Una bella luz interior, crítica

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Una bella luz interior
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La bipolaridad sexual
Por Erick Estrada

Cinegarage

Isabelle está atrapada en un círculo vicioso de romances no consumados y se atraganta consigo misma persiguiendo la idea del amor ideal, del enamoramiento máximo, una idea que se nos vende en la vida real a cada golpe de adiestramiento social, con cada clase del deber ser en occidente.

En su búsqueda, Isabelle se reencuentra con el padre de su hija pero se muestra incapaz -no sabremos nunca por qué aunque llegaremos a sospechar que todo se debe precisamente a su búsqueda el amor perfecto- de concretar el encuentro ideal de la manera ideal.

En esta historia sin historia -iremos de viñeta en viñeta repitiendo el mismo círculo vicioso en que está atrapada Isabelle sin detectar jamás la salida- Claire Denis se tambalea como los sentimientos de Isabelle (una maravillosa Juliette Binoche) y va de la cámara que rebota y comunica el duelo de diálogos en los primeros encuentros post sexo de su personaje, a una cámara más bien estática hacia el final de la película, todo sin comunicarnos realmente si eso es reflejo del ímpetu de esta mujer confundida o simplemente una pérdida de rumbo que se ha contagiado desde Isabelle a la narración.

Eso no lo es todo. En algún momento de esta tormenta de reproches post coitales, de cambio de ánimo a media plática en un bar, la película duda de sí misma una vez más y a veces parece querer retratar la desilusión del artista plasmada en su azote tras la apertura en la galería y otras, hacer todavía más evidente que Isabelle es un imán de frustraciones y egos desencadenados tanto en el mundo del arte como en el del ligue adulto.

¿Son las personas de edad media inútiles para relacionarse intelectual o románticamente con sus semejantes como lo eran en la adolescencia temprana? ¿En el mundo se puede detectar una especie de acoso sentimental en el que el macho ligador somete a las mujeres una vez que las ha llevado a la cama jugando de nuevo con la idea del romance perfecto? ¿Es Isabelle una especie de bipolar sexual que deja salir sus frustraciones (fruto de las desilusiones que suele atraer a su departamento) en cuanto ha tocado un poco de la felicidad eterna gracias al sexo? Desafortunadamente Denis no nos dejará tomar ninguna de sus opciones pues en las casi viñetas de que está compuesta su propuesta, insiste de más, presiona en exceso para mostrar el círculo vicioso en que está atrapado su personaje y le niega inexplicablemente cualquier signo de luz.

En Gloria (Chile-España, 2013), Gabriel Lelio ejercitó un arranque similar pero tuvo la delicadeza de dejar que su personaje creciera y madurara -una mujer que igualmente va en busca de la felicidad ahí donde pudiera estar escondida y, claro, con el sexo como vehículo- para encontrarse y transformarse y, por supuesto, para dar así un poco de rumbo a la narración. Denis, sin explicación y aparentemente sin objetivo, maltrata a su Isabelle privándola de un escape de sí misma y con ello haciendo a su película redundante y obsesiva en situaciones que cantan su desenlace con una facilidad brutal: Isabelle no encontrará la felicidad en ninguno de los hombres que conoce en esta película y eso lo sabemos apenas en su tercer encuentro, plática o conversación casual.

¿Quiere Denis lanzar un grito de denuncia ante los mecanismos con los cuales los hombres someten emocionalmente a las mujeres (esa plática entre el galerista que no se cansa de denostar a la nueva pareja de Isabelle pensando siempre en llevarla a la cama)? ¿Busca Denis marcar la codependencia de las relaciones contemporáneas? ¿Hace que su película no avance pues Isabelle no avanza en su búsqueda del amor ideal (el mismo al que llama a gritos muy al comienzo de la película)? De nuevo, la película no permitirá que concluyamos nada de eso pues el círculo vicioso emocional en que está el personaje no terminará por devorarla ni tampoco por propulsarla a su nuevo futuro (como sí lo hace Gloria), pero tampoco comunicará ni su desesperación ni si desilusión. Antes, en Una bella luz interior, hay un hartazgo narrativo del que surgen situaciones que desafortunadamente rozan la ingenuidad y el humor involuntario (esa escena del baile que concluye con un “¡qué bien baila!”, de parte de una Isabelle enamorada del momento) y que le dan a varias de sus situaciones un tono de berrinche infantil desangelado.

Nuevamente: si la idea era mostrarnos a una mujer atrapada en los mecanismos de dominio sentimental de los hombres, la idea surca la historia, de manera casi invisible pero lo hace. Sin embargo, a pesar de ello y con un epílogo eterno y sin inspiración, en ese acercamiento de Isabelle a la superstición desesperada (casi gratuita y de nuevo sin consecuencias), Denis nos muestra a su personaje, a su vehículo, a su motor (ahora ya casi ahogado) más parecida a un Ladrón de bicicletas (Italia, 1948) sin sentido (recordemos que ahí el objeto al que se busca jamás aparece ni aparecerá) que a un espíritu hambriento de amor.

Una bella luz interior no sólo no deja que esa luz surja de su gratuitamente atormentado personaje (¿cuál es la propuesta del guión de someterlo al 100% en todas y cada una de las situaciones en las que vive?), sino que aplica los mecanismos de identificación de manera inversa provocando que nos alejemos todo lo posible del rostro de Juliette Binoche hartos de su falta de reacción (como su mejor enamorado se lo pide directo a los ojos), algo que prácticamente nadie había conseguido hasta ahora.

CONOCE MÁS. Esta es la crítica de Erick Estrada a Nubes de María, protagonizada por Juliette Binoche y Kristen Stewart.

Una bella luz interior
(Un beau soleil intèrieur, Francia-bélgica, 2017)
Dirige: Claire Denis
Actúan: Juliette Binoche, Xavier Beauvois, Nicolas Duvauchelle, Alex Descas
Guión: Claire Denis
Fotografía: Agnès Godard
Duración: 95 min.

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