Viral, crítica

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Viral
La epidemia en los suburbios
Por Erick Estrada
Cinegarage

Insertada con tino y oportunidad en la nueva corriente de películas de infectados suburbanos, región catalizadora de los miedos de un mundo que se enfrenta a la voracidad capitalista como quien se enfrenta a una epidemia, la pequeñez de Viral es, como ocurre con buena parte de las películas de esta corriente refrescante y claustrofílica, su cualidad más preciada.

Más allá de sus recorridos fantasmales por las calles que se repiten en burtonianas curvas, tan iguales en Orange County como en barrios nórdicos privilegiados; junto con su suspenso elemental (como deben ser los sentimientos en las películas de terror) ante vecinos de los que no se sabe si están sanos o son parte ya de una epidemia originada tanto por el descuido humano (y que en parte es venganza de la naturaleza hacia una humanidad ahogada en su egoísmo) como por un ataque planeado no sabremos por quién; sumado a ello y a una historia sencilla y por lo mismo llena de posibilidades, Viral explora mucho más de lo que se ve a simple vista, claro está, sumada a la experiencia de propuestas parecidas si no es que parecidísimas.

Una epidemia ha estallado en los Estados Unidos y los suburbios y pueblos alejados de las grandes ciudades son puestos en cuarentena. Nadie entra, nadie sale, nadie sabe nada excepto por las teorías conspiratorias que aquí se suman para dotar de actualidad a una película que puesta sólo en primera velocidad habría sabido a terror ramplón.

Si bien no nos encontramos ante ningún clásico, sí estamos ante una historia decorosa y ágil en la que una familia dividida por el brote tiene que reencontrarse de alguna forma. Sin embargo y en lugar de optar por las exageraciones tridimensionales imaxianas de apuestas al estilo Dwayne Johnson en Terremoto: la falla de San Andrés (EUA, 2015), que rascan aventura en una película de desastre, Viral se da la vuelta, se encierra en casa y explora los ya de por sí debilitados vínculos familiares en medio de una epidemia que poco a poco acaba con el vecindario.

Están presentes entonces las inquietudes que ya se nos habían dejado ver en Maggie (EUA-Suiza, 2015) con un Schwarzenegger padre de familia de clase trabajadora luchando en contra del contagio de su hija, a la que pretende salvar a toda costa; y también las calles y las casas, la violenta reacción gubernamental y la persecusión-cacería-de-brujas que obliga al encierro en la maravillosa Sorgenfri (Dinamarca, 2015) de Bo Mikkelsen, que también comunica la casi necesidad de supervivencia más allá de lo humano, de lo familiar.

Al tener lado a lado a esta triple propuesta podrían saltar varios pensamientos en medio de las muy decentes secuencias de Viral, del cuidado de su cámara y de la procuración, a pesar del tema, de realismo en su narración (realismo que también forja las narraciones de Maggie y de Sorgenfri). Uno de esos pensamientos y fundamentándose en aquellos primeros zombis del cine, más burdos en su propuesta y probablemente más gore que cualquiera de las películas aquí mencionadas, sería ver a esta zombificación de la vida en los suburbios como una crítica al rebañismo generalizado de la gente que vive de esa manera. Otro, que en un mundo en donde ya no se sabe quién es quién o de dónde viene (es decir, si está infectado o no) la salida de una situación límite (llámese ataque terrorista o brote de epidemia zombi), ya no es el escape o, en su caso, la persecusión, sino el aislamiento y el encierro (se puede, si quieren, recordar a Avenida Cloverfield 10).

Sin embargo hay que recordar el elemento conspirador y el papel que el gobierno, las empresas, los medios de comunicación juegan en apuestas como Viral o Sorgenfri, en donde aparecen más como opresores orquestados de los pueblos lejanos (a los que se decide aniquilar en su ya obligado aislamiento) o de los suburbios, antiguo orgullo del sistema capitalista que vendía la vida en ese medio urbano casi campirano como una meta alcanzable y deseable por todos y para todos.

El sueño ha terminado.

El 2008 ha dejado claro que los vampiros modernos tienen su oficina en los bancos y casas de bolsa y que, por supuesto, como en Viral, trabajan en colaboración con medios de comunicación y gobiernos a modo (los más, a lo largo y ancho del globo). El cine de terror, como siempre, es uno de los primeros termómetros en reaccionar a ello y las tres películas aquí mencionadas son prueba.

Familias puestas a prueba ante una epidemia que surge de la nada. Lazos humanos dinamitados por las acciones (o inacciones) de quienes en otra época estaban destinados a salvar a sus gobernados, pero que ahora optan por dinamitar a los contagiados antes que buscar una solución conciliadora y, claro, humana (¿dónde dejamos a Dustin Hoffman y su discurso final en Outbreak?).

Al dotarse de un lado conspiratorio, esta nueva camada de zombis/infectados en el cine comercial pero aún no masivo, parecería que el discurso busca ser otro y, al detectarlo, podemos darlo por hecho. Si bien en algún tipo la zombificación sirvió para manifestar miedos de Guerra Fría, controles mentales de cualquiera de los bandos, mentes perdidas por el consumismo de los ochenta, consecuencias fatales de guerra en los acalorados cerebros de soldados que volvía de Vietnam, y con el gran salto hacia adelante que significó 28 días después (Reino Unido, 2002) -puesta entre ambos mundos con armas más poderosas que las de Viral pero enteramente compatibles con ésta- es probable que los miedos de Viral, de Sorgenfri, de Maggie, de los nuevos supervivientes, sea la aniquilación de la familia no como ejemplo de tradicionalidad sexual o de conservadurismo caduco y hasta retrógada, sino de la familia como símbolo de la clase media, de la clase trabajadora, individuos que acaban pagando las deudas millonarias de ejércitos, mega empresas, bancos y gobiernos coludidos.

Los miedos de Viral, en su aletargado pero intrigante juego de encierros, son los de la aniquilación de la clase media, desaparición planificada o colateral al sistema, pero cierta, cuantificable y documentable. Los zombis/infectados de esta nueva era nos hacen ver que el ataque de un sistema voraz y deshumanizado termina con sus gobernados y que los síntomas sobre la clase media aparecen ya destruyendo sus casas (hay que ver cómo terminan las de Sorgenfri y Viral), dividiendo familias, separando vidas, una desaparición que, sin embargo, los tiene sin cuidado.

Es por esa razón que la salida del problema no está en el escape o la persecusión sino, como se hace en Viral, en la resistencia (con su dosis de esperanza, al final hablamos de una película media en Estados Unidos) o, como ocurre en Sorgenfri, en la respuesta planificada sumada a esa misma resistencia aunque, hay que decirlo, para estos efectos aterriza mejor un desenlace completamente desencantado como el que ella plantea y no una escena con el sol en el poniente como, de forma bastante complaciente, termina Viral su último capítulo.

Viral
(EUA, 2016)
Dirige: Henry Joost, Ariel Schulman
Actúan: Sofia Black-D’Elia, Analeigh Tipton, Travis Tope, Michael Kelly
Guión: Christopher Landon, Barbara Marshall
Fotografía: Magdalena Górka
Duración: 89 min.

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