Nuestra pequeña hermana, crítica

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Nuestra pequeña hermana
Las conexiones invisibles
Por Erick Estrada
Cinegarage

El discurso de Hirokazu Koreeda llegó a las masas mexicanas con De tal padre, tal hijo y reconsiderando lo que de ella se dijo en su momento y a pesar de que efectivamente en su película hay algo de crítica al endiosamiento de las diferencias sociales, sería igualmente oportuno decir ahora que las películas de Koreeda hablan de las familias y de los extraños e intrigantes vínculos que en ellas se desarrollan.

En Nuestra pequeña hermana, de entrada, para aproximarse al tema que le dejará desarrollar su idea sobre las familias contemporáneas, hace el mismo malabar que en su película anterior y desarrolla su película a través de encuadres tranquilizadores por reales, invitantes por naturales y costumbristas por dejar siempre la acción en los hombros muy comunes y muy corrientes de sus personajes.

Ello es un gran acierto. Optar por tonos más occidentales para contar el encuentro de tres hermanas sin padre ni madre pero nunca despotegidas, con su media hermana menor (desconocida hasta ese día) habría significado oscurecer una narración de ya de entrada comienza con un funeral. Al no hacerlo, Koreeda deja fundamentado el tono de su película: el de el día a día, el de las costumbres, familiares y sociales y el que nos desvelará lo que probablemente le interesa más y que ya dejaba ver en De tal padre tal hijo: que los lazos familiares son fuertes pero de ninguna manera se mueven todos en los mismos patrones.

Aquí, al unir estos dos universos en apariencia irreconciliables: el de las hermanas mayores, abandonadas por el padre que decide vivir con otra mujer y el de la hija nacida de aquella relación, socialmente inaceptada e inaceptable, esos patrones se deshilan poco a poco y sin sobresaltos La tragedia se disipa cuando, a pesar de la gravedad del asunto, en el encuentro de estos dos planetas Koreeda nos hace ver los matices de una decisión como la del padre con espejos opacos que leemos como a un libro.

Una de las hermanas mayores comenta que la madre de Suzu, su nueva media hermana menor, se parece tremendamente a su propia madre. Suzu muestra a sus medias hermanas el sitio favorito de su padre en el pueblo donde falleció y una de ellas exclama el tremendo parecido con el sitio favorito de la misma persona pero en el pueblo donde ellas viven; los consejos cotidianos, los saludos, los modismos se repiten en tono y oportunidad en los personajes: la abuela dice lo mismo que una de las chicas dijo hace 20 minutos (meses en la película).

Mejor aún, las problemáticas de Koreeda, suavizadas en forma (nunca en fondo) probablemente por la aquí casi enfermiza ausencia de personajes masculinos, también entran a esta casa de espejos. Igual que la madre de Suzu, con quien platica, Yoshino está enamorada de un hombre casado y al hablarlo con su hermana se da cuenta de su error pero también de lo tremendamente natural que es el cometerlo.

Al establecer esos vínculos la película adquiere, igual que en De tal padre tal hijo, un tono tranquilizador: sabemos que el clímax ha estado oculto y que no habrá una nube relampagueante que agite los naturales enfrentamientos cotidianos de estas cuatro chicas. Pero Koreeda también expresa un discurso más amplio que parte, como se dijo ya, de su idea de la familia y lo familiar: todos somos hijos de alguien y en consecuencia todos tenemos esos lazos invisibles con alguien. Los errores que cometamos, en consecuencia, son naturales.

No es sin embargo una alabanza a los enfoques de superación personal que siempre sueltan la cantaleta de que el hombre es más grande que sus problemas. Afortunadamente el tono de la película, el no negar nunca la problemática de sus personajes aunque no la explote como muchos lo hubiesen esperado, provoca que los temas se discutan y se desarrollen con un subtexto mucho más enriquecedor: si todos somos hijos y cometemos los errores de los hijos, todos deberíamos estar excentos del prejuicio, el que sea..

Zen. Muy zen, tanto como el espejo más lúgubre pero a la vez más cálido al que Koreeda enfrenta a dos de sus personajes. Las dos hermanas mayores, probablemente responsables económicamente del resto, se enfrentan a una nueva realidad profesional. Una estará a cargo de la unidad médica para enfermos terminales y la otra es ascendida por el banco en que trabaja a una división que puede o no aniquilar proyectos individuales por razones financieras. Y ahí, en ese último reflejo entre estas hermanas, es donde se asienta el final de Koreeda y la reflexión sobre nuestra igualdad en el error remata y brilla como acto de iluminación: todos somos hijos. Realidad indiscutible.

Nuestra pequeña hermana
(Umimachi Diary, Japón 2015)
Dirige: Hirokazu Koreeda
Actúan: Haruka Ayase, Masami Nagasawa, Kaho, Suzu Hirose
Guión: Hirokazu Koreeda
Fotografía: Mikiya Takimoto
Duración: 128 min.

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