El rascacielos, crítica. Película de la semana

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El rascacielos
Las gaviotas y la rapiña
Por Erick Estrada
Cinegarage

Imaginen que se encuentran en un futuro que ya ha pasado, uno que inevitablemente evoca los días en el que la humanidad confiaba a plenitud en un modelo económico que sufría anticipadamente de gigantismo, pero que al mismo tiempo nos impulsa al futuro que evidenciará los males que ese modelo presentaba de raíz pero que nadie quizo hacer evidentes.

Un arquitecto -un gobernante matemático de sospechoso apellido Lang- acaba de idear un edificio en el que los privilegios (heredados los muchos, meritorios los menos) son el pan de cada día, como en las cortes monárquicas más tradicionales, como en las oligarquías más sanguinarias pero que aquí, al pretender que todos ocupen el mismo espacio, han dado en llamar “democracia”.

Falacia total.

Piensen ahora y quizá de manera acertada en ese mismo futuro ya pasado que con genialidad y fineza dibujó Fritz Lang para la referencia obligada a El rascacielos, Metrópolis (Alemania, 1927), una ciudad-templo-pirámide social en la que los ricos habitan en los pisos superiores y la clase trabajadora ocupa los sótanos y los cimientos de este modelo de civilización. La conclusión aparece apenas se termina con esta descripción.

Y sin embargo, El rascacielos no es esa historia.

Gozando de los mismos cimientos, esta película narrada por Ben Wheatley y surgida de la novela de J.G. Ballard destruye el sentimiento idílico de la también onírica narración de Lang (ese final complaciente, ¡demonios!) y busca la desaparición de las máscaras, dinamitar las bases, estremecer los pisos, apuntar directo a la cabeza de los artífices de planes tan macabros como este.

Wheatley, con su hábil y certera dosis de alucinógenos (aunque aquí podríamos hablar de drogas legales e incluso químicamente cercanas al Soma de Huxley) dibuja a este edificio vivo, vertiginoso y carnívoro que aunque parece devorar a sus propios hijos, luce más como las Pinturas Negras de Goya y sus famosos aquelarres, sugeridos pero evidentes aquí en las paredes de los privilegiados (Lang tiene uno). En él, los hechos de una planeación que niega lo humano, que privilegia a los privilegiados y que devora a los marginados, hace que poco a poco ese científico loco de Metrópolis (presentado también aquí en su cabaña atemporal en medio de la locura hiper tecnológica) se convierta en una especie de profeta del desastre, muy a su propio pesar.

Metidos como estamos, a muy poco de comenzar, en el mundo de Ballard, Wheatley tiene incluso el tino de rozar las fronteras del autor y darle cabida tanto a su sexo bizarro (más de una vez pensarán en “Crash”… ese cuello que se rompe en el cofre de un auto clásico) como a la crítica ácida y hambrienta de luz de las jerarquías sociales. En ese espíritu y tomando en cuenta que este retrofuturismo de ciencia ficción de la Guerra Fría es a su vez vaticinio de un sistema económico destinado al fracaso y engolosinado con la sangre de cuanto humano pasa por enfrente, se lanza un S.O.S. monumental, igualmente difundido en una fiesta versallesca y carnavalera en los departamentos superiores, como en el derrumbe que paulatino pero sin descanso se hace más visible en los pisos inferiores, donde las tuberías de esta sangría de energía y humanidad están rotas de tragar tanta mierda y petulancia.

Wheatley consigue que pensando en Ballard pasemos de las luces coloridas de ABBA al tenebroso scratch de Portishead.

Y es que El rascacielos es también el recuerdo de esa fiesta setentera, llena de excesos y desfiguros, que anticipó la enorme resaca de los ochenta y noventa, donde quien no comió tuvo que pagar todos los platos rotos. En esa decadencia monumental, donde los perros sacrificados en la piscina conviven con el hambre de quienes nunca aprendieron a trabajar, Wheatley también elabora el margen donde sus bizarros personajes unen fuerzas para hacer de El rascacielos (edificio y película) una estupenda y misteriosa mezcla de Naranja mecánica (Reino Unido-EUA, 1971) y El ángel exterminador (México, 1962).

Lo mejor está todavía por venir pues los personajes de Jump/Wheatley/Ballard son bizarros por ser familiares, desde el arquitecto hasta la estrella pop, desde el ama de casa oprimida hasta el exitoso hombre que nos guía por este laberinto de elevadores que multiplican rostros que se parecen siempre a los de alguien más -y piensen aquí en la frivolidad turbia de American Psycho (EUA, 2000)- y son ellos quienes a pesar de la debacle anunciada (Snowpiercer se asoma más de una vez, aunque sin la potencia estética de Wheatley) deciden quedarse en el edificio, en el sistema y reproducirlo aunque nada pueda soportarlo. El Buñuel más cruel y sus negras sutilezas unen manos con esas brujas de Goya que alegres danzan alrededor de un demonio fetiche al que han convertido en dios (su rascacielos).

Y no, no hay reclamo moral. En medio de un despliegue de encuadres de composiciones criminalmente atractivas, de un desenlace no narrativo pero lleno de lenguaje y de la potencia que el rascacielos ha perdido en sus círculos viciosos a los que cree virtuosos, Wheatley solidifica el pensamiento de Ballard, uno que ha lamentado siempre por la pérdida de lo humano en la humanidad, por el amor que la sociedad occidental le tiene a fantasmas como el consumo, por la utilización de armas idiotas como la hipocresía y de la falsa profundidad de caprichos meramente burgueses y en consecuencia intrascendentes por egoístas (regresamos aquí a “Crash” y ese otro futuro de humanos jerarquizados y mecanizados). Al hacerlo, su desenlace, ese discurso en medio de un Titanic saboteado por sus pasajeros, es a la vez una declaración de principios y un vaticinio desesperantemente cercano en los tiempos que corren, sobre el capitalismo, sobre los fantasmas que ha construido, sobre la gente que ha querido convertirse en esos fantasmas… sobre nosotros día a día.

Las máscaras han caído y es de agradecer que en ese desenlace Wheatley haya comprendido la trascendencia y las profundidades de Ballard para apagar la luz falsa de este paraíso en el que graznan las gaviotas al lado del mar. Y es que ya lo sabemos: las gaviotas son y siempre han sido aves de rapiña.

El rascacielos
(High-Rise, Reino Unido, 2016)
Dirige: Ben Wheatley
Actúan: Tom Hiddleston, Sienna Miller, Jeremy Irons, Luke Evans
Guión: Amy Jump
Fotografía: Laurie Rose
Duración: 112 min.

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