El artista anónimo, crítica. Película de la semana.

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El artista anónimo
El icono
Por Erick Estrada
Cinegarage

El guión de Anna Heinämaa es sencillamente genial y ante él, el manejo visual de Klaus Härö (La clase de esgrima, Cartas al padre Jacob) es humilde, el necesario y no más. El trabajo de Härö es el marco de una historia estupendamente entrelazada a partir de inspiración, inteligencia y sobre todo naturalidad, con nada que sugiera la necesidad de sorprender a alguien sino a uno mismo al alcanzar una narración tan prístina y al mismo tiempo tan profunda.

La historia de un viejo comerciante de arte que se ha alejado de su familia para dedicarse a ello confrontado con su vejez, su escasez de dinero y la visita intempestiva de un nieto hundido en los vapores de la adolescencia, y que encuentra en un extraño cuadro sin firma que se cruza en su camino la oportunidad de una vejez decente y de una última oportunidad de hacer dinero, todo ello podría sonar a la muy masticada anécdota a la Hollywood en donde la lección que se aprende es la de la esperanza y la felicidad.

Heinämaa camina precisamente al lado contrario, a la construcción de un icono (Olavi, el viejo comerciante) que tiene que cruzar un mar de dificultades sólo para comprender la “humildad del hombre” que es él mismo.

El marco que propone Härö para esta travesía es tan elemental que nos hace anidar en la narración de Heinämaa con una parsimonia sorprendente para nosotros mismos, que aceptamos con naturalidad y entusiasmo la narración inicial en la película -hasta cierto punto normal y sin sorpresas- con apenas unos travellings que recogen la triste rutina de Olavi al borde de la quiebra y que en esa cámara y en esa paleta de colores comunican no otra cosa sino el aburrimiento  en el que vive este hombre.

Sin embargo, aparece la primera sorpresa, un clímax inicial (Olavi encuentra un cuadro potencialmente valioso) que ahora estará enmarcado en close ups -que en consecuencia se sienten atrevidos-, los colores y los contrastes cambian, se acentúan para jugar con nuestro pulso en lo que puede considerarse formalmente el típico y tradicional rescate de último minuto narrado sin ningún tipo de exageraciones: Olavi se ha hecho con el cuadro del que, parece, no sabe nada.

En el Hollywood más presuroso y sensiblero ese primer clímax presentado en El artista anónimo habría sido suficiente para dar por terminada su anécdota pero Heinämaa y Härö, con más ojo y visión telescópica se alejan primero del ala sensiblera de la historia y después, con pequeños tics en los que los personajes aparecen para hacer válida la fórmula (el impertinente ejecutivo de la casa de subastas, por ejemplo), con giros tan normales que inyectan emoción y realidad a la vez (la hija y sus negativas a ayudar a su padre no importa a qué), llevarnos a otro tipo de historia, continuar la construcción del icono que debe llegar a ser Olavi, todo con el cuadro y lo que representa ya en un plano interior tanto para los personajes como para nosotros.

Para el último tercio de la película, con Olavi cargando todo esto en sus espaldas, la cámara se ha transformado y de la primera normalidad pasa a planos y colores melancólicos, taciturnos, como esperando la conclusión que dados los fabulosos engaños con que nos han alimentado hasta ahora podría ser cualquiera menos la que esperamos, precisamente cuando el personaje parece haberlo perdido todo.

En ese casi desenlace El artista anónimo entrega dos enormes mensajes, uno surgido de la trama (nunca mejor dicho) en que nos hemos sumergido: el último gran trato de Olavi poco a poco dejar de ser esa compra sorpresiva y de leyenda (todos queremos encontrar un cuadro perdido y pagar nada por él) para centrarse en el trato que puede hacer con su familia, incluso tras años de separación… Y  no, ni Härö ni Heinämaa hablan en realidad de un testamento, esto es más profundo.

La otra, la maravillosa aguja invisible con la que al contarnos con una eficacia fuera de este mundo la historia de Olavi ambos logran colar una visión clara, señaladora y acusatoria de las crisis en que viven millones de personas provocadas por un sistema que primero se resiste a llamarlas crisis para luego permitirse ignorarlas: la pobreza en la senectud, la auto explotación, la desigual repartición del dinero, las familias divididas por todo ello.

El artista anónimo logra entonces la construcción de un icono sensible, vital e inteligente a partir de su relación con otro icono, el del cuadro que cuenta su historia a través del encuentro con Olavi y que sirve de ojo expositor ante las crueldades de un sistema económico mundial que olvida a las personas, que siempre olvida a la personas.

Aplausos a las películas que en su pequeñez disimulan el gigantesco tamaño de espíritu.

CONOCE MÁS. Esta es la crítica de Erick Estrada a la película El mejor postor de Giuseppe Tornatore.

El artista anónimo
(Tuntematon mestari, Finlandia, 2018)
Dirige: Klaus Härö
Actúan: Heikki Nousiainen, Amos Brotherus, Pirjo Lonka, Stefan Sauk
Guión: Anna Heinämaa
Fotografía: Tuomo Hutri
Duración: 95 minutos.

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