El expreso del miedo, crítica. Película de la semana

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El expreso del miedo
Abandonemos la máquina
Por Erick Estrada
Cinegarage

“Las demás revoluciones han fracasado porque no se han adueñado de la máquina”.

El mundo está completamente deshabitado. Una mala decisión de los gobiernos del mundo (a las que nos quieren acostumbrar) combatió el cambio climático con un enfriamiento brutal.

Todo está congelado.

La humanidad se ha reducido a una metáfora de su misma, de su(s) historia(s), todos amontonados en un tren de última tecnología en el que se refleja la Metrópolis (Alemania, 1927) de Fritz Lang y el Blade Runner (EUA-Hong Kong-Reino Unido, 1982) de Ridley Scott al mismo tiempo. Ese tren, una máquina que lleva a los últimos humanos montados en lo que también es la glorificación de la Revolución Industrial extrema, no puede detenerse. Hacer alto significa la destrucción: de la ingeniería, del último calor que nos queda (el del combustible que sacia la tóxica sed del tren), de la humanidad que no podría sobrevivir un segundo fuera su protección.

En esas vías impacientes por reproducir los ciclos del sistema aparecen también el 1984 orwelliano y la versión en cine de Michael Radford (de hecho el buen John Hurt es parte de ambos elencos) así como destellos del Brasil (Reino Unido, 1985) de Terry Gilliam y las turbulentas mezclas de religiones totalitarias con estados dictatoriales de esa ciencia ficción serie B de los años 70 en los que vida y muerte eran parte de lo mismo solamente porque servían de combustible para otra tóxica sed, la del sistema que se ha apropiado de todo.

Por supuesto, ello suena a las hoy mundialmente famosas propuestas de ciencia ficción para adolescentes, desde Los juegos del hambre hasta Maze Runner y Divergente, pero ninguna de ellas posee el toque necesario de malignidad, desilusión y violencia extrema, de steam punk y paranoia con que sí dotó a Snowpiercer su director Joon-Ho Bong, responsable de otra joyaza del horror/ciencia ficción: El huésped.

El desarrollo de la historia de Snowpiercer es inevitablemente lineal; estamos montados en una máquina-línea que se mueve siempre hacia adelante en una metáfora extra de las promesas de cuanto sistema político y económico ha abogado por la estratificación social y prometido el bienestar como recompensa a una vida de trabajo y obediencia (la religión, claro, ha hecho lo mismo y por esa razón están aquí mezclados): siempre hacia adelante. Ello, sin embargo, no evita ni la imaginación visual de Joon-Ho Bong -deplegada a través de la lente de Kyung-pyo Hong– ni la fascinación de una historia que tras insistir con toda la intención del mundo en su camino hacia adelante, evita siempre dar pistas de su conclusión, negándonos el famoso “cuando lo consigan estaremos todos tranquilos”. La razón es muy sencilla, no sabemos lo que este viaje busca en realidad, la meta final es clara pero lo que ocurrirá al alcanzarla no: “Las demás revoluciones han fracasado porque no se han adueñado de la máquina”.

De los estratos sociales más bajos de esta sociedad empeñada en el movimiento de su máquina, de sus sistema, de la parte final del tren; hacia los niveles de privilegio, donde hay comida real y ropa real, los vagones delanteros del tren plateado. El movimiento en que nos embarca la película no duda en enrarecerse con secuencias de acción que rayan en la obviedad del cine de cámara borracha solamente para contraponerse después con una dorada y suculenta secuencia nueva, llena de vapores aromáticos que tras haber recorrido medio tren huelen más bien a aceite hirviendo, que calibra y afila los machetes que en estas peleas aparecen como los héroes de esta sección de la narración. Alrededor, sombras decadentemente elegantes, rostros marcados por las luces, encuadres de kilataje de tres cifras.

En medio, un desfile de personajes que surgen sólo para hacernos dudar todavía más del final, que despachan balas y cortes a la yugular despojándonos de héroes y esperanzas en un mundo/tren en el que nunca ha habido ni héroes ni esperanza: “las revoluciones aquí son parte del sistema, del orden, de la máquina sagrada” se dice ahí, donde no hay más camino, donde se ha aceptado el bucle sin salida en el que se “vive”.

¿Dónde se vive? En “The Eternal Engine”, mecánica idealización que suena a Estridentismo y religiones monolíticas, de esperanza en el acero y de ideales de no futuro en el futuro. Todo es el ir y venir al miso punto, de revoluciones programadas, de viajes hacia adelante tras una promesa que dentro de esa “Eternal Machine” suena falsa y engañosa.

¿Qué se puede buscar en la cabeza de la máquina? ¿Ser la cabeza o darse cuenta que no se es sino una pieza de esa cadena enrielada, contaminante y contaminada?

Joon-Ho Bong consigue ese retrato ahora casi inherente a la ciencia ficción en donde se ven también humos de Los niños del hombre (EUA-Reino Unido, 2006) de Alfonso Cuarón, el fin de la humanidad por la humanidad sin necesidad de guerras y que hoy se viven en las fronteras atiborradas de inmigrantes tanto en América como en Europa, todos en escape de errores humanos.

El orden, la línea, la fuga del fondo para llegar a la cabeza, un reparto deslumbrante, guardan un golpe final nada esperanzador que sugiere no adueñarse de la máquina sino aceptar al caos (como el que gobierna allá afuera) como única salida.

La ciencia ficción nos dice de nuevo que recorremos el camino equivocado y lo hace con la potencia de una droga salida del combustible de la máquina eterna que se encarará con las bestias que glorificó, y con razón, otra obra de altos vuelos, 12 monos (EUA, 1995).

El expreso del miedo
(Snowpiercer, Corea del Sur-República Checa-EUA-Francia, 2013)
Dirige: Joon-Ho Bong
Actúan: Chris Evans, Kang-ho Song, Ed Harris, John Hurt
Guión: Joon-Ho Bong, Kelly Masterson
Fotografía: Kyung-pyo Hong
Duración: 123 min.

Comments (2)

  1. tony me parecio de lo peor tu critica, primero para empesar el tren esta en constante movimiento significa que cuando le congelaron el braso estaban en una parte del mundo, y cuando la china logra salir estar en otra muy distante, segundo morite imbecil, alta peli

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  2. EstEsta crítica vale un centavo, de verdad. Esperaba que al menos notaras lo ilógico del desenlace.

    Vamos a refrescar la memoria, al hombre que al principio castigan congelando su brazo sugiere que la temperatura está más que fría pero al final nos cuentan otra historia, en realidad está bajando y hasta se puede ver a la bonita oriental caminando por la nievesita bajo el solecito, que estupidez.

    La idea de que el último vagón y el primero estaban conectados me pareció buena, y ya que andas viendo muchas metáforas inexistentes, está sí que podría ser una buena, aunque no se la creo a su creador. ¿Una metáfora sobre que? ¿Qué nos representa? ¿Los líderes burgueses en conspiración con los líderes proletarios para lograr el balance? Tonterías. ¡Bullshit! Por eso ésta “metáfora” es casi buena. Más bien parece desesperada por sorprender con un final ilógico.

    Otra cosa, ¿que clase de drama-ciencia ficción tiene como protagonista a un loco come bebés?

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