7:19, crítica. Función inaugural del GIFF

0

Esta noche el Festival Internacional de Cine de Guanajuato proyecta la película 7:19, una historia ubicada en la mañana del 19 de septiembre de 1985 cuando un terremoto destuyó a la Ciudad de México. Deseando toda la suerte del mundo a Jorge Michel Grau en esta primera proyección de la película protagonizada por Héctor Bonilla y Demián Bichir (a quien el festival le realiza un homnaje), dejamos aquí la crítica de Erick Estrada a 7:19.

 

7:19

Lo irreconciliable
Por Erick Estrada
Cinegarage

 

Esperamos demasiado. La película que entregara una reflexión sobre todo lo que el terremoto del 19 de septiembre de 1985 desenterró en la Ciudad de México tardó demasiado en llegar, una eternidad.

Entre los escombros de los edificios caídos, entre los fierros retorcidos y las toneladas de cemento, el tiempo que muchos esperaron para ser rescatados por los voluntarios que se volcaron a las calles (dos, tres, cuatro, cinco días después) debieron también saber a eternidad.

Los dos minutos que duró ese terremoto supieron a fin del mundo.

7:19, película dirigida por Jorge Michel Grau, llega tarde pero con un toque de oportunidad inusitado, no sólo por sus logros dramáticos y cinematográficos, sino porque en esa eternidad que le tomó aparecer frente a nosotros, deja ver que las heridas que provocaron derrumbes como el que retrata siguen abiertas y parece no sanarán en poco tiempo.

No había otro planteamiento. Había que alejarse de la historia de supervivencia y de rescate. La película necesitaba reflejar el encierro en que vivía y se vivía entonces en México y evitar el confort y la historia de superación y liberación. Las razones son varias y tanto Jorge Michel Grau como su co-guionista Alberto Chimal las entendieron para en su lugar regalarnos una narración que corre perfectamente por dos vías.

Primero, la cinematográfica. Desde el juego con la relación de aspecto de su pantalla, que al comienzo encierra a sus personajes para después llegar al aspecto estándar dando respiro, aire e incluso luz a los mismos personajes, 7:19 comunica primero la sensación de encierro y claustrofobia y después- muy probablemente- la única esperanza de la narración, una pequeña sugerencia de que ese encierro se rompe para bien y que algo se puede salvar de entre tanta viga quebrada a golpes de tierra. Del ojo prisionero a la pantalla en todo su esplendor.

Después está el juego de luces y sombras alrededor de dos hombres completamente diferentes atrapados irremediablente en el lobby de un edificio mal construído (como muchos de los que se derrumbaron esa mañana). Un conserje/vigilante/portero que estaba a punto de jubilarse y un político de segunda clase, poderoso como cola de león, se ven forzados a conversar más allá del acostumbrado parloteo de sus encuentros cotidianos a la entrada del edificio, para sobrevivir entre las ruinas de un edificio apenas visible gracias a la fotografía que nos hipnotiza entre la profundidad de sus negros y lo reluciente de sus luces; casi cuadro expresionista que hace de esas ruinas símbolo de un país que probablemente necesita(ba) ser derrotado de nuevo para dejar amanecer esa ligera esperanza que la cámara de Michel Grau entrega fantasmalmente al moverse entre los escombros del edifico/país/relación entre jefe y subordinado, aumentando la relación de aspecto para des-sofocar (o liberarnos) de algo que 30 años después no sabemos lo que es.

Confusión y caos en un espacio minúsculo, encerrado, dibujado emocionalmente por esas luces casi expresionistas pero también por el enorme trabajo de Héctor Bonilla (que podría cerrar aquí un círculo de reflexiones iniciado en Rojo amanecer) y un Demián Bichir doliente y doloroso, entregando sudor y alma a través de un personaje más patético que entrañable a pesar de su desgracia.

Después, los logros que una película alrededor del terremoto le debe a quienes vivieron el evento y a quienes después de él probablemente lo ven demasiado lejos (uno de los riesgos de aceptar contar una historia ambientada en ese día). Un juego de símbolos y signos que poco a poco desfloran en la narración de Michel Grau, que aunque cuenta con un interesante despliegue visual maneja con sobriedad pero sin piedad inumerables planos auditivos que narran más allá de las paredes en ruinas.

Esos símbolos van desde unos sencillos y elementales hasta otros que podrían sonar complejos, pero que son abordados con una parquedad casi dolorosa.

Primero, el replantemiento de los poderes. Jefe y subordinado han sido colocados por el terremoto en el mismo nivel: las oficinas del cuarto piso, del séptimo, de la cima, han quedado balanceadas con el lobby, con la entrada, con la portería en donde trabajan los menos afortunados. Al realinearse los podereres salen las quejas de unos hacia otros, la discusión necesaria, el enfrentamiento siempre saludable que tarde o temprano hace que los lazos se estrechen, todo en una narración capitular, casi de sucesión de cuentos trágicos en donde se nos muestra desde la caída en la locura de algunas voces allá atrás, hasta el probablemente involuntario símbolo en el que para sobrevivir los trabajadores de menor nivel son capaces (como siempre) de comer (o beber) mierda para salir adelante, pero aquellos de cuello blanco son incapaces siquiera de pensarlo, de hacerlo, de realizarlo. Reflexión fugaz de heridas abiertas que se desvanece en un pre-clímax centrado en un charco de orina ensangrentada agitado violentamente por una réplica del terremoto. Brutal y conmovedor.

Y sin embargo, esos lazos que se estrechan son apenas el comienzo de un camino más largo por recorrer. Si bien muchos ven (y con razón) al terremoto como el iniciador de una serie de despertares y hoy recogen frutos de esas discusiones y de esas grietas que tanto tadan en cerrar; si bien la dosis de esperanza está depositada en el aumento de la información en la pantalla de Michel Grau, él mismo oprime el botón que dispara la trampa final que convierte una lluvia de luz en una enorme dosis de desesperanza y que en medio del caos, después de las reflexiones y las discusiones inyecta una dosis de realidad desfigurada en un gesto entre estos dos hombres enfrentados que evidencia que por mucho que se necesite, por muy grande que sea la desgracia, en este país (simbolizado en ese escenario, retratado con esa cámara, que habla a través de estos personajes) todavía no estamos listos para darnos la mano.

Y darnos la mano es justo lo que nos sacaría de las ruinas de esto que ahora llamamos México.

Si Héctor Bonilla en realidad pudiera cerrar el círculo de reflexiones inciado en la no menos dolorosa Rojo amanecer, 7:19 podría hacer lo propio al contarse después de las reflexiones que entrega la conquista de la Gran Tenochtitlán narrada a su manera por Rubén Imaz y Yulene Olaizola: el nacimiento de una nación que sin embargo está bautizada como Epitafio.

7:19, tarde pero con un toque de oportunidad inusitado.

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *