T2 Trainspotting, crítica. Película de la semana

0

T2 Traisnpotting
La nebulosa de la memoria
Por Erick Estrada
Cinegarage

En los primeros encuadres de T2 Renton, nuestro viejo conocido, parece salir de la nebulosa de la memoria donde lo tenemos, luchando por dejarnos ver su rostro entre los humos que borran las líneas y los detalles. Su sonrisa, socarrona y villanesca, termina por apropiarse de la pantalla y lo vemos, ahora sí, 20 años después. Lou Reed casi lo acompaña, casi canta “Perfect Day” pero esperen, eso que suena no es Lou Reed. Lou Reed ya no existe y el mundo que cambió hace 20 años con la primera parte de esta historia tampoco, se ha ido, se esfumó.

En el recorrido que por una irreconocible y muy turística Edimburgo (¿Edimburgo turística?) hace Renton hay sin embargo señales muy familares, encuadres con información multiplicada a través de reflejos e ingeniosas particiones de la pantalla. Todo parece gratamente familiar hasta que nos damos cuenta que algo está mal. Esos reflejos que en el inicio eran una magnífica y festiva multiplicación de la información -incluso de los pensamientos y sentimientos de los personajes- ahora nos dejan ver marcas, corporaciones: la pantalla sigue multiplicando información pero ahora la sensación que comunican es la de una ciudad (un mundo) dominado por corporaciones que nos observan mientras intentamos ignorarlas. Angustiante.

Danny Boyle comienza a despegarse de esa nebulosa fantasmal del pasado. No quiere estar ahí. Y lo deja todo claro en los primeros 10 minutos de su narración, en donde los personajes que conocimos hace 21 años se reencontrarán saliendo cada quien de su agujero. ¿Qué queremos conocer de ellos? ¿Lo que hicieron todos estos años o lo que hacen ahora? En los reeencuentros con los buenos amigos no se platica del pasado, se platica del presente, como si nada hubiese pasado. Si eso no ocurre es que algo está mal.

Y viendo lo que ocurre cuando este reencuentro sucede sabemos que efectivamente en este reencuentro algo está mal.

Así, de un golpe, Danny Boyle se marca y se desmarca a la vez. Por un lado nos deja ver que regresa a uno de los temas que más le interesan y que de su parte mejores películas nos ha entregado: las relaciones humanas, su fragilidad, lo propenso que es el humano a la traición y al engaño, a provocar decepción a los amigos y dolor (o muerte) a los mejores amigos. Tumba al ras de la tierra (Reino Unido, 1994), la propia Trainspotting (Reino Unido, 1996), La playa (EUA-Reino Unido, 2000) -esa etapa temprana- está lista para comprobarlo y dejarse abierta en el debate.

Por el otro lado, con este retorno al tema que lo mueve Danny Boyle también deja claro que a pesar de todo él no es el mismo y por lo tanto ese tema no será desarrollado de la misma forma. Han pasado 21 años.

Hay memorias por supuesto. Hay ligas. Hay vínculos, pero al mostrarnos las transformaciones de sus personajes (todas afortunadamente desprovistas de enfoques moralizantes, sin arrepentimientos) Boyle y el guión de su viejo amigo John Hodge (guionista de las películas mencionadas), nos piden a gritos que dejemos libre ese pasado. Si el mundo no es el mismo (ahí está de nuevo el comienzo de la película) ¿por qué debemos nosotros serlo, conservarnos en ese pasado como miembros de una fiesta pasiva que canta a Queen a toda caña, como elementos de una fiesta patriotera y retrógada a propósito, pidiendo vengazas de siglos atrás?

Hacerlo, quedarse en esas memorias y querer mantenerlas intactas sería dejar de lado el dominio del mundo, como lo han hecho estos personajes que de una explosión de juventud y actualidad han pasado a bestias heridas tumbadas en las salas de su casa rumiando viejos odios (Begbie y su eterna venganza), reciclando viejos hábitos (Spud en la maravillosa escena en donde se “deja caer” de la vida), mintiendo como en esos años (Renton y sus historias de vida), desconociendo la comunicación contemporánea (Sick Boy que ahora recupera su nombre, Simon, descifrando mensajes en los video clips de su pantalla HD). “Eres turista de tu propia juventud” le dice precisamente él a un lloriqueante y desubicadísimo Renton.

Quedarse significaría perder el deseo por la vida (enorme contradicción para los fans a ultranza del Trainspotting del ’96) y ahí, el remate que termina con la presentación de estos viejos (des)conocidos es maestra y maliciosa por parte de Boyle. Renton se reencuentra con la ciudad, con su vieja casa y en una visita a su padre y a la sombra de su madre (la sombra, enorme alegoría de un pasado al que no se quiere dejar ir), rescata a Iggy Pop y su “Lust for Life”. Aquellos avejentados que esperan la explosión de luz con esa batería erótica y combativa serán bañados en agua helada con lo que ocurre justo cuando esa batería quiere comenzar a embestir esta nueva vida en un todavia decadente pero desempolvado Edimburgo.

No, justo ahí es donde Boyle dice no. No volveremos al lugar de donde hemos venido. Nadie se baña dos veces en el mismo río.

Desde ahí, sus personajes evidencian su falta de rumbo, no en la película, sino en un planeta que se ha recompuesto para mal, en donde las grandes corporaciones (económicas y políticas) están listas para partirnos a hachazos si no recuperamos el presente, si no nos damos cuenta que ese pasado es un lastre si en lugar de aprender de él cargamos con el.

No son gratuitos esos cortes a las montañas de chatarra oxidada en donde se apilan viejos autos cada vez que un eléctrico mini clímax sacude las conciencias de sus personajes: ellos son chatarra y no se han dado cuenta. Nosotros podemos darnos cuenta con varias señales lanzadas con tétrica elegancia: los éxitos musicales contemporáneos, los del 2017, aparecen siempre como parte de la circunstancia, reales y presentes; sin embargo, la música que de repente quiere devolvernos a hace 21 años suena siempre remezclada, reversionada, apropiada por el mundo de hoy pues no puede existir ya en el mundo del ayer; los lugares que hace 21 años se veían como escenarios de una tragicomedia espectacular de excesos e iluminaciones, aparecen no solo desprovistos de la luz efímera del ecstasy sino con toques pesadillescos proporcionados además por dosis de cotidianidad sencillos pero brutales (ese arco de Edimburgo, inicio de todo lo que conocemos de Trainspotting vuelto luego destino turístico gracias a la explotación de la película es hoy, a los ojos de Spud, una calle en la que todos han corrido, una calle más, una calle de pesadilla recurrente).

Así, los guiños al pasado (aquí filmados por un director 21 años más viejo y en consecuencia con su estilo transformado) parecen hacer que ese pasado, que estos (des)conocidos se cuestionen siempre “¿qué es lo que ha ocurrido?”. El mismo escenario es una jugarreta que ni Simon ni Renton ni Begbie ni Spud controlan, atrapados en esa cápsula que fue 1996, una jugarreta que dominaron pero que ahora no reconocen: en su generación había drogas de diseño mientras que hoy lo que se diseña son los perros de acompañamiento. ¿Dónde quedó la pista de aterrizaje?

Nuevo giro. Habiendo perdido al macho alfa, demostrándose que esa ya no es la forma en que el mundo gira, Boyle y Hodge tejen dentro de esto una pequeña historia casi inexistente: en un piso 13 (no existen los pisos 13, ¿estamos?) de un edificio que seguramente será demolido en pos de la gentrificación vive Spud, la mascota del equipo que tras un momento de iluminación en donde las drogas de diseño ya no han tenido nada que ver, decide transformar su propio arco y escapar de ese pasado, abrir los ojos a todo lo que ha cambiado.

Desnudando a Renton como lo que es, el villano real de aquella primera historia (eso, Boyle y Hodge nos dicen que hemos estado enamorados 20 años del villano de la película, benditos 90), abandonando al ególatra Simon que decide nadar siempre en esa nostalgia acogedora pero llena de engaños que le impiden manejar su propia actualidad, es Spud quien detecta las señales y decide cambiar a tiempo.

Quienes no juegan al cambio repiten sus errores, política, económica, social, amorosamente (Diane como alguien no sólo inalcazable sino justa en su presente). Quienes no entiendan las señales juegan sólo con estos personajes cuando en realidad T2 habla del mundo entero, del dominio de un sistema que nos mete en el ciclo para seguir exprimiéndonos, para aprovechar nuestro amor por lo pasado, por la comodidad de la negación. Quienes que quedan ahí, incluídos quienes ven la película, no se darán cuenta que la historia del villano inicial llamado Renton se repite para ellos: 20 años después, con los mismos personajes pero eliminando elementos y obviedades, Danny Boyle nos ha contado la misma historia, pero no de la misma manera.

Elige. Elige entre Twitter e Instaghram. Elige entre hace 21 años o el presente. Elige, porque la vida es un tren aunque tú siempre quieres que esa vida sea la habitación de tu adolescencia en casa de tus padres.

T2 Trainspotting: la vida en el abismo
(T2: Trainspotting, Reino Unido, 2017)
Dirige: Danny Boyle
Actúan: Ewan McGregor, Robert Carlyle, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner
Guión: John Hodge
Fotografía: Anthony Dod Mantle
Duración: 117 min.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *