Assassin’s Creed, crítica

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Assassin’s Creed
El sicario milenario
Por Erick Estrada
Cinegarage

En el intento por llevar un videojuego a la pantalla de cine se han realizado varios y, vistos a la distancia, ya innecesarios esfuerzos, todos ellos buscando transportar la lógica y la estructura de un medio completamente diferente al cine a uno que está desarrollado y consolidado y que muchas veces busca refrescarse haciendo justo eso, traer otras estructuras y lógicas a la gramática cinematográfica. Vamos, un círculo vicioso.

Vicioso porque en esos numerosos esfuerzos muy pocos han logrado atrapar en el lenguaje cinematográfico el atractivo propio de un videojuego. Vicioso porque buscar la adaptación fiel del videojuego al cine (“respetándolo” dicen los puristas) resulta tan latoso e infructuoso como buscar una adaptación fiel de la literatura al cine, tema ya discutido en Cinegarage. Vicioso porque quienes han conseguido transportar el espíritu del videojuego ni siquiera se han inspirado o basado en uno y para ello podemos tomar a Scott Pilgrim (EUA-Reino Unido-Canadá-Japón, 2010) como el mejor ejemplo y a una que otra película de acción como las opciones más obvias.

Para Assassin’s Creed el equipo creativo intentó librarse de las ataduras argumentales del juego para elaborar una película de acción que aunque ahí demostraba ambición por crecer distinta y propositiva, probablemente se enrede muy de prisa en sus propios artificios, el de sus bonitos encuadres incluído.

Inventando el origen de una hermandad de sicarios milenarios, un credo defensor de los ideales humanos ante la amenaza de una organización tiránica e igualmente vieja Steve Kurzel y Michael Fassbender (productor ejecutivo de la película) se dejan llevar por el entusiasmo y aunque de entrada parecen caminar la ruta adecuada, al poco tiempo de dar vueltas y tomar retornos en su historia de viajes en el tiempo y artes marciales de buen nivel, revelan más que evidentemente que han traído hasta su corral los golpes del tiempo repetido de Edge of Tomorrow (EUA-Canadá, 2014) para meterlos en una licuadora que lo enreda demasiado trepidantemente con un universo muy al estilo 12 monos (EUA, 1995) y que, curiosamente, de repente también refleja mucho de los aires arenosos de Mad Max e incluso del método de cura de la violencia de una de las mejores películas de ciencia ficción jamás realizadas, Naranja mecánica (Reino Unido-EUA, 1971).

Las influencias no son necesariamente malas e incluso Kurzel consigue entremeterlas con secuencias de acción con actores y acrobacias reales, que reniegan del auxilio digital para utilizarlo solamente en lo indispensable. Sin embargo Assassin’s Creed falla al hilvanarlos con una historia y su mar de propuestas se convierte en una laguna casi seca y de muy baja profundidad en la que los motivos de los personajes se revuelven y los personajes mismos se sienten perdidos, deambulantes, ansiosos por la siguiente secuencia de acción, paradójicamente lo que el videojuego ya había aportado a la película, trágicamente lo que el guión (independiente del juego) debió amasar y esponjar para mezclar con su propuesta.

Si bien los aires y los paisajes trabajan perfectamente como cimiento de una construcción más conciente de sí misma, no son suficientes para soportar las idas y las vueltas de un personaje que ni tan martirizado como el de Bruce Willis en 12 monos, ni tan orillado a la locura como el de Tom Cruise en Edge of Tomorrow (y que tampoco cuenta con la fractura moral de Alex de Large en Naranja mecánica) se desvanece en su propio polvo para no comunicar sino sequía, una larga y muy bien musicalizada sequía.

Assassin’s Creed
(Reino Unido-Francia-EUA-Hong Kong, 2016)
Dirige: Justin Kurzel
Actúan: Michael Fassbender, Marion Cotillard, Ariane Labed, Jeremy Irons
Guión: Bill Collage, Adam Cooper, Michael Lesslie
Fotografía: Adam Arkapaw

 

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