Manchester junto al mar. Crítica. Película de la semana

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Manchester junto al mar
El llanto y la barra del bar
Por Erick Estrada
Cinegarage

En un invierno -que es reflejo del estado emocional tanto de los personajes como de la película- Lee es llevado de regreso al pueblo en que creció pues su hermano mayor acaba de morir. A paso ligero, Kenneth Lonergan (guión y dirección) nos devuelve junto con Lee a ese poblado en el que descubriremos primero la extravagante pero muy humana personalidad de este conserje deprimido que suele vivir en Boston y después un pasado que mucho nos dice y nos pule esa extravagancia.

El hermano muerto ha dejado todo y nada. Su ex esposa, perdida y alejada no da señales de vida ante Patrick, un hijo ahora adolescente que ha quedado bajo su custodia legal, una responsabilidad que le provoca un conflicto mayor cuando nos enteramos de la otra mitad de ese pasado, que ha dejado a Lee no con el corazón roto sino sin ningún rastro de él. Y en ese todo y nada, la sombra del hermano es al mismo tiempo reconfortante en su recuerdo pero también una sombra opresora que le ha dado a Lee una responsabilidad que en primer lugar no cree poder ejercer y en segundo, lo vincula geográfica y emocionalmente con un acontecimiento que hace de esa responsabilidad algo mucho más doloroso.

Fuera los misterios, porque además Manchester junto al mar invita y ayuda a resolverlos con un ritmo que muchos thrillers envidiarían aunque aquí estemos frente a un drama casi concentrado pero con elementos que lo revolucionan al máximo. En lugar del sufrimiento multiplicado y el lagrimeo de pulso elevado de dramas familiares que podrían ser primos de este como Ordinary People (EUA, 1980), esa joya condensada de Robert Redford, Manchester monta su ferrocarril de escenas naturales y musculosas (excepto quizá un duelo de disculpas dubitativas entre Michelle Williams y Casey Affleck) en un discurso malabarísticamente cautivador de flashbacks nutridos de pertinencia e inteligencia en los que, igual que en el resto de las situaciones de la película, permea un humor muy cotidiano, ultra natural, fraterno y fraternal (los momentos de Affleck tío con Hedges sobrino son invaluables) y sobre todo sin que esto suene sexista, masculino sin necesidad de hacer llover testosterona.

Entre todo ello, en medio de actuaciones realmente sobresalientes y del aroma sutilemente depresivo de las situaciones y emociones que desarrolla, Manchester jutno al mar dibuja con fuerza una línea fraternal entre tío y sobrino (corazón real de la película), ambos obligados por un muerto pero sensato pariente a convivir de una forma que nunca tuvieron contemplada y en ella, como equilibristas en el alambre, son obligados a lidiar cada uno con sus fantasmas ocultos. El sobrino con un ego poco comprensivo ante quienes lo rodean (ego desmontado con ligereza en una escena minúscula en la que Patrick se coloca de pie ante los retratos que Lee guarda de sus hijas) y que lo obliga (aunque se obliga él mismo) a no querer mudarse a donde vive Lee quien, por su parte, probablemente no tenga nada a qué regresar a Boston (es, le grita Patrick, “solamente un conserje” y podría trabajar así “en donde sea”) pero atrapado entre la espada y la pared: si se queda con su sobrino se obligaría a enfrentarse a sus propios fantasmas, mucho más crueles y violentos que los de cualquiera otro en la ciudad.

El albur es saber cómo saldrán del armario todos esos fantasmas (si es que salen), cómo se cerrarán los ataúdes definitivos, y en ello, en el desarrollo de estos problemas y estos traumas, está la idea elemental pero olvidada del reencuentro a través del diálogo y no del sufrimiento gratuito ni de la radicalización del pensamiento (esa madre convertida en una completa desconocida), el ejemplo de vida que da un Lee deprimido que no por ello se ahoga en llanto pero tampoco se olvida de la barra del bar… Aunque ambas cosas le hagan falta.

Manchester junto al mar
(Manchester by the Sea, EUA, 2016)
Dirige: Kenneth Lonergan
Actúan: Casey Affleck, Michelle Williams, Matthew Broderick, Gretchen Mol
Guión: Kenneth Lonergan
Fotografía: Jody Lee Lipes
Duración: 135 min.

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