Boyhood, crítica. Película de la semana

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Boyhood
La normalización del cambio
Por Erick Estrada
Cinegarage

Mucho se ha hablado del arranque de Boyhood, con un Coldplay (de cuando aún le queríamos) que reblandece el músculo y que si bien anuncia una banda sonora de estupenda selección, prescinde –como banda sonora- de una de buena manufactura. Es decir, Richar Linklater tiene una excelente selección de canciones (55) que nos servirán de brújula en el anecdotario que nos arrojará con la paciencia de un santo en este experimento cinematográfico. No hay música original pero el resultado es emotivo. No hay, de hecho, una idea original dentro de Boyhood, pero la suma de sus partes es emoción pura.

Mucho se ha querido definir a la película a través de mezclas de géneros. Se trata en realidad de una historia zen en la que varias partes de la vida de Mason, un niño que está a punto de dejar de serlo, se entrelazan en nuestra cabeza en un montaje que busca generar ideas sin necesitar comunicar ninguna de manera directa, que quiere desarollar síntesis sin hipótesis, que busca compenetrarnos con los personajes a los que persigue a lo largo de 12 años sin enfrentarlos a la problemática real de la narración cinematográfica. El resultado es sorprendentemente sencillo y elemental: no hay clímax; en su lugar aparecen una serie de ideas enredadas a lo largo de esos 12 años que nos dejan más en el comienzo de una nueva vida (la del chico al cual hemos visto envejecer en todos los aspectos) en lugar de culminar una, de entregarnos a un personaje terminado.

Sin necesidad de generar siquiera un discurso cinematográfico novedoso y revolucionario (de hecho, la falta mayor de la película), Linklater revoluciona la manera como vemos a los personajes devolviéndonos a las raíces del proceso. Siempre que se construye a un nuevo personaje para introducirlo a una historia con tesis e hipótesis, con problemas a los que debe superar para alcanzar su transformación final, ese personaje necesita una biografía, un proceso de crecimiento que nos haga entender y que haga creíbles sus reaciones ante nuevos desafíos.

En lugar de meternos de lleno a ello, Linklater nos pide un poco de tiempo para ver esa biografía, para transitar al lado de Mason los años que lo definirían en un futuro proceso narrativo. Aparece ahí el mayor acierto de Boyhood, uno en el que Linklater nos hace ver esa parte de los personajes que normalmente se queda en las notas a pie de página de los guiones y luego desaparece con la fugacidad de una idea surgida en el desierto en un viaje de ácido. Es decir, gracias a la película experimentamos de manera frontal y directa aquello que suele vivir oculto en una película y deja en nosotros la responsabilidad de detectarlo. Al invertir al personaje de esta manera Boyhood confía en nosotros y ese, de nuevo, es su mayor acierto no solamente porque logra su cometido gracias a sus “defectos”, sino porque con ello se deshace de cualquier tufo a discurso de superación (recordemos el desastre de Una aventura extraordinaria) y nos acerca a esas pequeñas revelaciones de la vida diaria y común.

Aparece ahí el tercer acierto: todo surge gracias al ejercicio de perseguir (repito la palabra con toda intención) a sus personajes a los largo de 12 años utilizando a los mismos actores en el mismo periodo de tiempo. La película -como se ha promocionado hasta el cansancio- tomó esos 12 años en producirse y en consecuencia los actores involucrados envejecen a cuadro a la par de sus personajes, provocando una reacción químico/física en la que realidad y ficción fornican con la dulzura de la primera vez, sin pecado a pesar de la dureza de la palabra.

Al tener a cierta parte del tiempo real atrapada en la transformación físca real de sus personajes ficticios, la película alcanza también puntos indetectables en su primera hora de narración pero que se convierten en el camino a seguir en las restantes dos terceras partes. La famosa “magia en el mundo” (citada además en la película) se hace presente sin necesidad de pasajes fantasiosos que no tienen cabida en una película inundada de realidad (el envejecimiento de los actores) sino a través de revisar la vida común de una familia y de un personaje utilizando la magia que el cine le da a Linklater para sus fines: reducir 12 años reales en una narración de tres horas, tiempo real y tiempo cinematográfico romanceando, de nuevo, como en esa primera vez.

En ese proceso y por las mismas causas la película propone una reconciliación con nuestros propios cambios. Madurez y evolución en un presente en el que de nuevo la máquina del tiempo hace de las suyas: “Todo está en disfrutarlo mientras dure” se dice en pantalla mientras detrás una nueva canción ataca a la memoria en una lista perfectamente acomodada para guiarnos. Nada gratuito entonces es que el padre de Mason le recuerde en el final de la historia que ha acomodado de manera conciente y cerebral una lista de canciones que debe escucharse precisamente en ese orden, sin sobresaltos ni accidentes y que genera en su hijo, por supuesto, reacciones emocionales antes que racionales y que ocultan revelaciones de la vida común.

¿Linklater ha acomodado estas partes de estas vidas (y las canciones seleccionadas) con los mismos fines? Me atrevería a decir que sí. Lo mejor de la vida de sus personajes está filmado, montado, calculado para entregarnos esta especie de herencia emotiva y dejarnos, de nuevo, en un punto de partida antes que en el final de un cuento.

En ello está también un mensaje aterciopeladamente crítico: en estas evoluciones y envejecimientos, en este crecicimiento de Mason, en esta transformación física de actores/personajes, hay también un señalamiento en el que las vidas normalizadas que no se reconcilian con sus cambios caen en un hoyo del sistema del que muy pocos pueden escapar, quizá la única señal que nos dice que Mason es un sobreviviente y no un derrotado: ahí están los crueles maestros de la escuela y el soldado que fue héroe transformado contra su voluntad en un policía que se siente enjaulado.

A fuerza de cambiar y transformarse (real y ficticiamente) Mason tiene a su boyhood para refugiarse en él a falta de un neighborhood en el cual echar raíces. Ello universaliza la narración y despoja de rostro a sus personajes: podrían ser y son a partir de ese momento cualquier persona, de hecho, es a estas alturas de la película que nos damos cuenta que el padre de Mason no tiene nombre y es, en consecuencia, cualquier persona.

Ello hace de la selección de momentos/canciones de esta vida/cuento una lista de reproducción que debe verse así, naturalmente, sin flashbacks fantasiosos. Ello justifica todas las “debilidades” de la película y claro, eso deja claro que por lo menos para Boyhood no era necesario un clímax, sino la oportunidad de generar ideas sin necesidad de comunicar ninguna en un extraño road movie autista en el que volvemos siempre al punto de partida, un flash zen que nos deja en el comienzo cuando parece que todo ha terminado.

¿No es así como funciona la memoria?

Recuerden entonces.

Boyhood
(EUA, 2014)
Dirige: Richard Linklater
Actúan: Patricia Arquette, Ellar Coltrane, Ethan Hawke, Lorelei Linklater
Guión: Richard Linklater
Fotografía: Lee Daniel, Shane F. Kelly
Duración: 163 min.

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