Misión rescate, crítica

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Misión rescate
Let all the children boogie
Por Erick Estrada
Cinegarage

¿Cómo muere alguien en un lugar donde no ha muerto nadie?

Un hombre abandonado en una misión espacial se convierte en un vivo incómodo para la burocracia que cuida más lo que hay en su escritorio que lo que puede descubrir o desarrollar en otros planetas.

Los días solares son la única manera de mantener el conteo del tiempo, invención humana, en un lugar donde no hay humanos: Marte. Mark Watney tiene que esperar a que ese tiempo se acabe si es que el tiempo se acaba ahí donde nunca ha habido tiempo.

Uno de los grandes aciertos de Drew Goddard al desarrollar el guión de The Martian fue desechar todo vestigio de tecnología milagrosa para hacer de la que acompaña a Watney algo más cercano, casi mecánico, tecnología orgánica dirán algunos (esos correos que tardan largos minutos en llegar). A veces se transforma en un WALL*E (EUA, 2008) marciano y las formas irán batallando con él y él con el planeta para convertirse después en el agricultor, el guerrero y el pirata (aquí pirata espacial), en un intento de supervivencia (natural e inherente al humano, claro), pero también para acentuar uno de los mensajes que desde ese planeta esta historia basada en la novela de Andy Weir hace llegar a la Tierra: la ciencia, el trabajo que la pone en marcha, el trabajo que la mantiene y todo aquello que la genera es un trabajo de equipo.

Aquí los héroes no lo controlan todo.

La supervivencia de Watney depende de lo que sus compañeros han dejado detrás y en los días solares que pasa tratando de cosechar comida y obtener agua, los nombres en las cajas que se quedaron con él parecen cooperar a desarrollar un ambiente que mantenga a este marciano involuntario (¿alguien nace realmente donde quiere?) vivo y trabajando.

La manera de cobijarlo tiene, además, la luz de dos grandes centellas llenas de buenas ideas. Primero está la narración casi epistolar que extraemos de las bitácoras que Watney genera con fines científicos y para no hundirse en su soledad. Después un juego visual sutil, casi imperceptible y acomodado con la mejor de las manos comerciales de Scott. El ejemplo ideal son las micro elipsis que elabora con elementos de esa tecnología casi steam punk que acompañan a Watney (la reparación de su casco es monumental): el vapor de las máquinas descompresoras que sirve para fabricar micro elipsis, el paso de una textura a la otra, entre el diario mental y la bitácora científica. El remate es el saludo de Watney a una planta recién salida de la tierra y que en elipsis invisible nos devuleve al principio de todo, como toda buena historia hace de vez en cuando.

Con la película ya encaminada Watney es la condensación de sus compañeros que están sin estar y que él reutiliza sin darse por vencido no por un sentimiento dominante de macho alfa, no por un empuje combativo y bélico en el planeta que lleva el nombre del dios de la guerra, sino porque la pregunta es tan escencial como carente de respuesta: ¿cómo se muere ahí donde no ha muerto nadie?

Y luego, el estirón a la segunda parte de la película, uno en el que la ciencia anti solmemne (la solemnindad, uno de los pecados en Interestelar) y el sarcasmo como vehículo interestelar para las emociones (hola Gravedad y su humor opaco) dirigen las acciones de ese mini universo que es una planicie en Marte y las reacciones en la Tierra cuando se averigua que Watney sigue con vida.

Hay un hombre en las estrellas que quiere conocernos pero sabe que si eso ocurre nos volará la cabeza. Nos la volará con su historia, con nuestra historia. No es un héroe es un hombre de las estrellas y una vez que sabemos dónde está podemos gritar “Let all the children boogie”. A bailar, a trabajar, a sudar, a enfrentar las soluciones hasta que el eureka salga del agua fabricada en Marte. La mano comercial de Scott es tan clara que esa frase que pone a bailar a los muchachos coincide con el inicio del trabajo duro en Tierra para tratar de alcanzar al primer marciano.

Desde esa segunda parte The Martian es un himno de alabanza a la tecnología espacial hoy bajo el ataque de mentes medievales y retrógradas (uno de los aciertos de Interestelar). En medio del canto a ese hombre de las estrellas se encuentra uno con el combustible que impulsa las ideas que sobre las misiones espaciales, sobre la necesidad de bautizarlas a partir de mitologías clásicas –los sueños del humano atrapado en la Tierra- dispara The Martian con puntería emotiva.

Ello la convierte en una película que sabe que busca el cariño de la gente y que sabe que lo conseguirá tarde o temprano. Pero para ello también se necesita talento, ritmo, tino y la cinta de Scott lo tiene en grandes cantidades.

Desde la ciencia acomodada para nosotros los mortales (el emocionante momento Carl Sagan en que un chico explica las posibilidades de rescatar a Watney descubiertas precisamente en un instante de iluminación) hasta la enorme ficción elaborada a partir de ella, Scott, Goddard, Watney desde la ficción, se enamoran de lo humano y de sus posibilidades, incluso la de desarrollar historias que aunque ocurren en otro planeta nos hablan de lo que pasa en el nuestro.

Esa ciencia ficción, la que construye a un marciano para hacerlo chocar con uno de los rasgos terrestres por antonomasia (la ciencia) para después volarnos la cabeza al conocerlo y conocernos, es la que nos hace bailar al son del universo. Con humanos como estos, ¿quién necesita super héroes? Tenemos ciencia que impulsa misiones con nombres mitológicos.

Let all the children boogie.

Misión rescate
(The Martian, EUA, 2015)
Dirige: Ridley Scott
Actúan: Matt Damon, Jessica Chastain, Kristen Wiig, Michael Peña
Guión: Drew Goddard
Fotografía: Dariusz Wolski
Duración: 141 min.

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