La llegada, crítica

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La llegada
La elegida meritoria
Por Erick Estrada
Cinegarage

Si alguien pregunta alguna vez por una película circular, en la respuesta debe considerarse mostrarle Arrival, La llegada, drama sci-familiar producto de viajes internos tan placenteros como los que proveen las mejores drogas conciliadoras y reconciliadoras producidas por el hombre o la naturaleza.

Llegar e irse poco a poco aquieren el mismo significado dentro y fuera de un personaje enteramente atractivo como el de Louise Banks, Doctora Lingüista que será designada por el gobierno de los Estados Unidos para descubrir si los alienígenas que acaban de aterrizar en 12 puntos distintos del planeta Tierra traen con ellos buenas intenciones o no.

Si bien en un principio se juega con la idea reutilizadísima en el Hollywood del personaje salvador de la humanidad, La llegada transforma a Louise en una especie de elegida meritoria (es decir, ni es una iluminada ni se trata de la chica que encontró “la espada en la piedra”) que tendrá que hurgar en su propia memoria si es que quiere cumplir con la misión que le ha caído encima.

El juego de La llegada afortunadamente tampoco se desarrolla en la línea del tiempo tradicional del Hollywood más emocionado con la llegada de inteligencia extraterrestre sino que, volviendo al cruce de dimensiones de esas drogas diseñadas para el placer y la auto exploración, lo hace en busca de la forma circular (o esférica) en donde, como lo hace la película en sí, llegar y partir terminarán significando lo mismo (porque de hecho ya lo hacen) y el pensamiento líneal, lógico, bidimensional ha rebasado ya su fecha de caducidad.

Entre los llamados a la unificación mundial (“nosotros somos la raza sin un mando único” se dice oportunamente para evidenciar la urgencia de diálogo ya no con inteligencias extraterrestres sino con las terrestres), un par de nalgadas a la ONU (y su cada vez más angustiante inactividad), y el llamado urgente a un diálogo más humano, La llegada se vuelve una especie de hoyo luminoso en el que futuro y pasado se han curvado tanto que pronto serán lo mismo y en el que se aboga por un pensamiento redondo, multidimensional, no líneal, no racional, pero no por ello carente de sentido.

El truco aquí es aceptar que siempre ha habido y siempre habrá otras formas de pensar sin pensar, sin la lógica y el famoso positivismo que aquí son vistas como la mecha de un posible enfrentamiento entre terrestres y extraterrestres (los ultralógicos chicos de la milicia gringa). Sin ello será casi imposible avanzar en la propuesta real de Villenueve que si bien se soporta y complementa perfectamente con la parte familiar de su historia, pesa más y está mejor formado que este. Esa propuesta real es la de la apertura de mentes y discursos (no por nada casi lo primero que escuchamos en la película es que el lenguaje antes era considerado una forma de arte), el rompimiento de lo lineal y lógico, el despertar a la llegada o a la partida, el eterno regreso (no retorno) ejemplificado además con las visiones que Louise tiene de su pequeña hija y con quien iniciamos esta narración.

Para reforzar la pequeñez del pensamiento lógico humano, Villeneuve parece contar la historia desde el punto de vista alienígena, mostrando a los humanos –efectivamente- como una manada de roedores que se muerden los unos a los otros y reforzando esa sugerencia con ángulos cenitales desde la punta de sus naves desde donde los hombres se ven pequeños, deformados y enloquecidos.

El suspense de la película pasa entoces de la llegada de alienígenas y la posibilidad de un enfrentamiento (que tanto disfruta el Hollywood más codicioso), a suponer o asumir lo que los alienígenas dicen o dirán una vez descifrado su lenguaje, no la forma como se descifra. Estamos ante la expectativa sobre lo que ocurrirá después del estallido de la bomba y no sobre el conteo para hacerla explotar.

Ese suspense nos lleva con una mano casi dulce pero al mismo tiempo muy firme en el manejo de sus encuadres (podrían sin duda omitirse ciertos subtítulos justo en el corazón de la película) a una comprensión nueva del tiempo humano que si bien está retratada con cierta dosis de dulzura -completamente innecesaria- no se distrae de la necesidad de contarnos sobre cierta expansión del pensamiento en momentos tan oscuros como los que vive la humanidad, todo en y dentro de la mente de Louise que a veces corre el riesgo de convertirse en una elegida mesiánica pero que por el contrario La llegada presenta y desarrolla como la selección natural de los alienígenas para comunicar su mensaje, algo mucho más cercano a Contacto (EUA, 1997) y a su manera (pero sin negar los vínculos) más alejado de Encuetros cercanos del tercer tipo (EUA, 1977).

En una serie de vueltas y flashbackforwards que hacen reorientar la brújula (el déja vu nunca había sido utilizado como en La llegada y aquí estamos incluyendo a The Matix) la cinta elabora, desarrolla y entrega su discurso circular a favor de la comunicación y del arte, de la expansión del universo interior, sin sonar jamás aspiracional y que cuaja de forma casi perfecta al abrir su dicurso con el mismo cuadro y movimiento de cámara con el que empieza.

Al terminar, al ver la indescriptible e invisible transformación de Louise, la película ha dejado las preguntas necesarias para hacernos voltear a ver al otro (sí, se trata también de un discurso pacifista, pero no teman, perfectamente desarrollado) y, viendo al final el plano inicial de la película, preguntarnos si hemos llegado o el viaje ha comenzado.

¿Esperanzadora? Probablemente demasiado. Pero humana y circular en grados pocas veces vistos, también.

La llegada
(Arrival, EUA, 2016)
Dirige: Denis Villeneuve
Actúan: Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker, Michael Stuhlbarg
Guión: Eric Heisserer
Fotografía: Bradford Young
Duración: 116 min.

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