Call Me By Your Name, crítica.

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Llámame por tu nombre
El corazón roto
Por Erick Estrada
Cinegarage

Nombre enigmático en su sencillez, Llámame por tu nombre, como frase, rescata lo mejor del primer amor, el de las hormonas en explosión y los mensajes crípticos de apenas seis o siete palabras a la persona amada. Refleja también (en el caso de la película con precisión) la confusión mental al enfrentarse por primera, segunda o tercera vez a lo que todo mundo llama amor, algo a lo que, se nos dice erróneamente desde entonces, debe durar toda la vida.

La película de Guadagnino es entonces una declaración de amor juvenil, que nos lleva al romanticismo pop de los años 80, en donde era mucho más difícil hablar de los otros amores, de la confusión amorosa o del amor fraterno. En ese mundo Guadagnino nos presenta a Elio (Timothée Chalamet), un joven adolescente perteneciente a las altas capas de la burguesía, educado, culto e inteligente que cuenta con todo tipo de apoyo de parte de sus padres, igualmente letrados e importantes. Hasta Italia, que es donde esta familia pasa sus veranos, llega Oliver (Armie Hammer), un graduado estadounidense que viene a pasar el verano trabajando con el padre de Elio. Ambos son arrogantes, ambos son engreídos y usan su inteligencia y elaboradas maneras (Elio lee, cita, compone, interpreta, cita de nuevo y suelta datos al por mayor; Oliver guarda los datos del padre de Elio casi sin que nadie se dé cuenta, se pinta como independiente y encantador pero suele ser rudo e intempestivo) para escapar de un mundo mucho más sencillo en el que paradójicamente sus contradicciones internas serían resueltas de una forma también más sencilla.

Es verano, el campo explota y la sensualidad italiana se manifiesta en la comida, el paisaje, en las conversaciones y en la música. En ese marco, presentado por paciencia (necesaria) y mucho deleite (lo cual se agradece) de parte de Guadagnino, florece poco a poco en una no menos enigmática amistad entre Elio y Oliver que no tardará en convertirse en una atracción más allá de esa misma sensualidad. No debe ser coincidencia que los nombres de estos personajes espejeados cuenten con las mismas vocales y prácticamente las mismas consonantes y una fonética confusamente similar. Guadagnino los utilizará, mostrará sus encuentros y desencuentros, sus aventuras con chicas y sus escapadas intelectuales, para dejar claro, primero, que el mundo es mucho más elemental de lo que la educación burguesa nos ha querido hacer creer. Los momentos más lúcidos entre estos dos personajes, sensual e intelectualmente hablando, son aquellos en los que se desnudan espiritualmente y se desproveen de poses y amaneramientos sociales, de las formas hipócritas de comportamiento y convivencia. En esos instantes sus acercamientos son más reales, menos elaborados, más primitivos si se quiere, remoldeándolos y dejando que estos personajes descubran propuestas dentro de sí mismos que probablemente desconocían. Alrededor de ello la secuencia en la que el padre de Elio lo invita junto a Oliver a conocer una escultura recién encontrada no es gratuita sino la forma de entrar a la confundida mente de sus amores: la escultura es una Venus voluptuosa hecha de la fundición de otras esculturas de figuras masculinas.

A través de ello, Guadagnino le abre la puerta a sus personajes para cuestionamientos que van desde el obvio lado femenino y masculino dentro de cada uno de nosotros, a otros que maquilarán la estupenda segunda parte de su narración: en esto del amor todos somos Venus y todos tenemos algo de soldados.

Desde ahí Guadagnino da vuelta a la página con presteza y destreza y transforma lo que hasta ahora parecía una historia de descubrimiento homosexual, en una fábula casi barroca de corazones rotos y virginidades rotas, virginidades también distintas de las sexuales que obligan a una persona a madurar. Llámame por tu nombre se ha convertido para entonces en una oda al amor, una oda que conoce, reconoce y quiere recordarle al mundo que el amor tiene lados oscuros y dolorosos, que se hace sufrir a la Venus por querer ser mejor soldado, que los cuerpos te retan a desearlos y que probablemente es peor ignorar el reto que aceptarlo. Para Guadagnino Llámame por tu nombre es una oportunidad de invitar a la exploración mientras él explora las cumbres borrascosas de la relación entre Oliver y Elio, sus soles y sus lunas en un verano eterno en el que sólo cabe esperar a que termine. Guadagnino lo hace sobriamente, sin solemnidades, con un humor fugaz, real, cercanísimo a quien alguna vez haya tenido el corazón roto o recuerde su primera vez, es decir, todos. En esa sobriedad Elio muestra sus confusiones y expone su corazón roto, vencido frente al soldado interno de Oliver a quien, afortunadamente, no nos dan tiempo de prejuzgar. Elio, Oliver, su familia, los amigos, han sido objeto de un retoque y trabajo de matices envidiable y de nuevo, eso le da a los actores escalones suficientes para lograr una transformación real y tangible hacia el final de la película.

Llámame por tu nombre es una oda al amor y a sus precipicios, pero lo es también a la juventud y la libertad que da para explorar y equivocarse; es una lista de equivocaciones que pueden regalar alegría y que no por ser equivocaciones son condenables o deben ser olvidadas. Al parecer, para Guadagnino en el amor uno no se equivoca, solamente se vive en una afrodisiaca confusión que regala memorias en las que las palabras son insuficientes para explicarlo todo.

CONOCE MÁS. Esta es la crítica de Erick Estrada a La región salvaje, de Amat Escalante, cinta que también explora a sus personajes a través de su vida sexual.

Llámame por tu nombre
(Call Me By Your Name, Italia, 2017)
Dirige: Luca Guadagnino
Actúan: Armie Hammer, Timothée Chalamet, Michael Stuhlbarg, Amira Casar
Guión: James Ivory
Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom
Duración: 130 min.

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