Silencio, crítica. Película de la semana

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Silencio
Fe y rebeldía
Por Erick Estrad
Cinegarage

Para nadie es un secreto la formación católica de Martin Scorsese. Muchas veces ha hablado sobre la influencia de su educación judeo cristiana en sus historias, que más allá de sus anécdotas cuentan con un punto de vista definido o simplemente delineado por ella.

Si bien podríamos detenernos en prácticamete todas sus cintas para detectar y discutir esas influencias y esas historias, lo natural y oportuno es primero mencionar su referecia más directa al tema a través La última tentación de Cristo (EUA-Canadá 1988), una película que le permitió desafiar los alcances y el entendimiento de la fe cristiana rompiendo algunos de sus tabúes para cuestionarla (como la cuestionaba ya el propio Nikos Kazantzakis en su novela) y al mismo tiempo para dejar claro que tanto la historia de Kazantzakis como la suya no eran sino una reafirmación de la filosofía de Jesús, más allá de lo religioso, muy dentro de las reglas de vida. Zen y cristianismo que convirtieron a la película en una pequeña bomba incomprendida a la que se acusó, curiosamente, de poseer una carga extrema de religiosidad o de herejía. Ninguna es cierta.

Hoy, con uno de sus proyectos más buscados (el proceso de concreción de Silencio fue largo y arduo, años de trabajo) Scorsese corre el peligro de recibir acusaciones semejantes cuando en realidad se trata de un acercamiento más maduro al mismo tema, maduración en parte surgida de ese proceso largo y extenuante de creación desembocada en una película tan personal y tan buscada por su autor. La diferencia es que muy probablemente ese largo proceso creativo haya restado postura zen a este trabajo de Scorsese para darle, paradójicamente (se trata de un hombre años mayor y con decenas de meses más de experiencia) más carga de rebeldía.

La anécdota, sencilla: en el convulso siglo XVII dos sacerdotes católicos salen de Portugal para buscar en Japón a otro del cual se ha perdido la pista y deberán encontrarlo tanto para confirmar que sigue vivo como para averiguar qué ha sido de la fe que fue a predicar a esas tierras.

Al entrar a esta historia, al detectar los primeros encuadres, varios de ellos desde un ángulo cenital de elegancia y ojo, (¿es dios quien mira a estos aventureros forzados?) entramos a una una historia que, contra lo que pudiera pensarse, transcurre sin un ser divino o, peor aún, con un dios que guarda silencio (ángulo cenital o normal, aquí ya da lo mismo) ante las súplicas y sufrimientos de su ejército de predicadores o de las nuevas almas reclutadas.

Y es que aunque por momentos parece dibujar su nueva/vieja versión de la Pasión (a eso llega a oler la secuencia de los crucifijos frente al mar) y su promesa de un paraíso donde no hay sufrimiento alguno (que era en resumen la misma promesa de La última tentación de Cristo, un paraíso sin la necesidad de la muerte), Scorsese tuerce las rejas de su historia para provocar el descenso casi en picada y hacia la locura de estos sacerdotes que al enfrentarse a una realidad mucho más compleja que lo planteado por la maniquea fe cristiana, se parecen más a los agentes de Coppola en busca del coronel Walter E. Kurtz.

La locura entonces se planta frente a estos hombres, una locura que sin embargo no se arrastra hacia la composición demente de Coppola en Apocalipsis ahora (EUA, 1979) –el Apocalipsis es acaso el polo opuesto del Paraíso- sino que se acurruca en encuadres llenos de precisión y perfección que comunican ese espíritu zen de La última tentación pero que a la vez subrayan la situación confusa en extremo del interior de estos sacerdotes.

La locura, de nuevo, se replantea entonces con el silencio de ese dios. El sufrimiento físico –prueba y error de la fe cristiana- obliga a estos hombres a sublimar sus pensamientos y a hundirse en rezos y plegarias en busca de su salvación. Rezos y plegarias que no obtienen respuesta alguna y que al contrario, parecen alimentar la otra locura, la de los fantasmas penitentes que los acompañan sin que ellos puedan evitarlo (ese Kichijiro casi demonio, casi inquisidor), la del paraíso que se queda en promesa y de la que sospechamos estos sacerdotes saben que es una mentira muy poco piadosa dadas las circunstancias crueles y sangrientas a que se enfrentan.

“Rezar no sirve” parece decir Scorsese a estas alturas de la historia en la que el silencio de dios ante los rezos de sus sacerdotes se liga inevitablemente al silencio que ellos deben guardar primero para ocultarse y después para defender su fe, cara a cara con una situación tan compleja como similar: la situación del pensamiento budista ante el pensamiento cristiano ¿no es también una lucha de radicalismos y pensamientos que poco buscan comprender al extraño? Es decir, el descenso de los personajes de Scorsese muestra que en cuestiones de pensamientos y creencias no hay héroes ni villanos sino que la historia puede llenarse tanto de héroes como de villanos.

Por lo tanto ¿es ese silencio sacerdotal un silencio egoísta, el silencio de un sacerdote caído que ante la complejidad de esta guerra de filosofías prefiere llegar al suelo antes que admitir la existencia de otras formas de pensar, ni mejores ni peores, sencillamente distntas? ¿Es a través de la imagen del sacerdote caído -que a pesar de ello se siente superior ante una fe que parece desconocer por completo- que Scorsese inyecta rebeldía crítica a su visión de la fe cristiana? ¿Es con esta crítica pausada pero contundente, elegante pero cruda, que cuestiona pero que propone, que Scorsese pone en juicio una filosofía que tanto bien pero a la vez tanto mal le ha hecho a la humanidad?

Si bien en sus últimos momentos la película parece tomar partido por una de los cientos de respuestas posibles a este laberinto, es en realidad Scorsese quien decide guardar silencio, quien decide mostrar las decisiones de sus personajes, lejos ya de las influencias de una iglesia institucional que, curioso, en el mundo real también ha guardado silencio ante las plegarias de oprimidos y empobrecidos como lo hace en Silencio (recuerden a los sacerdotes impotentes pero lejanos en sí a las tragedias cotidianas de los recién conversos). Es Scorsese quien sólo muestra y se aparta (aunque el movimiento de su último encuadre es hacia adentro, muy adentro) a manera de invitación a esta historia, se profese pensamiento alguno o no, para conocerla, para llenar los silecios de este dios que se llama piadoso pero que aquí, al contrario de lo que ocurre en La última tentación, se siente lejano, apartado. Es Scorsese quien invita pero quien, cuidado, no señala ni acusa o ataca. Hacia el final de esta historia que le ha costado una pequeña Pasión personal, es Scorsese quien calla, quien guarda silencio, un silencio que de cualquier manera retumbará en la cabeza de quien acepte la invitación. Este es un silencio hecho de fe (universal) y rebeldía.

Silencio
(Silence, Italia-México-EUA, 2016)
Dirige: Martin Scorsese
Actúan: Andrew Garfield, Liam Neeson, Adam Driver, Ciarán Hinds
Guión: Jay Cocks
Fotografía: Rodrigo Prieto
Duración: 159 min.

Comments (3)

  1. Jajajajaja que contradictorio es Erick estrada elige el silencio como película de la semana cuando esta película es pura propaganda católica sólo por ser una película de Martin Scorsese que es uno de los directores preferidos de Erick estrada ahí si no le importa que trate de religión o de Dios la película pero si fuera otro estaría diciendo que es una porquería

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    • Si no la has visto no puede opinar mi estimado, la película no es propagandística de nada.
      si quieres saber de películas propagandísticas están las nefasta “Dios no esta muerto”… esas si que lo son

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