Un hombre gruñón, crítica

1

Un hombre gruñón
Contra los camisas blancas
Por Erick Estrada
Cinegarage

Una pala de jardín. Dos palas de jardín. Tres palas. A punto de cumplir 45 años en su trabajo (y 60 de edad), antes de ser merecedor de una jubilación, Ove es “más o menos” despedido y recibe como compensación una pala de jardín a manera de mensaje cliché: “vaya a casa y ocúpese de su patio”. En la oficina de sus jefes, detrás de su escritorio, hay dos, tres, más palas de jardín y desde ahí la señal es clara: estos dos mocosos de lo intelectual van a despedir a más personas y Ove funcionará aquí como la representación de todos ellos.

Y sin embargo, Ove es también un personaje hecho y derecho, con matices espectaculares, luces y sombras bien escondidas, que nos regalará momentos muy lúcidos de humor negro (negrísimo en algunos casos) de la misma forma que elaborará reflexiones alrededor de ese primer tema, el de los despidos de hombres y mujeres que serán sustituídos por lo digital.

Ove, refunfuñón y desencantado del mundo que le ha tocado vivir sin su amada esposa, viudo casi de molde, nos llevará entonces a su casa, a su barrio, en donde las cosas no se hacen como se deben hacer, en donde los coches entran donde no deben entrar y en donde la gente hace lo que no debería hacer. Pero cuidado, la película de Hannes Holm no es una larga lista de regaños sobre lo que el mundo es o debería ser desde la óptica de un anciano que enarbola la frase “todo tiempo pasado fue mejor”. Un hombre gruñón, a pesar del nombre, busca algo más y para ello hay que remitirse a su nombre original.

“Un hombre llamado Ove” nos deja claro lo que esa primera secuencia, la del despido, quiere impulsar. Este hombre, este anciano lúcido y brillante, que ha superado más de lo que se puede ver en sus arrugas (pero que ha perdido otro tanto en la lucha), es una representación de varios más, probablemente de una generación (o de varias) que el mundo enamorado del hoy ha decidido olvidar.

Si bien en un principio la película nos lleva a las profundidades de esta soledad anciana en una Suecia que a veces parece del futuro y otras tantas mal atada a su pasado, conforme detectamos los pasajes de vida de este hombre llamado Ove -todos a través de una aproximación a la muerte con humor negrísimo que nos acerca al magnífico ejercicio desarrollado por Frank Capra en It’s a Wonderful Life (EUA-1946)- vemos que esta narración sincera, sin desvíos, habla de una época que hoy, por mera especulación y en busca del mayor lucro, es dominada por la mafia gentrificadora, por las ideas de triste uniformidad (Ove pasa de tener una casa personalísima a ser dueño de otra que es idéntica a todas las de su vecindario y por cierto, mucho más pequeña), por la idea de la anulación del pasado que esa uniformidad trae consigo y contra la que él pelea a su manera, como lo hizo una generación que hoy corre el peligro de ser olvidada por esas mismas razones.

Al ver cómo Ove es despojado de esa casa que era su memoria y al saber que en la actual busca conservar todo lo que quiere recordar más por necesidad de supervivencia intelectual que por la necedad del mal genio, vemos cómo esta nueva era de capitalismo desbordado e inhumano ha hecho lo mismo con gente que conocemos o, igual de grave, con nosotros mismos. A ellos, a quienes Ove llama “camisas blancas” (y que reptan en los mundos de la economía, de la política) no les conviene que recordemos (o que reparemos lo maltratado) por la sencilla razón de que lo nuevo vende más y más rápido: viva el presente.

Así, Un hombre gruñón supera el nivel de mera comedia urbana intergeneracional (claro, Ove tiene niños vecinos, amigos en otras casas a los que nos les habla desde hace tiempo, vecinas embarazadas que quieren aprender a conducir, pero eso no es todo) para ubicarse en un nivel superior, el de demandas humanas que buscan que reaccionemos, que sacudamos la idea de que este mundo ultra capitalista y ultra digitalizado sólo trae beneficios y, quizá su mensaje más importante, alega en contra de las nociones de que lo viejo es caduco, de que la experiencia está sobrevalorada y que lo mejor del viejo mundo no puede ser rescatado por el futuro que viene detrás de nosotros. La última secuencia, la de despedida después de un final agridulce, lo deja claro, muy claro. Eso es completamente falso y quien lo crea cierra los ojos a una riqueza humana que cree reemplazable con lenguaje binario y que entrega palas de jardín como premio previo a la jubilación.

Un hombre gruñón
(En man some heter Ove, Suecia, 2015)
Dirige: Hannes Holm
Actúan: Rolf Lassgård, Bahar Pars, Filip Berg, Ida Engvoll
Guión: Hannes Holm
Fotografía: Göran Hallberg
Duración: 116 min.

Comment (1)

  1. Hermosa película y que sin ser de acción te mantiene al borde del asiento y con todos los sentimientos a flor de piel. ! Qué maravilla de narración ¡ es fantástica la forma como nos cuentan la historia de Ove y cómo desarrolla los personajes, cada uno de ellos es simplemente esplendido y rico en humanidad en toda la palabra, desde los malditos “camisas blancas” que los plasma crudos y sin retoques para que unos los quiera crucificar, hasta la ternura infantil, pasando por la embarazada inmigrante y el amigo rival y por favor… no hay forma de no salir enamorado de la esposa de Ove, es exquisita.

    Reply

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *