Ella es un monstruo, crítica

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Ella es un monstruo
La monstruosa reflexión
Por Erick Estrada
Cinegarage

Algo, mucho hay de frescura y de sinceridad en las reflexiones que los niños hacen del mundo adulto. Mucho de la asimilación que hacen de la gran cantidad de información que reciben diariamente se hace a través de sus propios instrumentos y, claro, de sus propios razonamientos.

¿Qué es un adulto parado a la mitad de un jardín de juegos infantiles? Un monstruo invasor que arrastra y destruye todo a su paso; todo le queda pequeño y nunca mira hacia abajo, son los niños los que tienen que mirar hacia arriba.

Por ahí puede abrirse la rendija para entrar a la comedia-romántico-fantástica de Nacho Vigalondo que trata de despojarse de mucha de la complejidad del mundo adulto reflejada y simplificada -a veces de la peor manera- en infinidad de comedias románticas aspiracionales, más metidas en la lógica new age que en la humanización de sus conflictos.

Porque aunque parezca lo contrario, a través de la anécdota disparatada, psicológicamente aterradora pero comprensible e interpretable también desde la freudiana introspección, lo que hace Vigalondo en esta historia de kaijus y robots gigantes es humanizar el conflicto de la comunicación humana prácticamente al máximo… O llevarlo al mínimo.

Gloria, la protagonista de esta historia de multiversos o multicapas cerebrales (una deliciosa Anne Hathaway, extrañamente sincera y despojada de poses y mañas) es todo un desastre. Su novio recién la abandonó y ella va a su pueblo natal a sobrevivir la depresión, la bancarrota y su alcoholismo. Ahí se reencuentra con Oscar, un amigo de la infancia que en apariencia ha tenido éxito en el pueblo y que ahora dirige el bar de sus padres. Ambos rescatan la amistad pero en medio de la depresión que la persigue, sin poder controlar la forma en la que vive, al no ser capaz de aceptar para ella misma y ante los demás esos problemas, Gloria entra en estado de desesperación en medio del cual un monstruo gigante aparece en el centro de Seúl, del otro lado del mundo. A los pocos días Gloria se da cuenta que el monstruo que ve en las noticias tiene un vínculo directo con ella.

Ahí Vigalondo rescata su propia anécdota para que a través de una especie de psicodrama surreal-apocalíptico (que será la envidia de los psicomagos jodorowskianos) Gloria entienda mucho de su propia problemática en el hecho de reflejarse en ese kaiju que -se descubre poco a poco- puede ser una proyección de sus miedos (que no son pocos) igual que la figura de la magnificación de los conflictos con los que se cruza todos los días.

¿Cómo ve un niño, si no, la discusión de dos adultos? ¿No es para él poco menos que la lucha a muerte entre dos monsruos gigantes, con diálogos incomprensibles pero un lenguaje corporal completamente claro? Es probable que para armar este discurso de realidades cruzadas (¿qué tiene que ver Seúl con Gloria?) y de comunicaciones rotas, de humor corrosivo y esquivo, Nacho Vigalondo haya comenzado todo con reflexiones parecidas: ¿cómo hacer trizas los conflictos de las comedias románticas sin caer en el ataque venenoso, y al mismo tiempo construir una que entregue un mensaje más pensado sin hundirnos en profundidades imbatibles? Primero dimensionemos los problemas, después entendamos cómo los personajes de estas películas, las parejas, los hombres y las mujeres, solemos magnificarlos, hacerlos colosales, por nada y de la nada.

Eso es sólo el principio. La aventura que Vigalondo propone arranca desde ahí (es una suposición pues con él afortunadamente nunca se sabe), pero toca más tarde puntos bastante más carnosos que se amoldan a la perfección a su planteamiento gracias, justamente, a lo disparatado de la situación.

Gloria tiene su vida vacía y en consecuencia su casa está vacía, no tiene ropa ni refrigerador, pero no quiere decírselo a nadie. Oscar por su parte colecciona una serie interminable de cuestionamientos y frustraciones que se reflejan en un problema de acumulación atroz. La mitad de su bar, por ejemplo, es un modelo de negocio mientras que la otra, la oculta, vive arrumbada, encimada en la primera.

En ese juego de espejos contarios (el vacío contra el lleno, ambos irracionales) Vigalondo se desenvuelve con esa lucidez y frescura infantil (nunca infantiloide) para acercarse temerariamente a los terrenos que ya Denis Villeneuve exploraba con sus propios monstruos en Arrival (la comunicación, la conexión humana, las partidas y las llegadas) pero aquí con una rabia sanísima que inyecta vitalidad acogedora en donde Arrival desconcertaba y rompía nuestra brújula. En Ella es un monstruo, Vigalondo lleva ese mismo problema a un aspecto ultra personal (el de Gloria)y lo concentra en las maneras y los haceres de un monstruo a veces incontrolable y a veces incomprensible. Por su parte Villeneuve magnificaba todo a una problemática mundial igualmente destructora e igualmente intraducible.

Si bien las reflexiones que la historia de Ella es un monstruo lanza como dulces a la conciencia en un carnaval de información que parece nunca encaja pero siempre cae en su lugar, si bien esas reflexiones podrían parecer a veces tan simples como el “no comunicarnos nos convierte en monstruos”, “hablar es tan sencillo pero a los humanos nos parece tan difícil”, la película nunca quiere detenerse ahí y mantiene su estela de destrucción (al final es también una película de desastre) para coronar un cóctel que niega respuestas claras por una sencilla razón: su planteamiento nunca ha querido ser claro y, en una película de desastre lo que queda al final es el caos, nunca la claridad.

Como siempre, como siempre con Vigalondo, todo ese desenredo (la película tampoco busca enredar ni engañar y es parte de lo que más se agradece) es apenas parte del injerto que sin darnos cuenta ha acomodado en las circunvoluciones de nuestro cerebro, a veces tan racional como para despechar un planteamiento como éste, a veces, sólo a veces, tan despojado de la lógica racional y líneal que es capaz de curar y jugar, de destruír y construír, de perder el miedo y de desmitificar (a la comedia romántica, a la vida en pareja, a las tormentas personales, a lo que ustedes quieran) como lo hacen la lucidez y la sinceridad de los niños.

Contar una historia de monstruos no es un juego de niños, ni literal, ni metafóricamente. Ella es un monstruo es una historia de monstruos, pero es un magnífico juego de niños que ven su jardín invadido por dos gigantes.

Ella es un monstruo
(Colossal, España-Canadá, 2016)
Dirige: Nacho Vigalondo
Actúan: Anne Hathaway, Dan Stevens, Jason Sudeikis, Tim Blake Nelson
Guión: Nacho Vigalondo
Fotografía: Eric Kress
Duración: 110 min.

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