Star Wars: Los últimos Jedi, crítica.

4

Star Wars: Los últimos Jedi.
Las viejas armas
Por Erick Estrada
Cinegarage

Una batalla inaugura Los últimos Jedi. La Resistencia se encuentra en un momento crítico. La marca, Star Wars, también se encuentra en un punto peligroso, ha sido señalada por sus detractores como repetitiva, circular, temáticamente tartamuda. La Resistencia en la película ha jugado prácticamente el mismo papel de la antigua Alianza Rebelde que, abierta como es, pretendidamente inclusiva en ideas y proyectos, no ha dado en realidad pasos hacia adelante en mucho por las exigencias de un mercado al que debe satisfacer prácticamente al 100%.

A bordo de este transbordador de historias (unas más satisfactorias que otras pero que en conjunto arman una de las mejores narraciones del cine de aventuras) han estado involucrados, directa e indirectamente nombres del tamaño de George Lucas, Irvin Kershner, Brian De Palma, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, J.J. Abrams y más recientemente los hijos del cine independiente Gareth Edward y Rian Johnson, encargado de dar forma al mega discurso de Los últimos Jedi. Todos ellos recibieron la misión de llevar la nave a terreno seguro, cruzando las peligrosas trincheras de una base de fans rabiosa y celosa como pocas y al mismo tiempo de llenar la taquilla con los dólares que el sistema les demanda. A veces caminando en terreno seguro, otras arriesgando para entrar a propuestas menos complacientes (Kershner probablemente el que más) o disfrazarlas para venderlas como nuevas, la misión se ha completado, pero la demanda de algo extra, de un giro, de un cambio un tanto más real apretaba el cuello de la marca, le exprimía tiempo, le contaba las horas.

Si hacemos de la Resistencia una analogía de lo que el cuerpo creativo de Lucasfilm ha tenido que sobrevivir para mantenerse respirando, esta película es su autobiografía, una que puede tener consecuencias mayores y mejores.

Una batalla inaugura Los últimos Jedi y desde ahí se nos da la primera señal de la labor de la película, del papel de sus personajes y de lo que la base de fans necesita hacer para mantener vivo el objeto de su culto (no es casual que en sus reencuadres la película nos “jale” hacia ella, nos pida participar en su juego). En un momento crucial, manipulando los elementos del cine bélico como lo hizo Gareth Edwards en Rogue One (EUA, 2016) Poe Dameron -ese medio sustituto del Luke Skywalker- activa un switch que atrapado en el juego de hipertecnología (inverosímil desde siempre pero parte del juego de la marca) luce viejo, raspado, fuera de tiempo pero que en el punto crucial de la secuencia le da a la Resistencia el impulso para sobrevivir los primeros y algo tediosos 30 minutos de la historia.

Al plantear los temas reales del discurso de este nueva entrega, Rian Johnson (director y guionista) tropieza precisamente con esos viejos elementos y la película se debate en ires y venires que si bien tienen un fin clásico (o típico) del juego de Star Wars (reunir a sus protagonistas en el punto de mayor peligro), no permiten que el aire entre a los pulmones de la película y que incluso la brújula se magnetice y gire sin rumbo real, que la velocidad propuesta por el mismo Poe en El despertar de la fuerza (EUA, 2015) de Abrams disminuya peligrosamente casi al punto cero, salpicando todo y por momentos de un humor en el que tristemente se echa de menos al cinismo de un Han Solo que no está más, pero que afortunadamente consigue fraguar estos ladrillos que Johnson tiene que cargar para construir los cimientos de su discurso real.

¿Cuál es la labor de ese switch pasado de moda? Mostrar la vejez, , un arma avejentada, devolvernos a lo mecánico de una saga que estuvo hundida por muchos años en la tentación de las imágenes generadas por computadora (como lo está Los últimos Jedi en varias y angustiantes escenas) y de cierta falsedad que comunican ahora a la distancia. El término, de hecho, aparece en la película como declaratoria de guerra ante sus problemas y como propulsor de la propuesta: Johnson tiene y va a utilizar “las viejas armas” para enfrentar a la ahora llamada Primera Orden y después continuar su camino.

Si la Resistencia es la analogía para -con los movimientos necesarios- refrescar a Star Wars, es necesario entrar a ella para poder abandonarla después.

Habiéndose despojado de su enredado y a veces vacío arranque, Los últimos Jedi recurre uno a uno a esos viejos momentos, aquellos que los detractores llaman repetitivos, para repasarlos, saborearlos, revisarlos, re entenderlos y finalmente poder deshacerse de ellos en una amorosa despedida. Entramos al reencuentro con Luke, el viejo maestro Jedi que es a la vez el Obi-Wan Kenobi de “la última esperanza” y el Yoda burlón amo del engaño de la mente; al dominio del ímpetu juvenil que nos llevará al manejo ideal de la Fuerza (aquí significativamente poco mencionada); volvemos a los desplantes malignos de parte de la Primera Orden (sustituta del Imperio). Pero poco a poco estas referencias que no son sino las viejas armas que Johnson tiene que repasar, abren espacio y desaparecen para que en un giro interesante (recuerden que hablamos de cine de aventuras), sus nuevos héroes tomen el primer plano.

Sí, por varios momentos de su primera mitad Los últimos Jedi se parece tremendamente a la película que ustedes elijan de esta saga, pero esos mismos momentos se transforman y adquieren el estilo de un director que dentro del margen (recuerden que esto es un negocio y hay un público al que se debe complacer) abre el esquema primero visualmente y después temáticamente. Esas juntas en la mesa ejecutiva debieron ser terriblemente duras.

 

Cimentada la película Johnson se mete en la que probablemente sea su referencia más clara y su propuesta más satisfactoria. Igual que lo hizo Luke en la caverna en Dagobah de El imperio contraataca (EUA, 1980), ahora Rey decide tomar al Jedi por su sable y en un viaje místico que le debe mucho al cine fantástico de los 70 y los 80 (¿alguien recuerda a Krull, a los momentos más alocados de Conan el Bárbaro, al casi anti new age Zardoz?) buscar la respuesta al futuro de la Resistencia y de paso resolver su duda más grande, la de la nueva saga y la de la base de fans que han especulado desde que esta samurai de la galaxia se nos presentara: quién es y de dónde viene. Es decir, el rey Arturo que es Luke Skywalker, su leyenda repetida hasta ahora, su legado, han propulsado este viaje interior (mucho más oscuro que el capítulo revelador que sufrió Rey en El despertar de la fuerza, más largo y mucho más enigmático) pero ya no forman parte de él. El arma vieja del Jedi tradicional ha sido usada quizá por última vez para dar espacio a los nuevos capítulos. Johnson se va a deshacer de ella con un puñado de referencias más que además inauguran el tercio final de su narración.

Inyectando modos nuevos, trampas nuevas (y pidiendo también algunas concesiones), Johnson ha logrado despertar su propia voz en este nuevo episodio y si bien no estamos ante el geniecillo independiente de Looper (EUA-China, 2012), sí que nos da respiros a la vieja escuela a los que presenta con irreverencia y bastante desenfado: por ejemplo ese escenario en donde presenta a Snoke -tan serie B pero tan bien explotado en lo visual- y todo lo que en él ocurre. Entre esos respiros, sutilezas que como carnada de primera enganchan y retocan el remate que convierte a esta película en una de las mejores apuestas del cine de entretenimiento de los últimos años: en pleno debate dramático, en la búsqueda de su identidad, sus dos personajes atormentados, Rey y Kylo -como lo hicieran Luke y el Emperador- presentan su lado de la balanza. En fuerte sucesión de close ups vemos el rostro de uno marcado por una profunda cicatriz y el de otra por una luminosa lágrima (¿son los dos lados de Fuerza?) para que en medio se acomode todo lo que ustedes necesiten para entrar después a una película que finalmente ha conseguido establecer su conflicto, el nivel de sus personajes (Domhnall Gleeson es un elemento saboreable) y que se apoya entonces y desde ese momento en un aparato visual irresistible, novedoso e incluso original, labor más que difícil dado todo lo que se ha visto en la saga.

En esas batallas finales, en esas nuevas resoluciones, en las “libertades” que afortunadamente se toma respecto a los deberes y procederes de sus caballeros, Los últimos Jedi se ha dejado atrás el viejo cargamento, las viejas armas, los viejos modos para reemplazarlos tan pronto como se pueda y tan bien como se consiga. La película funciona ya como una clara estafeta entre la leyenda artúrica y sus personajes, y las nuevas formas y los nuevos modos, también con sus personajes. “Mata a lo viejo o deja que muera” dice Kylo Ren redondeando un pensamiento que ha viajado por toda la narración como un susurro, desplazando la fascinación de ese primer viaje en el Halcón Milenario de la película de Abrams que semejaba a chicos divirtiéndose con viejos juguetes, por una necesidad de cambio casi desde cero, con la Resistencia (la creatividad en la marca) reducida al mínimo. El viraje fue necesario para los fans, se convenció a los ejecutivos y Johnson lo ha materializado hábil e ingeniosamente.

Los pecados aparecen pero son aceptados con agrado y sorpresa: las nuevas referencias al cine bélico, las explosiones silenciosas que amplifican el asombro de la sala, los nuevos combates con sables de luz, armas nuevas, la herejía festiva de la espada artúrica masacrada simbólicamente. Detrás de ellos, claro, el acierto a la diana. “Armas nuevas o armas viejas esto sólo es un negocio” se suelta en una secuencia crucial del desenlace y ese negocio apunta al toque emotivo de los fans (que sin duda logrará) y al de los dólares frescos que llegan con la parte renovada de esta propuesta.

Encerrado en ello, en la figura de la Resistencia enfrentada a la Primera Orden, está un regalo que Hollywood ha amasado desde hace tiempo en otras tantas películas.

Con formas muchísimo más sutiles, por ejemplo, con un tejido elegantísimo y con una profundidad que Star Wars propone y mastica pero nunca aborda realmente, Guillermo del Toro elaboró un poema de entretenimiento llamado La forma del agua (Canadá-EUA, 2017) en el que, narrando todo desde los ojos de un personaje sin voz (los sin voz somos muchos), se lanza una declaratoria de principios desde los “perdedores”, desde y a favor de los descastados, de los pequeños, de los “débiles”. A su manera Johnson logra colar en este enorme juego de mercado una declaración similar envuelta en el triángulo de sus tres “errores en el sistema”: Finn es un error en el sistema del ejército Imperial (viva Capitán Phasma); Rey lo es pues su origen no concuerda con su presente; Kylo hereda sangre Skywalker pero duda ante lo que hay que hacer con ella. Desde la óptica del sistema imperante (en nuestro mundo y en el de la película) los tres son “perdedores”. Y sin embargo, desde El despertar de la fuerza todos ellos se perfilan como quienes levantarán la voz para ser escuchados junto con millones de “perdedores” más, cada uno con sus finalidades. Ya no hay princesas, ya no hay caballeros, ya no hay herederos. ¿Será que los últimos caballeros Jedi se consumen como un gigante árbol en llamas para dejar que las chispas que escapen de la hoguera eleven el volumen de la voz de aquellos a los que nadie había volteado a ver?

Sería un desarrollo interesante y es, repito, un discurso necesario, un discurso que ahora vemos comenzó desde El despertar de la fuerza que es en donde esta nueva película revela su última pero necesaria debilidad: al ser una continuación necesita de aquella para materializar su giro, pero un giro en el que los rostros de sus protagonistas se transformarán para siempre, para nuestro bien, para inspiración de aquellos a los que se ha obligado a callar. ¿El destino ya no determina?

La batalla que inaugura Los últimos Jedi es ahora y a los ojos de un niño solitario, el rayo de luz en el cielo que despierta su imaginación. Eso en los tiempos que corren es indispensable.

CONOCE MÁS. Esta es la crítica de Erick Estraca a Star Wars: El despertar de la fuerza.

Star Wars: los últimos Jedi
(Star Wars: The Last Jedi, EUA, 2017)
Dirige: Rian Johnson
Actúan: Daisy Ridley, Adam Driver, Mark Hamill, Oscar Isaac
Guión: Rian Johnson
Fotografía: Steve Yedlin
Duración: 152 min.

Comments (4)

  1. Saludos. Creo que debería haber un podcast que trate sobre el fenómeno de división de opiniones de esta película. A mí, personalmente, me gusta mucho, no es perfecta ni es por mucho mi película favorita que ví en el 2017; pero sí es digno de charla la gigantesca animadversión que gran parte de la audiencia siente por esta película. Es una idea para un buen cotorreo, no sé.

    Reply
  2. Creo que aún es pronto, pero en la medida que lo que venga de esta nueva forma de hacer Star Wars adquiera su propio valor, podremos hablar de que los pecados que tiene han valido la pena. Hoy tal vez sólo sean un vehículo de transporte hacia nuevas galaxias, y como un episodio 1 o 2, fueron sólo necesarios para crear un nuevo contexto. Posiblemente éste sea el mérito de este título, que divide tanto en opiniones.

    Reply
  3. Muy buena crítica Erick, lastima que muchos fans-haters se quieran quedar con mas de lo mismo y se nieguen a aceptar innovación y un nuevo star wars.

    Reply

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *