Cómprame un revólver, crítica.

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Crítica de Cómprame un revóler.

Cómprame un revólver
El retrato
Por Erick Estrada
Cinegarage

Elemental y certera, es decir, con lo necesario y no más puesto en donde se necesita y no en otra parte. Construir una leyenda infantil en los campos desérticos plantados de balas en que se ha convertido México necesitaba eso y no una abigarrada tormenta de sinsabores y gore disfrazado como muchos han querido reflejar el descontento de vivir esa realidad o la de los horrores que surgen de esa siembra de casquillos abonados por dolorosas fosas clandestinas.

Cómprame un revólver es tan elemental y tan certera que su planteamiento nos obliga a no buscar más allá. Julio Hernández Cordón no cree que el problema del narcotráfico y la corrupción mexicana tenga salida (muchos estamos con él) y justo de ahí parte su película, de un país transformado en lote baldío en donde el narco y su poder violento e irracional (cobarde y frágil por lo mismo) han tomado el control de todo a pesar de que ahí puede verse y disfrutarse un campo  de béisbol encerrado en la nada (¿qué símbolo nos siembra Julio?).

La realidad que Hernández Cordón propone desde su ficción nos obliga a aceptar tanto su anécdota como los subtextos de la misma, no porque cancele el diálogo y la interpretación (la fantasía está dosificada pero se abre cuando la necesitamos) sino porque necesita y quiere que aceptemos esa realidad para entonces asimilar que por diferente que se vea es también la nuestra: “Todo lo que pasa en esta película es real” dice nuestra pequeña narradora, una niña obligada a esconderse en medio de predadores que lo son sólo porque les acobarda saber que no lo son. El dentro y el fuera, lo real y lo ficticio, la fantasía y el horror, todo va envuelto en el cañón del revólver que Julio pide en el nombre de su película. Esto es México y tenemos que abandonar la negación.

Abierto el portón de esa meta narración vemos a sus niños, a veces piratas de la vida, a veces frascos de escape con conciencia que recorren el campo manchado de sangre, que llenan su rostro de sudor, todo en el caos controlado (en la anécdota) que Hernández Cordón levanta con un muy controlado retrato a través de un discurso visual que podría definirse como seco (planos largos, pocos contracampos, medium shots y long shots que a pesar de estar nos niegan la vista del horizonte, ¿de escape?), pero en el que sin embargo se cuela también una cámara que recoge acciones, que se mueve y comunica no sabemos si cambio o esperanza o ninguna de las dos, pues en ese choque de parquedad y agilidad en la acción se materializa a veces un mal presagio.

Así es Cómprame un revólver, un retrato de nosotros sin nuestro rostro, un mundo de supersticiones y pocas acciones en donde la suerte es moneda de cambio y las armas lo único que marca la diferencia entre unos y los otros. Un discurso de música humeante, de drogas imbéciles como la cocaína, de mafias infantiles y machorronas como la colombiana y la mexicana, un planeta cerrado y de fantasías reprimidas.

La única fantasía válida (porque se nos ha ordenado aceptarlo y porque hemos visto por qué aceptarla) es la de nuestra pequeña narradora, obligada a esconder su género en un mundo en donde el que manda es el falo, ya sea que esté entre las piernas o en el cañón de una metralleta.

Y ahí, entre las grietas de ese mundo y de ese lenguaje parco y con chirriante compás se cuelan y reptan los personajes de Julio dejando atrás a las figuras masculinas ridiculizadas por ellas mismas (sus hombres son inútiles y frágiles en todo sentido pero no de forma obvia): “tú me explotas” le dice la niña a su padre, obligado a cuidar el descolorido campo de béisbol para un grupo de narcos de pacotilla y por lo tanto violentos a muerte en manada obligada.

¿El cambio? ¿La salida? No sabemos si la hay, pero Cómprame un revólver le da la oportunidad a sus pequeños personajes de explorarla aunque sea como plan, como juego futuro, a abandonar este mundo en que se ha convertido México, uno en el que las mujeres han sido oprimidas, reprimidas, violentadas, desecadas ya sea por supersticiones imbéciles y falocentristas o por un sistema que oficializa esas supersticiones.

La salida para los jóvenes personajes de Cómprame un revólver no es el combate, no es la afrenta, no es el juego del más fuerte que normalmente no gana el más fuerte. Ellos han encontrado en la fantasía que ve espejos en la tierra regada de balas un cambio de rumbo verdadero porque quiere abandonar todo lo que nos ha traído hasta aquí.

Así, entre grietas y humos, entre disparos y señalamientos a un sistema de falos que ya se doblan, el discurso de Cómprame un revólver es -visual y en el subtexto- valioso e importante. Quizá a través de estas fantasías de apocalipsis nacionales (¿hace cuánto comenzó) veamos que lo que ocurre en esta película es real porque somos nosotros los que estamos en ese relato aunque no veamos nuestros rostros.

Para Julio Hernández Cordón los que hasta ahora han sido señalados como débiles son los únicos que pueden cambiar el rumbo. Los únicos.

CONOCE MÁS. Esta es la crítica de Erick Estrada a Te prometo anarquía, dirigida por Julio Hernández Cordón.

Cómprame un revólver
(México-Colombia, 2018)
Dirige: Julio Hernández Cordón
Actúan: Matilde Hernández, Ángel Rafael Yanez, Fabiana Hernández, Ángel Leonel Corral
Guión: Julio Hernández Cordón
Fotografía: Nicolás Wong
Duración: 84 minutos.

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