Las Aparicio, crítica

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Las Aparicio
Languidez endogámica
Por Erick Estrada
Cinegarage

El discurso feminista ha estado más que presente en los últimos años en el cine internacional, desde el cuestionamiento sobre los personajes femeninos en películas promedio hasta propuestas que de tan gratas prácticamente pasan inadvertidas en su reorientación como ocurrió con el mensaje de género no tan oculto en Star Wars: el despertar de la fuerza.

México no debería quedar aparte de ello. En el cine nacional efectivamente han figurado personajes femeninos que buscan la reivindicación de género, que restan poder –en todos sentidos- a los personajes masculinos: madres e hijas que se reencuentran en un nido de poder (Las horas contigo), el intercambio de ideas y sentimientos en situaciones extremas entre no una, ni dos sino más mujeres de todas las edades (Los insólitos peces gato), la liberación final no menos trágica pero liberación al fin (Las lágrimas).

Resultaba atractivo que surgida de una serie de televisión una película aprovechara un enfoque entre curioso y simpático para poder explotar un discurso valioso como aquellos, trátese del género que se trate, en este caso una especie de comedia campirana donde las mujeres de la familia Aparicio viven y disfrutan una “maldición” que impide que en ella se gesten hijos varones y provoca que los esposos mueran inexplicablemente, todo mientras se encierran voluntariamente en una vieja hacienda cafetalera en donde el fantasma de la bisabuela suelta pistas sobre el origen de esa “maldición”.

Tres hermanas, una de ellas casada con una actriz, acuden al llamado de la madre, cada una escapando de una situación que más que confrontarlas las incomoda y ahí, a los muy pocos minutos de haber iniciado, la película comienza a cojear.

En situaciones redundantes que autoexplican lo ocurrido en pantalla (ese flashback que nos lleva al origen del problema de Mercedes cuando ya hemos visto lo que le ha pasado) y que sin reparo insultan nuestra capacidad para poner atención a una historia lineal y sin recovecos (¿de donde surge esa necesidad de visualizar insistentemente el amor de la pareja de chicas?), la película se desliza además en diálogos mal montados, en donde muchas respuestas no reciben respuesta y que en consecuencia comunican la idea de que las decisiones que toman estas mujeres (como la de la pareja que ansía tener un hijo), son tomadas a la ligera… Aunque en realidad se toman a la ligera.

Las situaciones van y vienen, se medio discuten en las mesas, en borracheras de tequila, pero lo hacen con diálogos láguidos que filtran ese tono al montaje de la película para mostrar la inmadurez de la cinta con retazos que saltan a la vista (4 guionistas, quizá una por personaje) llevándonos por una serie de decisiones fáciles que, por supuesto, restan retos y rigor al guión. Era por supuesto más fácil plantear la posibilidad de que una de las chicas en busca de un hijo sedujera al capataz de la hacienda (que a veces parece mil usos) que desarrollar una historia más creíble con diálogos y situaciones que en consecuencia requerían más trabajo. Era más complicado elaborar pláticas entre Mercedes (Iliana Fox) y Alma (Ana de la Reguera) para solucionar sus complicaciones profesionales/personales, que llevarlas a imaginar un terapéutico acostón con ese mismo capataz, ya mil y un usos: además de su trabajo habitual es objeto del deseo de cuatro mujeres supuestamente educadas y en posición no sólo no ver al otro como objeto, sino de darse cuenta del planteamiento poco ético y sexista que impone el querer embarazarse sin que el “macho” se entere jamás.

Ahí, justo en la mira, con objetos del deseo y con sexo liberador, Las Aparicio tuvo un referente directísimo en el que pudo haber inspirado su discurso sexual y su tono de comedia complicada: Belle Epoque (España, 1992). Pero no, en lugar de ello la película sigue su tránsito por los caminos fáciles, por las decisiones instantáneas, por hacer del guión un papel de descripción y no un vehículo de cuestionamiento como de repente se deja oler cuando se mete a saco la historia del colega activista que, sin embargo, roba atención no por no ser válida, sino porque precisamente como cada una de las historias anteriores se siente incrustada, artificial, de más en una película que no se decide a hablar de nada.

Una secuencia resume la falta de compromiso de la película con ella misma y deja ver claramente que el ansiado discurso del que se pudo extraer mucho pasó desapercibido en esta endogamia de maldiciones e historias de fantasmas. Las cuatro mujeres reunidas, enfrentadas por la matriarca (que se nos desvanece conforme la película se acerca a su final) jugarán un “juicio Aparicio” en el que una vez sabidos los problemas de cada una de ellas, están obligadas a decirse la verdad.

¿Tendremos aquí las respuestas que se han escabullido a lo largo de la película? ¿Se recuperará esta historia de ser un pantano sin secuencia ni consecuencia? No. La película nos niega las respuestas (el guión de nuevo se va por el camino fácil) y el juicio se muestra en un mosaico unido a base de fades largos en los que, en consecuencia, lo que se dice deja de importar y la anécdota de la reunión pierde toda sustancia.

Nada ha pasado.

En la venganza final, en la posible cura de la maldición (si es que tener sólo hijas es una maldición, a estas alturas uno ya duda de todo), Almodóvar y su cama en llamas de Mujeres al borde de un ataque de nervios (España, 1988) se nos atraviesa por la cabeza como una venganza/cura final que le diga a ese fantasma ambulante que hemos comprendido el mensaje de la brutalidad de su pasado. Pero no, de nuevo viramos a una escena mucho menos comprometida y la languidez se demuestra ahora sí como el tono real de una película que desafortunadamente sugiere que estas mujeres, a pesar de todo, regresan a sus hombres para recomponer su vida en lugar de incendiar sus abusos en una cama centenaria, referencia/fusil que era, además completamente perdonable.

Las Aparicio
(México, 2015)
Dirige: Moisés Ortiz Urquidi
Actúan: Ana de la Reguera, Liz Gallardo, Iliana Fox, Tenoch Huerta
Guión: Verónica Bellver, Lucía Carreras, Leticia López Margalli, Natassja Ybarra
Fotografía: Alberto Anaya
Duración: 103 min.

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