Sin muertos no hay carnaval, crítica. Película de la semana.

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Sin muertos no hay carnaval.
La riqueza cambia de manos

Por Erick Estrada

Cinegarage

En medio de una jungla un disparo perdido lo desata todo. El rito oligarca de la caza compartida se ve fracturado por la intromisión en “sus terrenos” de las clases inferiores, de los que están de paso, de aquellos que observan sin poder meter las manos en el banquete.

La bala perdida con la que Sebastián Cordero hábilmente inicia su relato, impacta en el punto preciso y los cimientos que se creían fuertes se sacuden con los ecos de ese golpe.

En un Guayaquil que es a su vez una prisión y una jungla, Cordero inyecta a su personaje central. Ahí, donde las clases adineradas se encierran en sus jaulas de cristal para no mezclarse con las clases bajas, encerradas en una pobreza que las perseguiría sin importar a dónde vayan, unidos todos a la fuerza (pareciera que la ciudad donde todo ocurre cabe en el estadio de fútbol) y ya sin ganas de querer salir de ahí, aparece un abogado hambriento de sí mismo, de gozar una gloria que en primera instancia no le pertenece pero que en un sistema tan quebrado como en el que vivimos, tendría que darle algo de regreso después de tanta sangre que ha dejado en el día a día.

¿Qué caso tendría salir de esta ciudad-jungla-prisión, incluso con dinero? ¿Se puede vivir fuera con lo que aquí me ubica en una situación privilegiada? ¿Qué caso tiene escapar más allá de las fronteras de la ciudad si se es pobre y esa pobreza no desaparecería nunca en cualquiera otra parte del mundo? Al verse enjaulados como dentro de un castillo feudal, los personajes que se trenzan en este drama con toques de thriller de bajo impacto pero de alta intensidad, recurren a ese abogado casi duende (es el pequeño truco de Cordero para atar las vertientes de su narración: a su abogado lo conocen propios y extraños) y casi bufón para tratar de solucionar las desgracias cotidianas que, por supuesto, no son tan desgracia para los miembros de la oligarquía amamantada con impunidad.

La entrega anterior de Cordero fue un prodigio del subgénero del material encontrado recordado con enorme agrado como Europa Report (EUA, 2013), una muy inteligente aventura de ciencia ficción -no se sabe aún si ensimismada o claustrofóbica- que utilizaba al montaje no sólo para alimentar la presión de la situación límite de sus personajes sino para soltar un latigazo final que es al mismo tiempo la cereza del pastel y un enorme truco de prestidigitación que transforma por completo a la película a muy pocos minutos de su cierre.

Sin muertos no hay carnaval nos deja ver a un director con la misma habilidad en el montaje, aunque aquí usado de una manera distinta. Es un flashback muy al inicio de su narración el que nos indica el punto de llegada (además peligrosa y atrevidamente cercano a la conclusión) para que después Cordero nos tuerza ese camino con un par de fracturas en la historia, primero la que nos devuelve a los efectos de esa bala perdida que a estas alturas ya es una bola de nieve rodando cuesta abajo de una gran montaña, y después, la que une casi fugazmente a los personajes que habrán de cruzar camino cuando lleguemos al punto en el que se disparó ese flashback.

De esa forma, Cordero consigue que la atención se aparte de un solo personaje y más que en el grupo, se centre en el rostro general, en el ambiente, en la desazón que parece estacionada encima de su ciudad y en consecuencia encima de sus personajes. Es decir, si bien dramáticamente la película manipula a sus personajes y los monta con una precisión de escándalo (hay que ver el impacto en pantalla cada vez que don Gustavo Miranda/Erando González aparece, no importa que lo haga por sólo unos instantes), el efecto que se logra es el de apreciar un estado de ánimo, una idea, un alma contrariada.

Ejercitando el siguiente nivel de su montaje, esa apertura al viaje dentro de su película, ese casi fantaseo con las ligas que se arman entre sus personajes (tan improbables que resultan verosímiles), choca de maravilla con el tono realista impregnado tanto en lo que pasa como en dónde pasa, un tono que a veces recuerda al neo realismo que señalaba los vicios de la alta burguesía en la Italia de la posguerra y que nos devuelve a lo tremendamente creíble de su aventura de ciencia ficción (ahí están los paseos en canoa de Celio a cargo de un Diego Cataño en estupenda forma).

En ese armónico enredo monumental, que demanda atención, que exige respeto, que se gana el enfoque de quien ve la película, los aires se vician y se retuercen y el discurso de Cordero se amplifica dentro de su propia narración. Sin muertos no hay carnaval (los muertos nunca serán miembros de las clases altas, el disfrute del carnaval siempre será para ellos) es un llamado de atención a la pérdida de ética y humanidad en un capitalismo rampante sucio y enamorado de su suciedad (ese presidente del equipo de fútbol, tan manchado que se ha vuelto imbatible, la cobardía de su ahijado, alimentada de la casi certeza de que saldrá libre de cualquier cosa turbia en que se inmiscuya), que llama a pocos y recibe a menos (el abogado es también un Renfield draculesco que persigue la promesa de un estado mejor, casi “divino”, pero que es humanamente tan despreciable como el peor de los asesinos) y que presiona de tal manera a los de abajo que incluso cuando el nudo se deshace, las cosas no se solucionan del todo: no importa que falle el sistema, ese sistema tiene garantizado su propio renacimiento.

Por ello en Sin muertos no hay carnaval vemos cómo lo que no era negocio se convierte en uno (el deporte, el derecho a la vivienda) solamente para que quien se ha beneficiado del sistema tenga más, siempre más, y para que quien quiera acceder a la cima sepa que no hay otra manera que recurrir a los métodos cortesanos de la antigüedad, con traiciones internas, arreglos laberínticos y, sobre todo, con tronos pintados de sangre.

Debajo, incluso con el nudo desatado, las clases inferiores se han contentado con observar cómo la riqueza ha cambiado de manos y ningunas de esas manos son las de ellos. El sistema se protege a sí mismo.

Sin muertos no hay carnaval es un pequeño prodigio cinematográfico en el que el guión trenza a sus personajes a través del montaje para derrotar con honor a sus héroes y mostrar la villanía de quienes, desde las cúpulas, tienen, han tenido y tendrán la posibilidad de arreglarlo todo. Nosotros sabemos que no lo harán.

 

CONOCE MÁS. Esta es la crítica de Erick Estrada a Europa Report, película de ciencia ficción dirigida por Sebastián Cordero.

Sin muertos no hay carnaval
(Ecuador-México-Alemania, 2016)
Dirige: Sebastián Cordero
Actúan: Diego Cataño, Maya Zapata, Erando González, Andrés Crespo
Guión: Sebastián Cordero, Andrés Crespo
Fotografía: Tonatiuh Martínez
Duración: 100 min.

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