Leto, crítica. Punk, rock y contracultura en Leningrado. Película de la Semana.

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Leto
Una buena estrofa
Por Erick Estrada
Cinegarage

Leto en ruso significa “el verano”. Al lado de Natalia y en ese verano entramos por la puerta de atrás al Club de Rock de Leningrado, ese extraño caldo de cultivo en el que algunos grupos del emergente rock soviético encontraron el espacio para madurar su música bajo el escrutinio de la KGB y las adultas autoridades, celosas de que no se cayera en expresiones burguesas, vigilantes de que no se difundieran mensajes subversivos y guardianas de que los estándares de la creación bajo la ideología estalinista se mantuvieran intactos. El espacio fue conquistado y los músicos aceptados en él han sobrevivido sorteando esas vigilancias. Es el inicio de la década de los 80.

Natalia lo contempla todo, a los músicos, a sus compañeros, a Mayk su pareja, famoso ya entre esta joven y atípica generación que verá caer el Muro unos cuantos años después.

La cámara de Vladislav Opelyants no detalla y sin embargo recoge las acciones de este grupo de muchachos que quieren sentirse libres bajo un régimen que no quiere darles libertades. Eso hace de esta primera parte de Leto una narración dinámica pero controlada, amplia, basada en una sucesión de planos que dejan ver la complejidad de su manufactura, pero que es sencillísima de leer pues como dijimos los acentos visuales aquí van a importar poco. Lo que interesa es el espíritu y éste  en Leto se construye con seda visual y poder narrativo.

La película está basada en las memorias de la misma Natalia (Natalia Naumenko) y de ahí surgen las ensoñaciones de cantos en la playa, los vistazos a Viktor -visitante de otra banda-, la comunicación de ese espíritu creativo que impulsó al rock soviético, muy al contrario de lo que ejercitaron proyectos hermanos como 24 Hour Party People (Reino Unido, 2002) o Control (Reino Unido-EUA-Australia-Japón-Francia, 2007), a la que sin embargo podríamos unir un poco más no sólo por el blanco y negro indispensable para sus historias, sino porque la película de Anton Corbijn está basada en las memorias de Deborah Curtis, viuda del delantero de Joy Division. Lejos de ello, la película establece una conexión entre Natalia, Myke y el enigmático y joven Viktor que se asemeja más a la relación abierta y pretendidamente casual que plantea Ben Stiller a través del guión de Helen Childress en Reality Bites (EUA, 1994) que a un triángulo amoroso de los que tanto disfrutan las películas biográficas de bandas de rock en este occidente nuestro.

De hecho, Leto se niega a tope la visión occidental. Primero en su negación del detalle de trivia y con ello la descripción puntual de quiénes eran, dónde estaban y qué hacían los músicos a los que envuelve con su fotografía, una cámara que al mismo tiempo recoge sus acciones (una simbiosis narrativa que le da un tono estupendo a estas mini anécdotas). Segundo, con la inserción de una especie de bufón auxiliar, personaje que lo mismo cruza pantallas y escapa de la dramatización de hechos y personajes que paso a paso elabora Serebrennikov, o que rompe la cuarta pared, mirándonos de frente antes de provocar una explosión musical de las que abusó Bohemian Rapsody (Reino Unido-EUA, 2018) y que romantizó cerca del extremo la estupenda Rocketman (Reino Unido-EUA-Canadá, 2019). “Esto no ocurrió” es el letrero con el que este bufón punk termina los electrizantes números musicales de Leto primero para dejar claro que en esos años y en esa parte del mundo el rock se vivía de manera un tanto triste; después para marcar distancia respecto a las narraciones rockeras de occidente tan enamoradas de enamorar al público con malabares de este estilo; y tercero para desarrollar ahí, en un tronar de dedos, el símbolo del autoritarismo impidiendo el disfrute del rock. Las tormentas musicales del cine rockero occidental son aquí apenas una humedad de lo que de él se sabía y se podía disfrutar. Casi nada.

Pero Leto, en griego, significa olvido. La película de Serebrennikov sugiere momentos cruciales del rock soviético, el nacimiento de una banda, el ocaso de un músico mayor que se retira tranquilo y sabio “a fumar” mientras el otro toma el pedestal de su micrófono; la estafeta pasa de una generación a la otra con formas distintas y todo ante los ojos de Natalia, que sigue narrando a través de memorias casi de polaroid, de un Super 8 que resalta en sus colores en medio del tedio nocturno impuesto por el régimen. Alargando la aguja de su espíritu Leto pide que el mundo no olvide no sólo a estas bandas, a sus momentos, a su lucha y supervivencia a través de un experimento tan sui generis como lo fue el Club de Rock de Leningrado. Leto exige que el olvido no se estacione sobre los logros de una música que quiso transformar al mundo (y que lo consiguió en buena medida) y que hoy se escurre casi sin sustento por los restos de un planeta que parece darnos todas las libertades por las que alguna vez se peleó, pero que en realidad es una jaula invisible repleta de fantasmas que no quieren ocurrir.

Del “Esto no pasó” del epiléptico bufón presente en la película al “aquí no pasa nada” de nuestra insalvable realidad, Leto deposita muchas más reflexiones de las que se ven a simple vista y eso, como un buen disco, como una buena canción, como una buena estrofa, es invaluable.

CONOCE MÁS. En este episodio Erick Estrada y Evaristo Corona hacen un análisis de Lords of Chaos, película que narra la historia del grupo de black metal Mayhem.

Leto
(Rusia-Francia, 2018)
Dirige: Kirill Sernebrennikov
Actúan: Teo Yoo, Irina Starshenbaum, Roman Bilyk, Aleksandr Gorchilin
Guión: Mikhail Idov, Lili Idova, Ivan Kapitonov, Kirill Serebrennikov
Fotografía: Vladislav Opelyants
Duración: 126 minutos.

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