecerían sugerirnos que elabora un engaño hacia este hombre solitario y perdido, pero que por momentos igualmente identificables, nos hace ver una falta de matiz que evidencia cierta pérdida de profundidad, cierta superficialidad encantadora (los ojos de Daniela Love son cautivadores) que nos descoloca y nos expulsa de la historia.
¿Es ella la muerte que acompaña al suicida? ¿Es la muerte que incita al suicida? ¿Es La Muerte que fabrica un suicida? La lista de frases casi pre hechas que ella suelta nos hace dudar no de las intenciones de la chica en cuestión (es claro que busca la muerte del casi anciano) sino de las de la película, que al darse cuenta de su fractura vira su historia a la familia de este hombre, en donde sin interés real -más allá del maltrato y el desahogo estilo Funny Games (Alemania-Francia-Italia, 1997) de baja potencia- esta chica se apersona con una naturalidad que con un poco más de pulso y control Lopes pudo haber convertido en gélida. Aquí, sin embargo, plantea dudas que si bien no es necesario responder (recordemos que la racionalización no es precisamente bienvenida en las buenas narraciones y esta, por varios y distintos momentos lo es), tampoco están acomodadas como para generar más oscuridad que aquella con la que nos cobija el gran blanco y negro de esta película.
Lo que ocurre en la casa, de nuevo, se deja ir entre el thriller psicológico (esta chica que fuma y asalta, ¿es una (re)aparición de la hija perdida de la familia en venganza piscótica casi del más allá?) y el horror de perfil callado (¿esa hija perdida ha poseído a la paseante del bosque suicida para cobrarse del padre aquello que su familia ignora probablemente por pereza?), al cine de violencia sobrenatural (¿es simplemente un ángel de la muerte que gusta de pasear en el (su) bosque?).
Nuevamente, las preguntas no deben responderse todas y, en casos como este -cine de género del siglo XXI- lo mejor es que esas preguntas permanezcan como tales (esas lecciones de Haneke cuánto bien hacen cuando se saben filtrar). Sin embargo, Lopes deja que la cinta camine a un epílogo que trata de aterrizar la burbuja de emociones que con cierto trabajo elaboró y en donde esta chica misteriosa que cita a Nietzche -y que con ello pudo hermanarse con los criminales del Hitchcock de La soga (EUA, 1948)- se enmarca en un engaño dentro del engaño, en donde la vemos ejecutar un plan perfecto (que ya nos había explicado, además) que nos da herramientas para racionalizar su proceder, para tratar de saber un por qué cuando en realidad lo que necesitábamos era ni siquiera querer sospecharlo.
¿Dónde quedó esa tristeza que durará para siempre? Con buenos momentos, con un ojo que esperemos dé sorpresas en el futuro cercano, Lopes se olvida de ella para, en su innecesario epílogo, darnos los datos necesarios para sospechar soledad y vacío en la cabeza de este Ángel de la Muerte que no fragua… aunque tampoco se hunde.


