Paterson. Crítica de Erick Estrada. Película de la semana.

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Paterson

El equilibrio de lo cotidiano

Por Erick Estrada

Cinegarage

El despertar. La pausada salida del sol, la amedrentada mirada que nos regresa al mundo de la razón, todo queda atrapado en la construcción de un solo instante que Jarmusch hace con acentos visuales, con cortes oportunos, con una cámara que registra de un golpe lo que es y lo que probablemente no va a volver a serlo. El instante en que Paterson despierta en Paterson es tan idéntico al anterior como irrepetible, una luz fugaz que lo hace temblar ligeramente para enviarlo a su viaje de 6 a 6 en un círculo armónico y poético, en un haiku de pláticas fugaces y de presentes que se unen.

Esos presentes se unen en su autobús (el chofer del autobús lo posee por todo el tiempo que dura su turno, ¿no?), en los asientos de un transporte local que se comparte y se reparte y que le regalan a Paterson algunos despuntes de su rutina, una rutina que él aprecia como otros aprecian cosas mucho más banales.

Y es que la riqueza de Paterson, el personaje y la película, está en esa demostración, en decirle al mundo con sus poemas escondidos, con sus odas a aquello que nos acompaña todo el tiempo -desde una caja de cerillos hasta la cuchara del desayuno (¿nunca han pensado que para desayunar cogemos siempre la misma cuchara?)- que la riqueza verdadera está en ese refugio rutinario y minúsculo, personal e íntimo en medio de un mundo que cada vez nos exige más ruidosamente que todos tenemos que estar con todos todo el tiempo.

Jarmusch lo había dejado claro ya en Sólo los amantes sobreviven (Alemania-Reino Unido-Francia-Grecia-EUA-Chipre, 2013), su vampírico y etéreo canto a la soledad eterna, a la perfección del círculo que nos lleva siempre al mismo lugar, desde el círculo de la eternidad en que viven sus vampiros, hasta el círculo de la pequeña inmensidad de un vinilo que suena a todo volumen en medio de la noche. Esa es la eternidad de un trozo de arte, inmodificable por un lado (las canciones sonarán siempre en el mismo orden), pero completamente diferente cada vez que uno se acerca a él (la fricción hace imposible que un vinilo suene siempre de la misma forma).

Aquí, resucitando esa idea, sumerge a su personaje central (un estupendo Adam Driver), en ese ir y venir desde y hacia el mismo sitio, de 6 a 6, de cerveza en cerveza, de buzón en buzón, de carta en carta, de poema escondido a poema escondido. Su personaje es central porque alejándose del estruendo del cine contemporáneo en el que el conflicto debe saber a tragedia, Paterson (el personaje) es un faro desde el que podemos ver a quienes lo rodean. Esa es su misión, él es el centro, uno que verá pasar los momentos, el desayuno, la conversación, la alarma que nunca suena, para encontrar en ellos el fulgor y la inspiración, la luz que más que ser el regalo que todo lo revela, se parece más al punto luminoso que escapaba de cada uno de los cerillos de esa caja perdida, una luz pequeña, cálida, pero maravillosa en su origen y en su despliegue: una canción en un vinilo que siempre estará ahí pero que nunca sonará igual. Paterson encuentra esos instantes, los captura en sus poemas como se captura un trozo de inspiración en el jazz mejor elaborado, como se obtiene un buen respiro en el momento adecuado, sin saber por qué pero adivinando el cómo. En un mundo justo no necesita(ría)mos lo que ya tenemos.

Luz zen en lugar de luz cegadora. Luz para encontrar un sitio en lugar de luz para iluminar el túnel.

Pasivamente, construyendo esos instantes con cortes precisos, certeros, oportunísimos, dejando que el cine dialogue con lo cotidiano de Paterson que es lo cotidiano de muchos, Jarmusch deja que los personajes crezcan sin invadir, que se transporten dentro de su círculo de costumbres y de rutinas, contradicción coherente que al repetirse construye profundidades (con una gramática cinematográfica que otros ignoran en la búsqueda de la “captura del instante”) y narra en el silencio.

Al contrario de los intentos de muchos otros directores que apretujan la supuesta realidad en tomas neciamente pasivas, Jarmusch demuestra que el cine necesita ser eso, cine, para detectar lo que hay entre él, entre la cámara, y sus personajes, a quienes convierte en puntos de referencia (ya habíamos dicho que Paterson es un faro) para que mientras ellos deambulan gratamente en su realidad, dejen que el corte, el cambio de plano, el montaje necesario e indispensable en cualquier discurso cinematográfico, respire (y no capture) la realidad que los rodea.

Es decir, al tener al personaje frente a nosotros, al dejar que Paterson se columpie en su vida diaria con la gracia de quien sabe que eso es lo que hay y nada más, su realidad, su entorno, se hacen grandes ante nosotros y el siguiente nivel aparece con sorpresa callada: esta es la vida, no lo que se retrata en las selfies; esto es la vida, no las fotos de las fiestas en donde todo mundo es feliz por el instante falso de la luz del flash; esto es la vida, la espera del vecino, lo que se repite, lo que está aunque uno no aparezca, lo que canta sin que uno lo escuche. Y es más vida cuando uno está y eso se repite y eso canta y nosotros lo escuchamos. Pero la vida está, es eso y no lo que se ve en las revistas, en las redes, en el remolino informativo que nos pide desesperantemente que nos sumemos a sus filas. La vida se parece más al pequeño y pasajero fulgor de un cerillo de una caja perdida que a la cegadora luz de un flash que roba un instante para el ego, generalmente de alguien más.

Al tener a un personaje que se llama como la ciudad en la que vive (la ciudad de un poeta, además), sabemos, entendemos, desciframos (que es el proceso que Jarmusch quiere que hagamos), que de lo que nos habla esta susurrante gramática cinematográfica en la que nos ha envuelto Jarmusch desde el principio, es de las calles, de la gente que camina en ellas y de la gente que no camina en ellas; un desdoblamiento que convierte a esta gran oda a la placentera rutina de un hombre de la clase trabajadora, en un elogio a los mundos construidos con esa clase de trabajo, con la labor de obrero, con el sudor que se evapora en la caminata de regreso a casa. Paterson habla del equilibrio de lo cotidiano, de lo cercano, pero en su desdoblamiento lanza la pequeña luz del cerillo para decirnos que ese instante pertenece a ese lugar y que su obra, esta obra, esta película calma y somnolienta, es sobre todo y sobre todos, y que está hecha a partir de la nada, una nada que respira en su montaje.

Jugada maestra del samurai amante de palomas mensajeras que acomoda su espada, reluciente y mortífera, al lado de la cama. Sabe que mañana debe despertar a la misma hora.

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Paterson
(Francia-Alemania-EUA, 2016)
Dirige: Jim Jarmusch
Actúan: Adam Driver, Golshifteh Farahani, Owen Asztalos, Chasten Harmon
Guión: Jim Jarmusch
Fotografía: Frederick Elmes
Duración: 113 min.

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