Yo, Daniel Blake, crítica. Película de la semana

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Yo, Daniel Blake
El nombre en la pared
Por Erick Estrada
Cinegarage

La primera imagen en Yo, Daniel Blake, es la de Daniel Blake, el personaje elegido por el genio de Ken Loach para, probablemente, dejarle al mundo la gran herencia cinematográfica del director Ken Loach.

Su cine, el del reclamo social, el del drama en contra del sistema, el que levanta himnos contra la opresión, el que lanza llamas de pan y rosas a favor de los olvidados en un mundo que se idealiza a sí mismo en su globalización artera y y hortera, ha sido siempre el cine de la finura. Sus reclamos no son de antorchas encendidas sino los de débiles luces al final del túnel. Sus himnos nunca ha sido cantaletas sino canciones de cuna para el cadáver del capitalismo deshumanizado. Su drama nunca ha sido el de la lágrima fácil y moralina sino el que se parece a la tragedia clásica, con héroes fugaces más parecidos a Ícaro que a Prometeo.

En Yo, Daniel Blake, ese Loach comprometido con el humano urbano, con el trabajador marxista en escencia y en conciencia, desarrolla una elegancia y una tesitura de niveles indescriptibles, apreciables (pero quizá no razonados hasta que el desenlace cae como una pesada cortina de terciopelo negro) solamente en sus encuadres de un naturalismo avasallador, en donde sus personajes parecen oprimidos por la información que Loach deposita alrededor de ellos, pero que en realidad hablan con el resto de lo que registra la cámara, se ven dentro de esa realidad y le dan a la misma el camino para llegar a nosotros.

Daniel Blake caminando en las calles de Newcastle. Daniel Blake platicando con su vecino. Daniel Blake cruzando la calle bajo una llovizna que nunca lo incomoda. Daniel Blake es retratado sin dominar el encuadre (eso ya lo hizo en su presentación) sino siendo parte de él, parte de un organismo (en este caso social) del que no puede ni debe separársele. Es natural en él y para él.

Descrito así, Daniel Blake es quizá todos los trabajadores en su situación y en las situaciones que Loach ha tenido la amabilidad de narrarnos y describirnos en sus películas. Daniel Blake es un diente del engrane, es una palanca en la máquina. Pero es también el mango del hacha, la cuchilla de la pala, inseparable de un sistema de vida que ha construído a la Gran Bretaña (y a todos los países del mundo capitalista) pero que ahora sobrevive en una Gran Bretaña que quiere sacarlo de su encuadre, separarse de él y con él, de todos los trabajadores que es Daniel Blake.

Necesitado del sistema de pensión Blake emprende una serie de solicitudes y acciones eternas que lo colocan en una situación que de no ser tan real y natural (debido a la narración de Loach) sonaría como la peor pesadilla de Kafka, tan en la penumbra de las paranoias del Señor K como en la locura irracional de Sam, ese Quijote mal herido en Brasil (Reino Unido, 1985) de Terry Gilliam.

La película, sin demandas, sin cantos de guerra, nos pide acompañar a este hombre oprimido por un sistema que hambriento de sí mismo (el capitalismo voraz siempre quiere más y ese hambre sólo puede saciarla él mismo) aparta y hace a un lado a todos a quienes no considera lo suficientemente productivos, desde carpinteros no industriales hasta madres solteras sin educación. Un sistema que ha deshumanizado a su población a grados que de no ser tan ridículos nos llevarían directo a una comedia ingeniosa pero igualmente crítica: Tiempos modernos (EUA, 1936), obra del más inspirado de todos los Chaplin que ha tenido el mundo.

Hundido en el absurdo de la burocracia de un sistema de producción que deshumaniza y generaliza, que mata de hambre, que subido en un tren de orgullo desenfrenado hace de los nombres rostros anónimos y de los rostros anónimos números, la lucha de Daniel Blake se centra en el atentado mayor contra ese sistema: abandonar ese anonimato, decirle al sistema, a los sistemas, que los trabajadores que lo han hecho crecer tienen nombre.

Por ello el nombre de la película y por ello el primer encuadre nos regala el rostro de Daniel Blake al recibir la noticia de que el sistema quiere su trabajo a costa de su salud y hasta la muerte.

Y hasta la muerte Blake decide que ese atentado contra el anonimato perpetuo es levantar su nombre tan alto como lo hizo el Espartaco (EUA, 1960) de Kubrick (todos somos Espartaco) y dibujarlo en la cara misma de esa burocracia ridícula y antinatural, en su sede, en sus muros. Su nombre en esa pared es un reclamo pero también le devuelve la dignidad y lo expulsa del anonimato, el arma primordial del sistema contra nosotros.

Al decidirlo lo hace, lo ejecuta, levanta la voz, recupera su rostro pero se vuelve un huérfano del capitalismo. Así, la serenidad punzante con la que Loach retrata este via crucis se convierte en un embate a nuestra comodina indiferencia dentro del sistema y a la indiferencia misma del sistema que genera situaciones como esta.

Con esa serenidad punzante, con ese grito aterciopelado, el nombre de Daniel Blake precedido de un Yo que nos invita a convertirlo en un Nosotros, queda anotado en la pared sin ventanas de un sistema de producción salvaje y cruel que nos dice ser el mejor camino desde siempre.

Daniel Blake prefiere ser huérfano de él y nos demuestra que siempre será preferible eso a bajar la voz y olvidar tu nombre. Ícaro vuela directo al Sol. El atentado de Blake ha disgustado a los dioses y ellos lo han expulsado en todos los sentidos. El corazón apaciguado a golpes de este hombre es símbolo de su destierro y si ese corazón se detiene será realidad y símbolo de su suerte. La tragedia se ha consumado. El sistema ha vencido pero también lleva una herida que tiene la forma del nombre de Daniel Blake.

Esa es la débil luz al final del túnel.

Yo, Daniel Blake
(I, Daniel Blake, Reino Unido-Francia-Bélgica, 2016)
Dirige: Ken Loach
Actúan: Natalie Ann Jamieson, Colin Coombs, Harriet Ghost, Dave johns
Guión: Paul Laverty
Fotografía: Robbie Ryan
Duración: 100 min.

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