FICM 2017 2. Del amor disuelto al final feliz de Haneke.

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FICM 2017 2
Del amor disuelto al final feliz
Por Erick Estrada
Cinegarage
Enviado

FICM 2017 2. Cuadros en la oscuridad
Nos vemos de frente con dos personajes perdidos en un mundo perdido. Uno de ellos, un pintor fugaz y clandestino (dibuja donde puede y destruye o esconde su trabajo) es un personaje que vive un destierro del sistema. El otro, un niño vagabundo, es un desterrado de las bondades de la ciudad, que se ve lejos, en el horizonte, contaminada y brumosa.

Su relación es compleja, agitada entre el ego del artista y el aparente desinterés del niño que a veces es rebelde y otras hambriento de saber. El pintor procura explicar lo que hace y esa relación se tensa en un mundo derruído, de paredes despintadas, de inviernos duros y amargos, como seguramente fue la Argentina de la dictadura deshumanizada y perseguidora de disidentes.

Estos dos disidentes parecen vivir en un puente entre ese país, el que sufrió y murió bajo el puño represor, y el nuestro, incapaz todavía de ver todo lo ocurrido y que se refugia a veces en el aparente desinterés o en la distancia, allá donde está la ciudad contaminada y brumosa.

Cuadros en la oscuridad sabe a una película demasiado personal para Paula Markovitch (El premio, 2011) y a pesar de que se nota la idea y se siente la reflexión ante la herencia del pintor, de su disidencia, del país en ruinas que fue Argentina y de la memoria derruída en que puede terminar lo que se sabe de esa dictadura, esta propuesta cuenta con una forma que, desde afuera, sabe divagante, dispersa, sin atmósferas más allá de la que ofrece este pueblo perdido de personajes perdidos.

Están por un lado los fantasmas en la cabeza del pintor, historias y rostros que necesita plasmar para no olvidar y para lanzar su mensaje, pero nuevamente la forma de la película, las reflexiones de Markovitch en los momentos que retrata, no nos deja ver si esos fantasmas son reales o no, si la relación con este aprendiz desposeído es cierta o no, si llegará a un lado o se estancará para que alguien más venga a contarla.

Cuadros en la oscuridad nos lleva a esa memoria oculta, a los cuadros encerrados en un cuarto que tras ser descubierto es violado y machacado como ha sido violada y machacada la memoria de muchos perseguidos, pero de nuevo, en la languidez de la narración, más allá de sentir cercanía, rabia, disgusto, se pierden muchos signos de exclamación necesarios, muchas atmósferas, mucho de lo que se necesita para entrar al espíritu de los personajes.

El resultado es una narrativa árida, demolida como su escenario, algo que nos lleva a una profundidad obvia y evidente, sin capas, una historia contada con secuencias entre las que se nota el zurcido, en las que la supuesta vida que inyecta un momento improvisado o captado por accidente por la cámara no obtiene peso y se desintegra para pasar a un momento parecido o idéntico, un círculo vicioso que desmantela a la película y entre el que hay que rescatar las reflexiones con esfuerzos que no deberían serlo, sin conectar, sin dialogar con la película.

Se echa mucho de menos el poder y la profundidad de El premio. Se echa mucho de menos un discurso visual dotado de mayor idea, de mayor rabia, menos desintegrado. Se echa mucho de menos a la otra Paula Markovitch.

 

FICM 2017 2. Humboldt en México
Cálido y liviano documental de Ana Cruz que rescata a una de las figuras históricas de México que más nos hemos empeñado en olvidar. Sin embargo, las entrevistas con especialistas y científicos logran reacomodarlo en la lista de personajes importantes en el desarrollo del pensamiento mexicano y también en nuestro imaginario. Si fue un espía o no, si su vida sexual fue importante o no, Humboldt en México no quiere averiguarlo.

Lo de la película es explorar al explorador, darnos pauta para profundizar en él, regalarnos otra mirada de México.

Aquí pueden escuchar el episodio en el que Erick Estrada y Ana Cruz hablan de Humboldt en México.

 

FICM 2017 2. Happy End
¿Quién le pidió a Michael Haneke una película con final feliz? Porque ha tenido una idea que de tan buena y entregada a un genio del tamaño de Haneke, ha dejado un dulce envenenado en cada una de las butacas del cine, una gelatina hecha con medusas que puede atragantar a quien las pruebe o llevarlo a generar memorias que se distorsionan con los choques eléctricos de un director que parece recordar demasiado bien sus propias películas.

Muchos han dicho que Happy End es una película auto referencial. Lo es, Haneke, su genio, los momentos que nos ha hecho pasar en el cine, lo ameritan.

Muchos han dicho que Happy End es una de la comedias negras más agrias que se han hecho en la historia. También lo es. Haneke recorre a cada uno de los arquetipos de la familia de la alta burguesía europea con ojo de águila y con tecnologías que nos controlan más allá de lo que creemos: la secuencia inicial, inquietante, amenazante, angulosa pero elemental en su narrativa en la que “alguien” (ya veremos quién) graba a una persona mientras pretende darle órdenes a través de textos sobre el video, órdenes que no lo son (la persona retratada ejecuta una rutina universal) pero que vistas a través de un teléfonos, en tiempo real, con el ojo del asesino en serie (espía, invisible para su víctima) parecen controladoras y dominantes.

Lo mejor es que desde ese momento Haneke deja claro el tono de su comedia: diáfano en lo visual, con pocos engaños, pero crudo, crudísimo en el acercamiento a los personajes a los que parece despreciar con musculoso rencor: el padre de familia amargado por culpa de la gente que lo rodea (y que nos lleva a la grandiosa Amour); la hija enamorada de su éxito (Isabelle Huppert)  comprometida con un banquero inglés casi incompetente social; el hijo de esta mujer, otro incompetente social, miembro incómodo de esta familia mezcla súper balanceada de Los locos Addams, Los Supersónicos y la familia Ewing famosa por Dallas. A través de ellos vemos y comprobamos que el mundo real de esos burgueses con amantes y problemas minúsculos (el perro ha mordido a una niña, el hámster ha muerto) no tiene nada que ver con el mundo real, el del cambio climático, el de las guerras civiles y el del hambre universal.

Haneke los recorre uno a uno (hay que agregar al marido transparente dominado y sometdo cruel y tecnológicamente por su hija y estupendamente interpretado por Mathieu Kassovitz) salpicando su narración con toques tétricos que en el marco de esas altas esferas sociales y financieras transforman a esta nítida narración en un chiste de chistes con el humor más gélido que se pueda detectar en años a la redonda: el hámster no murió solo, fue víctima de una sobredosis de antidepresivos… Esa es la línea de Haneke para hablar de él y para hablar de cómo él ha hablado de los demás.

Si bien en esta lista de auto referencias aparecen delicias del tamaño de El video de Benny (Austria-Suiza, 1992) con la secuencia-control del inicio, Haneke jamás se asoma a las profundidades humanas y teóricas ni de esa ni del resto de sus películas. Parece más bien querer elaborar un puente entre esas oscuridades y cavernas humanas hacia un cenote en el que se pueda tomar aire para, ojalá, después continuar el viaje.

Cierto, Happy End parece un pastiche de situaciones absurdas que no tienen el nivel del resto de la obra de Haneke.

Cierto, la brújula se descompone por momentos y damos vueltas en círculos que incluso despojan a la película de su muy particular tono.

Pero es preferible que un “Ensayo cómico de mí mismo” lo haga Haneke a que la idea caiga, diré un nombre al azar, en directores como M. Night Shyamalan. Millones de veces preferible.

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