Oso polar, ganadora FICM. Crítica.

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Oso polar
La foto en el parque
Por Erick Estrada
Cinegarage

Vale la pena decir que estamos ante la primera película mexicana grabada enteramente con iPhones por la sencilla pero sustanciosa razón de que la película justifica de buena manera la utilización de la herramienta dentro y fuera de la historia.

Oso Polar nos presenta a Heriberto, un chico ex seminarista que regresa a la Ciudad de México para reunirse con sus amigos de la escuela en una fiesta que se ha planeado para ello. Heriberto tiene una personalidad un tanto cerrada y le gusta, quizá para expresarse, quizá para dejar escapar lo que su carácter no le permite, grabar en su teléfono todo tipo de hechos y eventos, “momentos, caminos” le confiesa a Trujillo en un tenso reencuentro en el que vemos, antes de llegar al destino de este road movie HD, cómo ya desde el primer momento salen a flote las mentiras y las afirmaciones pasivo agresivas presentes siempre en los reencuentros escolares que la mayor parte de las veces sirven para medir egos y logros (ficticios o reales) antes que para replantear lo hecho en el pasado y poder dar el siguiente paso.

Es en esa primera afirmación de Heri (como le dice el mismo Trujillo y Flor, otra compañera que viene a la fiesta) que Oso polar aclara la razón de su formato no sólo a nivel formal (lo repito, es la primera película mexicana grabada en iPhone) sino desde el fondo de la historia: estamos a punto de entrar a la memoria de Heri, a los caminos que ha recorrido y que probablemente en su cabeza, ahí donde guarda los años de ser víctima del bullying y ahí donde está enclaustrada su vida sexual, se ven (o podemos verlos) como recogidos en un teléfono por un camarógrafo inexperto.

Forma y fondo trabajando juntos en una historia que mostrará poco a poco y con bastante sagacidad las capas de las que está provista. Está presente sí, el refugio que muchas personas buscan en esa memoria de la infancia, en donde las acciones no son asumidas y en donde los problemas se terminan al cerrar la puerta una vez que se llega a casa. Por ello es tan atractivo el personaje de Flor, que a la menor oportunidad escapa de sus sueños frustrados no para evolucionar, sino para volver a los modos y las acciones de su infancia, clasistas, racistas, despectivas, machistas y pasivo agresivas. Por eso es tan aberrante el actuar de Trujillo, que esconde lo que él considera un fracaso profesional con historias a medio contar y oraciones que quedan en el aire, que es incapaz de invitar a Heri a su casa pero que en cuanto puede pretende controlar el auto en el que se mueve Heri, herencia directa de su madre, un coche viejo y destartalado que es también símbolo de los varios rencores acumulados en los viajes que en ese mismo auto se realizaban para llevar a sus amigos de la escuela a sus casas, gracias al ofrecimiento de su madre, la cajera de la escuela.

En ese escenario moral Marcelo Tobar desarrolla primero el road movie hacia la famosa fiesta, una especie de aventura anti Caifanes (México 1967) en la que el auto sirve más como un vehículo de descenso al infierno de los recuerdos que como una nave que abra las puertas de la libertad, cualquier libertad. Mientras hace eso, Tobar también lanza disparos críticos ante la cada vez menos presente clase media mexicana que se defiende de su extinción ejercitando lo que la ha orillado a su situación actual: clasismo, hipocresía, racismo, prepotencia, nuevorriquismo que mide su riqueza con un par de quincenas extra al año.

Heri tiene todo en la memoria, una memoria plagada de amargura y negada de voz a la que acude solamente a través de lo que ha registrado en su teléfono, no sabemos si en situaciones alegres o tristes porque en el camino que plantea Tobar, la alegría y la tristeza son lo mismo hasta que no seamos capaces de asimilar que el recuerdo es de quien lo tiene y que en consecuencia hay cientos de recuerdos sobre el mismo hecho. En esa memoria vemos cómo se gesta la explosión del apacible Heriberto que buscará sanar sus heridas provocando otras y que generan, hay que decirlo, cierto temor de que la película, su tono, su velocidad, se salgan de la pista en un cierre que mande todo al carajo.

Afortunadamente no es así. Oso polar (nombre que igualmente se contextualiza dando una capa extra de lectura) presenta a Heri ante su propio Mago de Oz al mismo tiempo símbolo de sus miedos y frustraciones, miedos y frustraciones que evaporan sus reglas desde el esquema social actual que pide machos alfa que dominen y controlen, antes que la difusión de la verdad, de no callar, antes que tener que refugiar todo en la memoria, se vea o no en HD en la memoria oculta del teléfono móvil.

En el encuentro final de Heri ante sus miedos está no la consumación del anti héroe (que nos habría sacado de tono, repito), sino la modificación de la memoria que sólo cuenta con un punto de vista, la apertura a otras versiones y a otros enfoques que es a la vez principio de toda reconciliación, un acto de madurez que, educados como estamos, muchos evaden y pocos practican.

Todo ello es un preparativo para un clímax de emociones encontradas, de memorias amargas que vistas desde fuera pueden ser interpretadas como dulces recuerdos plasmados en papel fotográfico. Un clímax que en su desconcierto y con resaca de amargura, nos pide mirar dos veces a los ojos de los niños retratados en el parque que todos hemos sido.

CONOCE MÁS. Este es el palmarés del FICM 2017 en donde Oso polar resultó ganadora.

CONOCE MÁS. Esta es la entrevista que Erick Estrada realizó a Marcelo Tobar, drector de la película y a Humberto Busto, protagonista.

Oso polar
(México, 2017)
Dirige: Marcelo Tobar
Actúan: Humberto Busto, Verónica Toussaint, Cristian Magaloni, Harold Torres
Guión: Marcelo Tobar
Fotografía: Mauricio Novelo

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