La daga en el corazón, crítica.

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Crítica de La daga en el corazón.

La daga en el corazón
El amor prohibido
Por Erick Estrada
Cinegarage

Los juegos que juega La daga en el corazón son varios y curiosamente -sin profundizar demasiado en ellos- logra que trasmine el corazón de cada uno. El resultado es una película tan típica que siempre sorprende (y al decir a veces es muchas veces durante el viaje que nos invita a realizar) y tan atrevida que incluso uno podría pedir más de lo que va a irritar a conciencias poco atrevidas.

La entrada, el ligue entre dos chicos que se buscan las miradas en un bar (uno de ellos va enmascarado y el otro parecería comparsa de los sueños eróticos del Pasolini más juguetón), sabe al peligroso Cruising (EUA-Alemania Federal, 1980) de William Friedkin y también al ligue de sobrenaturales consecuencias con que abre su sangrienta leyenda vampírica Tony Scott: El ansia (Reino Unido-EUA, 1983) .

Y sin embargo los intercortes a los close ups de una sala de montaje de cine, nos advierten que aquello es sólo una parte de lo que se va a acomodar en esta historia de giallos contenidos, de slasher premeditado (las dosis de este género son una trampa que ayuda a empujar a la historia, un recurso que pudo ser burdo pero que funciona en un cóctel visual de colores neón en el año de la Suspiria tanto de Argento como de la de Guadagnino, 1979).

Esos cortes que podrían pasar por fortuitos son en realidad el llamado a la forma de la película, una que va a manejar un juego visual con acentos y movimientos de cámara que lubrican el ojo en medio de sangres derramadas y esperma en los rostros de nuestros personajes. Así, con colores escandalosos para un cuarto de montaje, La daga en el corazón también nos hace pensar en el Berberian Sound Studio (Reino Unido-Alemania, 2012) de Peter Strickland en el que el arte del cine, del sonido, de la imagen, de los ruidos, se cuela a la realidad poco antes de que el horror de esta se filtre al arte que se construye en corte y pega, en el montaje puro de Eisenstein en narraciones que muchos consideran de cuarta categoría.

Estamos en el 1979 del porno gay sin miedo al SIDA, sin plásticos y llenos de sedas. París. Una directora atorada creativamente en el gayxplotation de la década quiere reconquistar a la mujer que monta sus películas concibiendo una historia fuera de lo común. Pero como La daga en el corazón ya lo ha anunciado estos personajes empapados de realidad pero metidos hasta el tuétano en una película (la narración de Yann Gonzalez es una de cine dentro del cine), serán incapaces de saberlo todo: quien los domina es quien monta la película, quien hace y realiza los saltos en los tiempos y los espacios de esta narración truculenta pero prístina, misteriosa pero no confusa. Son presas de una narración que a su vez puede sorprenderlos con un golpe de montaje.

Los actores de Anne -nuestra directora de porno gay- comienzan a morir casi frente a ella y esa sangre derramada, ese slasher impertinente le sirve a Gonzalez para romper sus realidades y jugar con nuestra percepción con una especie de psicodelia rebajada pero esponjosa, como la fina y al mismo tiempo hortera aportación de M83 en la música.

Con la película rota entramos al caleidoscopio que Gonzalez despliega para nuestro deleite y pequeño desconcierto, uno de sueños entrecortados, homicidios que se imaginan pero que en el montaje se antojan reales, dagas relucientes. Alucinaciones fantasmagóricas de anfetas y techno puro. El trabajo que hace Anne, a final de cuentas, es una manipulación de sus realidad dentro de la realidad de sus películas que es a su vez una manipulación.

Y encima, tenemos la figura del cine como declaración de amor; grand guignol y giallo  para mostrarnos las coreografías casi siempre ignoradas del porno. Necrofilia y reconciliación. Una tormenta de lágrimas de amor, el azote de la pasión para llevarnos como camino a la aportación de Gonzalez a través de una historia de lo escondido presentada con una claridad sin velos que a veces hasta parece inusitada.

Su historia es una de lo escandaloso en los tiempos de la ultracorrección (nuestro presente) y ello queda simbolizado en su asesino sin rostro, que quiere callar los amores fingidos en el porno y la declaración de amor que es la película porno de Anne. Es el amor que se hace monstruo homicida y la tragedia que entra a la película dentro de la película que vemos.

En Nosotros (EUA-Japón-China, 2019), Jordan Peele quiso dar demasiada profundidad a una historia en la que buscó acomodar demanda social y humana pero a la que le negó la posibilidad de enloquecer y que al obligarse a darle razones y motivos demasiado claros pierde la brújula.

La daga en el corazón acierta al ser lo contrario y al armar su caleidoscopio con tanto juguete y tan buen repertorio visual (la cámara acaricia a los ángeles porno que tiene siempre enfrente) levanta la voz a favor del amor, de la tolerancia, a favor de que lo prohibido deje de ser prohibido. Y no tartamudea pues lo cuenta y lo susurra a la vez, sin querer llevarnos a las profundidades pero señalando dónde se encuentran. Gonzalez no pierde la brújula, sólo la esconde en las transiciones de su película.

CONOCE MÁS. Esta es la critica de Erick Estrada a la película de terror Berberian Sound Studio, dirigida por Peter Strickland.

La daga en el corazón
(Un couteau dans le coeur, Francia-México-Suiza, 2018)
Dirige: Yann Gonzalez
Actúan: Vanessa Paradis, Kate Moran, Nicolas Maury, Jonathan Genet
Guión: Yann Gonzalez, Cristiano Mangione
Fotografía: Simon Beaufils
Duración: 108 minutos.

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