Rostros y lugares, crítica

0

Crítica de Rostros y lugares.

Rostros y lugares
La búsqueda de la mirada
Por Erick Estrada
Cinegarage

Dos enormes ojos estampados sobre dos gigantescos tanques de agua vigilan el paso de los coches, del tren, de los comentarios de Agnès Varda, casi en voz en off, como si mirara el pietaje recogido a lo largo de un caluroso verano al lado de JR, su acompañante en ese verano y en este recorrido del recorrido frente a una pantalla.

¿Será por eso que prácticamente siempre que en Rostros y lugares cambiamos de capítulo; será por ello que en ese filial y cálido último encuadre de este recorrido a través de su recorrido ambos se ven de espaldas a la pantalla, como mirando de nuevo lo que ya habían visto, como narrando una historia de historias y como invitándonos a seguirlos, a ir detrás de ellos en la mirada?

Aceptemos esa invitación.

Al comienzo de ese verano Varda y JR no se conocen. Él va a encontrarla, emblemáticamente, a la calle Daguerre y la invita a tomar fotografías de personas sin historia (¿que son si no los daguerrotipos que encontramos ahora en los mercados de viejo?). Varda, acostumbrada a retratar vidas de formas inesperadas para regalarnos historias de vida inesperadas acepta (recordemos Sin techo ni ley y su flashback luminoso aún en su trágico final, ahí está también la maravillosa Cleo de 5 a 7) y ambos se lanzan en un viaje de búsqueda que es a su vez dos búsquedas en el mismo trayecto.

Por un lado y habiendo mostrado esa mirada gigante a mitad de carretera, Varda busca su propia mirada, todas las luces que puedan entrar por sus envejecidos ojos mientras estos registran imágenes cada vez más borrosas: está enferma, lo sabe y lo sabremos con las historias que nos regala mientras se suman los kilómetros de este road movie revolucionario.

Pero Varda también busca la mirada de JR, que esconde lo que sus ojos ven detrás de un par de omnipresentes gafas oscuras, como las de Godard, amigo de Varda. Godard le regaló a Varda una mirada sin gafas y en un gesto de reconciliación con el director, de reencuentro consigo misma, como una muestra de intimidad sublime y natural, Varda buscará en este documental la mirada directa de su nuevo amigo, JR, este daguerrotipista posmoderno que quiere viajar por Francia registrando los rostros de la gente que estos tiempos, que este sistema, que este “moderno” estilo de vida está olvidando.

JR viaja y quiere que viajemos con él en una aventura de rostros y de miradas y Varda transforma ese viaje en un rescate. Los rostros elegidos (que después quedarán impresos en gran formato y serán colocados en las fachadas de casas y edificios) reciben las preguntas adecuadas de parte de la directora y así, en la película, en el viaje, en la memoria de quien retrata, de quien pregunta y en la nuestra -los que vemos- se plasman sus historias, sus dolores, sus pesares, sus alegrías, sus tristezas y el juego toma un giro que de tan esperado se vuelve sorpresivo.

¿Son estos rostros el daguerrotipo del siglo XXI? Gente que de otra manera sería olvidada en la multitud, archivada en la memoria común de todos, resguardada sólo por los cercanos, ahora regala en estas gigantescas fotos una mirada de regreso, enorme, luminosa en ese blanco y negro que redirecciona todo en un primitivismo roto en la posibilidad del gran formato: de ser a color estas enormes imágenes serían impositivas; al ser en blanco y negro invitan como una gigantesca primera pantalla de cine, como puerta de entrada a su mundo y no de salida al nuestro. Ese es el secreto de Rostros y miradas.

Así, en el juego de hacernos mirar a quien solíamos ignorar, Varda y JR arman un discurso casi revolucionario, un regreso al valle de quienes el sistema quiere que olvidemos: los mineros, las amas de casa, las mujeres de todos los días (ese preciso capítulo de la mesera / madre de familia), los trabajadores de la fábrica, las historias oprimidas por un sistema de vida cruel y nada humano. Ellos proponen marcar la fachada de sus casas y sus edificios (¿no es la fachada el rostro mismo del edificio en el que vivimos o en el que nos ganamos la vida?; ¿rostros sobre rostros?) para no dejar que ese olvido sistemático, programado e impulsado, tome el control.

Varda quiere que esas historias queden en algún lugar, que salgan del archivo de la memoria del retratado, se imponga en una foto que se hará monumental y que marcará a su vez el edificio donde todo o mucho de lo que cuenta (y de lo que no, quizá a veces sólo de lo que recuerda) ha ocurrido.

Por eso es importante la mirada invitante en blanco y negro que registra JR. Pero también por eso es importante que quien narra y es retratado vea esa imagen en la fachada de su casa. Es entonces indispensable registrar la reacción de la última habitante de un pueblo hoy considerado inútil por ese sistema opresor, reacción que se vuelve llanto al encontrarse a ella misma donde siempre ha estado, en su casa, la de siempre, la de nunca jamás. El retrato es quizá la única forma de poder vernos hace muchos años, el pasado directo enfrentando a su futuro, el pasado lejanos proyectado al infinito, el tiempo detenido que nos rebasará y que permanecerá cuando todo haya terminado.

Varda lo sabe y por ello, más allá del juego que mantiene con JR a lo largo de esta no narración que dice mucho, elabora una historia alterna alrededor de este performance ambulante. Y es por ello que, habiendo comenzado todo con una mirada gigantesca, nos recuerda que todo comenzó cuando ella misma buscaba el reajuste de esa mirada con la memoria del Godard, su amigo, el escapado.

JR debería darle una mirada directa, sin protección, de amistad y esa es la petición final de Varda: que tras conocer a desconocidos, tras plasmar sus historias -que son las de todos- ahora sea un conocido quien la mire directamente sin retratos ni mecanismos de por medio (las gafas también son un mecanismo).

Aceptemos la invitación y conozcamos a detalles las historias de encuentro debajo de la búsqueda de Varda, la búsqueda de la mirada del amigo que cierre el círculo abierto por esos dos enormes ojos que ahora parecen mirar el camino recorrido y que no sabemos (como la imagen borrada por la marea alta) cuánto tiempo van a estar ahí.

Aquí está la lista de la revista Sight and Sound con sus mejores películas de 2017. Ahí aparece Rostros y lugares.

Rostros y lugares
(Visages villages, Francia, 2017)
Dirigen: Agnès Varda, JR
Con: Agnès Varda, JR, Jean-Paul Beaujon, Amaury Bossy
Guión: Agnès Varda, JR
Fotografía: Roberto De Angelis, Claire Duguet, Julia Fabry, Nicolas Guicheteau, Romain Le Bonniec, Raphaël Minnesota, Valentin Vignet
Duración: 89 min.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *