Blade Runner 2049, crítica. Película de la semana.

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Blade Runner 2049
El sueño y el milagro
Por Erick Estrada
Cinegarage

Un enorme ojo abre el discurso. La huella digital del alma, la llave de los pensamientos y de los sueños nos observa en un gigantesco close up que así, de golpe y en una imagen, nos dice que este Blade Runner tiene en mente al anterior: una película prácticamente perfecta, un guión irrepetible y sólido que también abre sus telones con un ojo que nos mira y que muestra a la ciudad de Los Angeles, un océano de suciedad y contaminación en donde se desarrolla su historia.

Otra cosa queda clara cuando además de replicar el plano inicial, 2049 consolida un espejo de colores diferentes en esta nueva narración. En lugar de la ciudad decadente y gaseosa que cambió a la ciencia ficción para siempre, Blade Runner 2049 nos pasea en su arranque entre paneles solares y cultivos que, antes que comunicar confianza, nos dicen que este mundo dentro de 30 años está más desesperado que el inicial y que usa su único rayo de sol para mantener un bestial modelo de consumo que además ha tenido que recurrir a la manipulación genética de la comida para mantenerse medianamente de pie. Y eso que queda claro duplicando y apropiándose a la vez los planos iniciales de Blade Runner es que este 2049 lo tiene en la mente, conoce sus profecías y no intentará romperlas: el planeta está muerto.

Blade Runner 2049 es una cinta que sabiendo que jamás llegará al nivel de su predecesora, antes que revolverla contando la misma historia con toques burdos, quizá lo haga con la fineza del discurso visual, de las tomas largas, de situaciones abiertas, de un lenguaje que va de lo onírico al viaje opiáceo, de la ensoñación a la malicia de una situación imaginada en la cabeza de quien sueña por primera vez.

Ahora, en una especie de distopía retro conceptuada los Blade Runners -esas poderosas herramientas de exterminio que ya habían caído en desuso hace 30 años- son más esclavos que nunca en un juego de paradojas filosóficas que nos harán deambular entre la preferencia por la ignorancia o el miedo a la certeza, conforme nos identificamos cada vez más con K (Ryan Gosling), el Blade Runner al que seguimos de manera incansable a lo largo de las dos horas y media que Villeneuve se toma para hilvanar con destreza esta anécdota: ¿Es preferible saber que se es replicante o es mejor vivir ignorándolo? Una pregunta que en medio encierra también el terror a la elección de Kirkegaard, una elección que K, sin embargo, tiene que tomar más de una vez.

¿Ser o no ser? Es una pregunta que también cabe en el discurso de Blade Runner 2049 pues la ignorancia de saberse un replicante que retira replicantes puede ser preferible a la certeza de serlo, a la seguridad de no contar con voz ni voto, de ser un esclavo a todas luces. ¿Es más feliz el esclavo que no sabe que lo es (recuerden al Deckard de Ridley Scott) o quien sabiéndolo se deshace de todo cuestionamiento a sus propias acciones (ahí está el K de Villeneuve)? Y es una pregunta pertinente porque en algún momento el enfrentamiento entre lo que se es y lo que propicia que seas, será también parte de este discurso que nos lleva entre capítulos oníricos a un estado mental de profunda agitación pero acomodado en góndolas visuales que acarician la velocidad de la razón para transformarla en la languidez de la ensoñación.

¿Es Blade Runner 2049 un sueño? Si es así, ¿quién lo sueña? ¿Es un sueño platónico (esa caverna de las sombras) que busca a quien sueña para sacarlo de la ignorancia y llevarlo a la sublimación de su propio ser? ¿La vida es sueño? Calderón de la Barca se asoma también sabiendo que es pertinente participar en la historia de un ser, K, que sabiéndose atado de voluntad (está obligado por diseño a cumplir toda orden que se le dé) poco a poco se da cuenta que puede forjar su propio destino, que tras una serie interminable de presentes tormentosos y de pasados que pueden ser borrados de su memoria digital sin que él pueda oponer resistencia, vislumbra un futuro, una prolongación de su día a día que es, por necesidad (está obligado a cumplir cuanto se le ordene) una sublimación de sí mismo, un futuro no material, el deseo manifestado por su naciente conciencia a ser y a hacer algo más.

K quiere soñar. Está enterado de que saber que es un esclavo le da ahora esa probabilidad, la de forjar un futuro en el que pueda soñar.

Volvemos entonces al Blade Runner original, al Deckard asesino ignorante de su realidad que conforme se enfrentaba a inteligencias artificiales que replicaban la suya, ve cómo es más parecido a ellos de lo que quisiera ser. Su ignorancia termina con el enamoramiento del imposible en la búsqueda del milagro. Deckard se enamora de Rachel de la misma forma que K se enamora de la posibilidad de llevar su conciencia primaria a un fin mejor al que ejecuta todos los días.

Por ello es que el sueño de Deckard, innubilado por la violencia y el alcohol despega a la estratósfera y se convierte en unicornio. Por ello es que la versión mecánica y por lo tanto real y material del sueño de K, es una menos romántica, más madura que aquella, la de un unicornio sin cuerno, la de una lluvia que no moja, la de un planeta sin horizonte como sin horizonte son prácticamente todos los planos generales de la película de Villeneuve.

K sabe que tiene prohibido soñar, se da cuenta que la vida es sueño, que el sueño puede hacerlo libre y que siendo libre puede forjar su propio destino. Más humano que eso no se puede.

Estas preguntas y estos cuestionamientos son acomodados por Villeneuve auxiliado por Roger Deakins y su alucinante y anti barroca composición (hay tanta información en la pantalla que parece que no hay nada de ella) en un paseo de colores por los capítulos de una serpenteante narración: ahora estamos en una Los Angeles gris y opaca que a veces sólo deja ver un par de luces a lo lejos; ahora en un terreno nevado que en su frialdad de máquinas ultra pulidas fabricadoras de recuerdos (el material primordial de los sueños) vaticina cierto imperio de una lógica racional oculta en las huellas que se borran en la nevada; vamos después a un ocre desierto arenoso y oxidado (de aplauso el capítulo en Las Vegas y sus memorias/sueños rotos y encapsulados, sueños rotos de un orden mundial que en su estruendosa decadencia nos lleva al apocalipsis) en donde todo se ha detenido, el mapa del tesoro dibujado sólo en una memoria que no puede desaparecer (¿la de Deckard?); terminamos después en un escenario azul y atemorizante, con el océano convertido en un monstruo que devora sin fauces y que aúlla sin garganta. El concierto visual en que De la Barca y Shakespeare y Platón y Kierkegaard y Nietzsche se pasean es un bálsamo para pensar en ello sin tenerlo en la mente. Villeneuve y Deakins consiguen acomodarlo todo en el estómago, en la entraña que empuja la necesidad de la ensoñación.

Mientras tanto, K y el ritmo de la película, taciturno, abrumado por la niebla de las preguntas que se incendian en un horizonte que nunca detectamos, se debate entre sus dos realidades, lo que es y lo que quiere ser, todo sin estar completamente seguro de querer ser y no de haber sido programado para querer ser (la angustia de la elección). Por eso su relación con Joi (Ana de Armas) es al mismo tiempo la del niño y su conciencia y la del humano que se conoce hablando consigo mismo (¿el Yo y el Ello sin Super Yo?), todo pincelado mientras un debate sobre la inteligencia artificial enriquece todavía más el nuevo combustible en la vida conciente de K. ¿Qué es lo que sabe K? ¿Que es un replicante, o que es un replicante distinto, o que es un humano que creyó ser replicante? ¿Quién le transmite esas dudas? ¿Estamos de nuevo en la conciencia de una máquina que al dudar duda que es una máquina?

Maravillosos giros de un potro de tortura aterciopeladamente enmarcado no sólo en los colores de la fotografía de Deakins y de su anti barroca composición, sino de una música que va del susurro al rechinido como las dudas de K, de su conciencia Joi y de nosotros con ellos, hundidos ya en un viaje desprovisto de la lógica cotidiana y metido en la de las dudas y las certezas del ciber-surrealismo.

¿Es la escena de sexo en Blade Runner 2049 una materialización visual de esas dudas entre lo que es, lo que no es y lo que puede ser, a partir de una convivencia cada vez más personal con la inteligencia artificial que aunque creada por el hombre, no sabe (ni sabemos) si puede ser como la del hombre?

Esa duda se refleja de manera angustiante en el despliegue visual que rodea a Niander Wallace (Jared Leto), nuestro científico-loco-magnate-dictador-genio-desfigurado que para mayores señas en incapaz de ver lo que hay en este mundo pero no tiene problema proyectando lo que puede hacer en otros. Ese despliegue visual, hermanado con la ceguera física de Wallace “el revolucionario”, es una danza de luces y sombras que se multiplica además con otra paralela, la de los sólidos y los líquidos, del ser y del poder y también del querer y del hacer. De eso está hecho su palacio enconcretado.

Sin que físicamente haya contacto entre ellos K y Wallace terminan por ser lo mismo, seres que concientes de sí buscan el extra, el futuro, el paraíso de la decisión final. Wallace es un tirano que tiene al planeta comiendo de su mano pero que es incapaz de abandonarlo del del todo. K es un mercenario que toma conciencia de sí mismo al perseguir un caso que, como en el mejor de los thrillers noir que ustedes puedan imaginar, despierta en él dudas personales que lo llevan a un nuevo nivel, no sin decepciones: K no es, sin embargo, quien cree que es, pero haberlo pensado, habiendo soñado esa vida, sabe ahora que puede hacer algo con la suya.

El milagro que buscaba era uno pero el que ha ejecutado es otro, el propio, el de conocer que los sueños (hechos de memorias) son la verdadera revolución y que él quiere tener uno, todo consumándose conforme enfrenta a lo más inhumano de la humanidad y a lo más humano de los no humanos, como Deckard tuvo que vivirlo ignorante de su situación.

Esa suma final, a manera de remate, la desarrolla Villeneuve con el que quizá sea el más clásico de sus desplantes cinematográficos en Blade Runner 2049, una pelea en la que se involucran los sueños, la ambición de quien quiere poseer al milagro y el generador del milagro. ¿Cuál es el milagro? La decisión, la elección. Deckard quería descifrar si podía soñar (Phillip K. Dick estaría muy contento con las ambiciones de su Blade Runner) y tuvo que irse lejos. K quería un sueño después de tanta pesadilla y acude en busca de Deckard. Wallace, estando sin estar, quiere ser dueño de ambos porque su ceguera le impide ver a donde ya se asoma K y a donde ya ha estado Deckard.

Todo se resuelve en una secuencia típica del cine de acción, metida en sus ritmos, empotrada en sus formas que nos lleva después, de la misma manera que todo comenzó, al Blade Runner original: K se empareja con Roy Batty y resuelve su rompecabezas en el último instante, el momento de la decisión final, habiendo visto el milagro como nadie más lo ha hecho.

¿Es Blade Runner 2049 el sueño de Roy Batty justo antes de morir?

Abandonamos a K en la consumación de su sueño y acompañamos a Deckard que, levantando la mano y colocándola sobre el acrílico futurista parece tocarnos, como parecía también apuntarnos a la cara en el último encuadre de Blade Runner.

El círculo abierto se clausura.

Blade Runner 2049
(EUA-Canadá-Reino Unido, 2017)
Dirige: Denis Villeneuve
Actúan: Ryan Gosling, Jared Leto, Harrison Ford, Ana de Armas
Guión: Hampton Fancher, Michael Green
Fotografía: Roger Deakins
Duración: 163 min.

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