Sin amor, crítica. Película de la semana.

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Sin amor.
Ocre en las paredes
Por Erick Estrada
Cinegarage

Sin amor. Como en la mejor tradición del neo realismo italiano (pero sin ninguna otra de sus características), Loveless recoge a nuestro personaje central de entre una multitud. La cámara espera en un espacio gigantesco que tras unos segundos de desconcierto se convierte en un patio de escuela lleno de niños ansiosos por llegar a casa excepto, claro, el niño al que seguiremos secuencia a secuencia convertido cada vez más en un fantasma al que todos conocen pero al que paradójicamente nadie quiere ver.

Sin amor es la historia del niño no deseado, uno para el que ni siquiera hubo leche para amamantarlo, atrapado en el amargo divorcio de sus padres, dos personas que inexplicablemente vivieron juntas el tiempo suficiente para hacer de su hijo una persona consciente, por lo menos, de no querer vivir en medio de esas disputas: una mañana, con pretexto de ir a la escuela en la que lo conocimos, escapa y desaparece.

Hasta ahora la cámara de Mikhail Krichman en esta feroz propuesta del viejo conocido Andrey Zvyaginstev (Leviathan), ha explorado casi lejana las relaciones entre estos personajes, las ligas que han sobrevivido a su atormentada relación. A partir de ahora no cambiará y será incluso parca en sus detalles, pero no por ello dejará de ser generosa en información, información que llega gracias al recorrido que sus personajes (los padres del niño y sus respectivas nuevas parejas) hacen de sus encuadres, dejándonos saber, como si espiáramos para comprobar su bajeza moral, que han dejado todo atrás, que buscan seguir con su vida y que su hijo es un obstáculo y no un interés: ninguno de los padres quiere hacerse cargo de él, ninguno de hecho, quiso al hijo en primera instancia, es el hijo no deseado para el que nunca hubo leche con que amamantarlo.

En las investigaciones que se desatan tras la desaparición y que espía con ojos entrecerrados a esta pareja, un policía lanza una sentencia que incubará en nuestro inconsciente para explotar con la precisión del mejor de los terroristas: “muchas veces los padres matan a sus hijos para después declararlos perdidos”.

La pareja no reacciona, no se inmuta y piden seguir la búsqueda. La cámara no cambia, mantiene el ojo entrecerrado, levantando sospechas grises entre quienes vemos: por un lado tenemos a una mujer fría y vacía, ególatra y deshumanizada que vive más el mundo virtual que el real; por otro lado tenemos a la definición misma del perdedor a quien no le importa su hijo, encontrarlo, perderlo, siempre y cuando no pierda la comodidad de su trabajo; en el otro está una mujer hambrienta de cariño dispuesta a repetir el papel de la primera y un hombre que alimenta su ego en la conquista de la mujer más joven.

Todos llevan una vida doble, de pose ante los demás, de vacío, insustancial y el espionaje de la cámara de Sin amor las delinea con figuras reflejadas en los espejos, con paseos por los interiores que parecen cualquier interior, con situaciones que saben mecánicas, prefabricadas.

Todo parece parte de un plan y la idea que nace en la cabeza ruge desde el diseño sonoro de la película para atormentarnos con la indefinición de lo que ha ocurrido con ese hijo: máquinas que lanzan rumores, aves que vuelan amenazantes, chirridos, mecanismos que se distinguen entre su propio eco. Un juego de ruidos y sonidos que sumados a la exploración casi temerosa, casi punzante de la cámara, solidifica todo en un lenguaje venenoso, de pus moral, de desenfreno del ego: ¿quiere alguno de estos personajes encontrar al hijo no deseado?

Antes que responder Sin amor nos pide vivir en duda, porque el discurso no ha terminado.

La búsqueda continúa pero al llevarnos a escenarios más descarnados, subiendo el tono de su diseño sonoro, la película busca a estos seres vacíos y egoístas antes que al niño al que vimos desaparecer. Los nuevos escenarios reflejan más ese interior que el deseo del reencuentro. Navegamos ya con la cámara en piscinas resecas de escaleras oxidadas, casas sin techo, edificios rotos. Confirmamos ahí que antes que encontrar al hijo cada uno de estos personajes quiere seguir su “nueva” vida, negar a la muerte que les explota en la cara en medio de una morgue que chorrea ocre por las paredes y que ahí dispara entre nuestra cejas la mayor pregunta de la historia y que redobla la sentencia del policía: ¿es la desaparición del niño una muerte en más de un sentido excepto el real? ¿Hay responsabilidad moral de parte de los padres, es decir, ellos lo “mataron”? ¿Alguna vez se resolverá el misterio?

Porque lo que queda claro es que Sin amor es, muy en la figura, el retrato de una Rusia que se ahoga en aspiraciones ultra capitalistas vacías y enemigas del humanismo, propulsoras del ego y amantes del presente. Dibuja a esa Rusia que se mata a sí misma, que probablemente mata a sus hijos y que se engaña diciéndose a sí misma que corre hacia el futuro aunque en realidad lo haga en una caminadora eléctrica.

Al final, un árbol nevado, el mismo en el que un niño -ahora perdido- se detuvo para no llegar a su casa. El mismo en el que levantó un listón policial que ahora, mecido por el viento, es otra figura aún más fuerte: es la alarma que todos ignoraron aún siendo obvia.

CONOCE MÁS. Esta es la videocrítica de Erick Estrada a Leviathan.

Sin amor
(Nelyubov, Rusia, 2017)
Dirige: Andrey Zvyaginstev
Actúan: Maryana Spivak, Aleksey Rozin, Matvey Novikov, Marina Vasileva
Guión: Oleg Negin, Andrey Zvyaginstev
Fotografía: Mikhail Krichman
Duración: 127 min.

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