El peluquero romántico, crítica. Película de la semana.

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El peluquero romántico
La rutina plácida y soleada
Por Erick Estrada
Cinegarage

Una cama vacía, un duelo que acomoda un moño negro en la entrada de la peluquería de Víctor, el cabello de la chica que le trae la comida (casi transparente símbolo del erotismo humanísimo entre ambos). Películas viejas en su casa vieja acompañadas de la antiquísima Cuba Libre. Canciones viejas que salen de vinilos polvosos y que suenan en tocadiscos tan pesados como un ataúd.

Pero en El peluquero romántico el único ataúd es el de la madre de Víctor quien al terminar el latosísimo protocolo del velatorio se dedica a reencontrar el rumbo de su vida marcada por todo lo viejo que se nos presenta en la película, que pertenecía a su madre pero que para él no significa ninguna carga.

Por el contrario, Víctor explora todos estos elementos en una rutina plácida y soleada que en la Ciudad de México lo lleva del dominó con sus amigos a las pláticas de coqueteo de barrio con la chica de la comida.

La película presenta todo esto en un tono de comedia amarga que aceita perfectamente esta casi inexistente historia (todo da vueltas y desaparece para volver a aparecer) y que nos levanta en un remolino que no quiere convertirse en tornado aunque tiene todos los ingredientes para hacerlo. Lo que El peluquero romántico hace en ese arranque y desarrollo es navegar entre mares que muchos consideran rebasados y anquilosados para demostrar que Víctor se encuentra en todos estos objetos probablemente antes que entre sus amigos, y que el desprecio de las nuevas generaciones por lo viejo y lo raspado no es sino un signo de incultura brutal: sus amigos nunca cuestionan sus gustos, se acercan a ellos con una naturalidad semejante a la que conduce la casi triste pero completamente ilustradora rutina de Víctor, ir de la casa a la peluquería (un prodigio de locación chilanga), a las películas viejas en la tele y después a los polvosos vinilos que se dejan pinchar en ese tocadiscos monumental.

En medio de estos círculos casi idénticos, que rozan lo repetitivo pero que lo sortean con delicadeza (ese Acapulco en la azotea es tremendamente reconfortante), aparece un elemento no buscado, igualmente viejo, que lleva a Víctor a otra ciudad y lo reta a levantar ahí una rutina con elementos completamente nuevos pero igual de polvosos y usados como los que tiene en casa. Como en espejo, Víctor se encuentra hacia el cierre de esta historia, revitalizando otras memorias y otra parte de sí que pensaba perdida para siempre… Y desgraciadamente ahí se trastoca el tono de la película, solamente un poco, pero lo suficiente para que el nuevo se haga notorio y por momentos incómodo.

El peluquero romántico sufre una fractura cuando se enfila a su final y retrasa este tanto como puede para jugar con un espejo plantado frente a la rutina de Víctor, un riesgo incomprensible cuando incluso manteniendo la sorpresa que desequilibra la sucesión de rutina y enviando a nuestro personaje a terrenos completamente desconocidos, la película pudo rematar con una reflexión hacia la figura paterna que en 10 minutos pudo decir más y expiar penas similares a las de La caja vacía (México-Francia, 2016), de Claudia Saint-Luce, que (en ese sentido) busca ese ejercicio con resultados (en ese sentido) mucho menores.

La película se extiende, se regodea un poco, se vacía por momentos en ese final que habiendo llegado (dos retratos en brindis fraterno) recibe un desplante y nos hace echar de menos el lúcido, poderoso, divertido, cálido planteamiento y desarrollo inicial (o se podría decir original). En cambio nos regala sin que lo pidamos (y por ello no lo disfrutamos) la otra aventura urbana de un Víctor que por momentos es irreconocible. Lo sería para su enamorada de barrio, lo es para nosotros como espectadores.

CONOCE MÁS. Aquí pueden escuchar el episodio en el que Erick Estrada entrevista a Clauda Saint-Luce a propósito de su película La caja vacía.

El peluquero romántico
(México-España, 2016)
Dirige: Iván Ávila Dueñas
Actúan: Germán Betancourt, Mayra Hermosillo, Sara Juárez, Antonio Salinas
Guión: Armando López, Iván Ávila Dueñas
Fotografía: Diego Dussuel
Duración: 93 minutos.

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