La bruja, crítica. Película de la semana

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La bruja
Al aquelarre artístico
Por Erick Estrada
Cinegarage

Los violines rechinan con estridencia palpitante, penetrando los oídos a golpe de mazo agudo, agudísimo. Es el chillido de la naturaleza que, detrás de la fortaleza en la que vive esta familia, llama llena de cosas desconocidas. Ellos, estos peregrinos de civilización, no saben en realidad qué tan nuevo es el nuevo mundo en que están abriendo brecha.

La expulsión. Una radicalización en el enfoque religioso de su comunidad provoca que esta misma familia, abrazada en los rechinidos de esos violines de salvajismo, sea expulsada acusada de no practicar el cristianismo adecuado. Una llamada de atención -premomitoria entonces, escandalosamente actual ahora- que ubica a una película que en apariencia está narrada en el siglo XVII en un tiempo universal. Al final, con la historia del enfrentamiento de esta familia con una bruja oculta en el bosque ahí donde termina la civilización, La bruja hablará de nosotros, de nuestras familias y nuestras comunidades y lo hará a través de nuestros miedos y nuestros temores a la noche del bosque, una noche que puede ocurrir bajo la misma luz del Sol.

Desterrados, desprovistos del cobijo de la civilización que llegó en barcos desde Inglaterra, el hogar al que muy pronto echarán de menos de manera brutal, esta familia tendrá que afrontar la desaparición de su hijo más pequeño, ocurrida en circunstancias que bordean el misticismo y el terror y la incipiente lógica racional no de ellos, sino de una época más bien oscurantista y supersticiosa.

Los días pasan. El destierro se solidifica cada vez que el padre de familia -un hombre de intelecto débil y carácter fragmentado pero que lo oculta en rabiosas explosiones que le regalan algo de la autoridad que jamás ha tenido- sale por las mañanas y ve esa pared de árboles que se le aparecen capítulo a capítulo en esta novela de terror que es su destierro en medio de las tierras que no tienen dueño.

Así, entre capítulos que son como pequeñas explosiones en las que salen disparados tanto encuadres bellísimos como situaciones de una crudeza encarceladora, es como la película teje una colcha de tradiciones y leyendas (una colcha, ropa de cama que está atada de manera inevitable al ser de los Estados Unidos) que fueron recogidas para armar la somera historia que aquí se nos cuenta, pero que consigue comunicar sensacionesy pensamientos que de nuevo se arman de actualidad y universalidad en cuanto esas crueles pantallas en negro -que duran una macabra eternidad- separan un episodio del otro.

Encima de ellas, bellísmos encuadres que a veces hablan de dibujos, grabados e ilustraciones de casos reales en los tiempos en los que a la gente se le acusaba de brujería y se le perseguía por ello. Naturaleza brutal llenando cada esquina de la narración de Robert Eggers que nuevamente, regresa a las raíces del terror anglosajón americano poniendo a lo salvaje como amenaza y a lo “civilizado” como la salvación de esa amenaza.

Pero la película tiene un giro que se hace dos y que nos susurra con la voz del macho cabrío que embruja niños y mujeres que la cacería de brujas es un tema no saldado y que poco tiene que ver con un pacto con Satán.

Inglés antiguo, rudo, hecho pedazos. Recreaciones de vestuarios entre la exactitud y la romantización. Un bosque alucinante y los cantos de los niños, pequeños demonios que comunican sin caricias los reclamos de un macho cabrío símbolo al mismo tiempo del temido Satán así como de la salvación del hambre ante un invierno que, como todos, amenaza mientras recorre el bosque que siempre parece estar más cerca. El cerco se cierra.

Visualmente delirante (ese retrato de una bruja en masturbación alucinógena con las secreciones de un sapo profanamente sacro, esa fogata alrededor de la que las brujas bailan seducidas, tan Goya, tan clásica), la película es una especie de reinvención de El proyecto de la bruja de Blair (EUA, 1999): aquí, una familia emprende sin mapas ni referencias la cacería de su bruja particular, pero el bosque es también ese terreno inexplorado, ese salvajismo atemorizante para las almas puritanas de la cultura angosajona, la bruja es eso desconocido que hay que alcanzar para comprender. Como en aquella, aquí los personajes sufren malasuertes por turnos. Pero al contrario de aquella, el lenguaje de esta ha vuelto (como el cine de estos años, 15 después de la bruja de Blair) a lo tradicional, al refugio del género que entonces tenía que ser roto y que ahora se rescata con energía y rigor. Esa sería, en realidad, su única diferencia. Allá, el juego eterno del postmodernismo cinematográfico que marcó una época y sigue vivo en malas imitaciones. Aquí, el replanteamiento para dejar claras las raíces, para explicarnos de dónde salió un objeto de veneración como Blair.

El otro giro es todavía más interesante. Thomasin, la hija mayor, confundida por ese deambular entre la superstición (que aquí acertadamente es religión), acusada de descuidar a sus hermanos, atormentada por un mundo opresivo y ultraconservador (que en mucho nos recuerda a los radicalismos que ahora nos tienen al borde de la desesperación), empujada por los despertares de su edad, decide escapar de ello, volar lejos aunque sea con la mente, renegar de las expulsiones de las que ha sido objeto y de los señalamientos que se le han hecho.

Para hacerlo, Robert Eggers la dota de una sexualidad tácita que explota en un último encuadre, opresivo y oscuro como ese aquelarre de Goya, pero para ella liberador y dionisiaco. En esa decisión, muy por debajo de los hechizos que ahora suenan a todo volumen sustituyendo el rechinar de los violines (la naturaleza ha dejado de amenazarnos), La bruja es también un virtuoso discurso visual y muy atmosférico, a favor de la liberación sexual, del sexo libre, del disfrute del sexo.

La diosa de ese sexo se ve, entonces, contrastada con un gigantesco árbol otoñal que la acoge como una cuna. La diosa ha nacido y la civilización, esa civilización, ha sido derrotada.

La bruja
(The Witch, EUA-Canadá, 2015)
Dirige: Robert Eggers
Actúan: Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Julian Richings
Guión: Robert Eggers
Fotografía: Jarin Blaschke
Duración: 90 min.

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