Entrenando a mi papá, crítica

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Entrenando a mi papá
¿Sí se puede?
Por Erick Estrada
Cinegarage

Uno de los varios aciertos de Los hijos de don Venancio (México 1944), de Joaquín Pardavé, fue poner al futbol como elemento conductor de un drama social vivo, complejo y retador para jugar con un melodrama que ejercitaba todo tipo de personajes sin estigmatizar a ninguno y, sobre todo, para hablarnos de nosotros mismos, de todos, sin dejar a nadie afuera.

Además de ello, Pardavé entregó una película emocionante, que usa todos los elementos visuales disponibles y un montaje clásico pero cuidadosamente desarrollado para inyectar acción a una narración que corría el riesgo de convertirse a los 10 minutos en una loza atiborrada de dramas: la cámara sobre la portería y justo en la línea de gol, el salto a la hija atormentada por el futuro de la familia pegando el oído al radio, el regreso con la cámara a nivel de suelo dentro de la cancha, las peleas en la tribuna, los aficionados en enfrentamiento directo más allá de un juego en el que el México de 1944 quedaba retratado en momento crucial.

Estábamos a un año de terminar la Segunda Guerra Mundial, la Época de Oro vivía quizá su mejor momento para después iniciar su caída natural, los inmigrantes españoles comenzaban a destacar ya en la vida rutinaria del país (y muchos más vendrían después), el país se urbanizaba (esto es un melodrama netamente urbano). La unión para enfrentar los problemas era la salida natural y necesaria (entre nosotros, entre nacionales y migrantes, entre clases sociales, entre seguidores de equipos diferentes) y el cine era el medio ideal para decirlo.

Sumen la aparición en pantalla de Horacio Casarín, uno de los más grandes ídolos deportivos del momento y no hay necesidad de decir que la película fue un clásico instantáneo.

Hoy llega una propuesta que ignora todo ello y además lo revierte en regodeo dramático que traba cualquier salida que ella misma se haya dibujado. Entrenando a mi papá es, desde el nombre, un descalabro absoluto.

¿Qué podemos esperar de una película que lleva ese nombre y apenas a 10 minutos de comenzar ha elaborado una estereotípica semblanza de un futbolista retirado, acomplejado por un accidente que le costó la vida a su esposa, padre soltero, alcohólico y al cual se le aparece un ángel en forma de guapa reportera deportiva que a pesar de todo lo respeta y admira?

Claro, que su hija lo entrene para resucitar su carrera, que un equipo en que la reportera tenga influencia lo adopte y él recupere la confianza perdida.

Nada de malo hay con ello. El asunto, señalados los aciertos de Los hijos de don Venancio, son las formas (aunque aquí el fondo no es nada profundo ni apela a realidad alguna, metafórica o directamente).

Entrenando a mi papá tiene a este deportista en el retiro en duelo constante con su hija que quiere verlo resucitar. No hay un protagonista claro ni dentro ni fuera de ese círculo familiar quebrantado y de haberlo, al contrario de la propuesta de Pardavé, no enfrentará nunca un reto real antes de verse de nuevo en el primer plano.

El padre entrenado por la hija no solamente deja mal parado al futbol profesional de este país (ningún entrenador profesional entra al quite ni como complemento ni como asesor de él o de la niña), sino que destruye al propio héroe que quiere construir, ese que lograría salir de las dificultades enfrentándolas solo o acompañado. De hecho, no sale de sus dificultades. De acuerdo al discurso ultra simplista en que se enreda su entrenamiento, bastan un par de palmadas en la espalda, un poco de inspiración divina frente a la tumba de la pareja perdida, un par de lagartijas, algunos gritos a lo “¡Sí se puede!” desde la grada, una vacía charla del entrenador en los vestidores (pareciera que nunca vieron cómo los entrenadores reales levantan a sus equipos de la lona); bastaría todo ello para redimir la figura de este deportista derrotista y acomplejado.

Nada de malo hay tampoco en que sea derrotista y acomplejado. De hecho, en el gigantesco muestrario que despliega Pardavé, casi todos sus personajes están matizados y se transforman conforme su compleja (que no complicada) historia se desarrolla. Pero entonces, deberíamos conocer aquí la razón real por la que se da el supuesto cambio a ser “una mejor persona”.

“Sólo te importa el futbol, no tu familia”, le escupe enfurecida su mujer en un flashback que nos lleva a los instantes previos al accidente fatal que marcará el futuro de un portero empeñado en llamarle “Cachorro” a su hija (no quiero leer de más pero, ¿”Cachorro” a una chica?); y sin embargo, cuando el desenlace se le viene encima a la película, no sabemos si el logro de sobresalir de nuevo en un juego decisivo es por el futbol, por su hija, por su futuro o por su pasado.

Una de las razones de que no lo sepamos, de que perdamos la brújula en este amasijo ultra edulcorado y superficial (en la sinopsis encuentran ustedes la anécdota) es que la solución al problema no está siquiera en el desarrollo de las película. El problema de personalidad de nuestro portero estrella se recrudece una vez que ha visto la luz del otro lado del túnel y cuando un escándalo amenaza con hundirlo de nuevo; él neciamente se niega a aclarar todo -teniendo la posibilidad de hacerlo- hasta que un milagroso registro en video del origen del escándalo lo salva: al saberse la verdad y sin que él lo sepa, su desempeño en el juego se transforma y el universo vuelve a sonreírle.

¿Por qué el supuesto héroe no aclaró todo desde un principio y cogiendo al toro por los cuernos? Eso era más difícil de escribir (y, claro, de filmar). En segundo lugar, la película no va de eso. En medio de una burda colocación de productos (de destinos turísticos a productos deportivos, de leches en tetra brick a equipos de futbol y canales de tele) la película nos dice lo sencillo que es vivir si uno se arrepiente y alguien intuye que lo hicimos.

No hay manera de no extrañar la maravillosa puesta (y apuesta) lanzada por Joaquín Pardavé en 1944 en donde, cosas de la vida, también estaba involucrado el equipo de futbol Atlante. ¿Qué pensaría el equipo (de directivos a jugadores y asistentes) si les mostráramos ambas películas una después de la otra?

Entrenando a mi papá
(México, 2015)
Dirige: Walter Doehner
Actúan: Adriana Barraza, Jacqueline Bracamontes, Saraí Meza, Mauricio Islas
Guión: Olga Varela, René Herrera
Fotografía: Arturo Bidart
Duración 92 min.

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