Intensa-Mente. Crítica. Película de la semana

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Intensa-Mente
La película expresionista de Pixar
Por Erick Estrada
Cinegarage

“Esta película está dedicada a los niños. Por favor, nunca crezcan” es una de las frases finales que Intensa-Mente, la película más reciente de Pixar lanza al universo una vez que su discurso casi expresionista y anti optimista ha terminado y ello, pisemos con cuidado, puede confundir a varios. Tendremos entonces que ir por partes, especialmente en una película compleja y complicada que se hace digerible y ligera gracias al tabajo que Pixar ha hecho desde siempre: una animación que seduce al ojo y un trabajo de pulido en el guión que nos presenta la superficie y nos deja ver fondos variados y lejanos al mismo tiempo.

 

Mientras el mundo se hunde cada vez más en una corriente infantilizadora del pensamiento y de las rutinas de la gente común, Pixar apunta al lado contrario haciendo creer a muchos que lo hace a través de una película infantil. Desafortunadamente para quienes creen que en Intensa-Mente todo es risas y locuras, lo que desde Emeryville hacen es lo contrario.

A través de una cinta animada Pixar propone un viaje introspectivo comunal que, precisamente por ello puede hacernos pensar en Secrets of a Soul (Alemania, 1926) de Georg Wilhelm Pabst y su exploración del lenguaje de los sueños (muy en la onda Freud, hay que recordar) en busca de miedos y traumas de un personaje al que conocemos más por eso que por su propia fisonomía. Es decir, esta película no es para niños.

Si bien en la narración de Pabst buscábamos comprender la fobia a los cuchillos y su vinculación con impulsos sexuales “poco comunes” y en Intensa-Mente describimos los mecanimos a través de los cuales una chica común y corriente expresa sus malestares al mundo adulto, esos viajes que propone el guión de Meg LeFauve, Josh Cooley y Pete Docter (además director de la película) nos llevan tan al interior de una psique humana y la forma en que esta se expresa que bien podríamos presenciar, más en fondo que en forma, a la primera película expresionista de Disney al mismo tiempo de la madurez discursiva de Pixar: ahora no hay empacho en dirigir directamente la narración a los adultos sin necesidad de conciliar con los niños mientras tanto.

¿En dónde se nota ese empuje anti infantilista (que no es lo mismo que decir en contra de los niños)?

En primer lugar, se trata una historia que presenta la primera fractura entre infancia y pubertad. Las emociones inciales (una suerte de paleta de colores primarios, muy efectiva para comprender los mecanismos que empujarán a esta anécdota) comienzan a darse cuenta muy al principio de la película que este discurso está a favor del cambio y de la transformación inlcuso a pesar de ellos mismos. Una suerte de mutación se deja ver en esas emociones infantiles que de repente parpadean frente a nosotros considerando más de una vez opciones que en otro estado se habrían tomado siempre con el primer impulso.

El conflicto real de la película no es la mudanza de una familia tradicional de una ciudad a la otra, sino la incapacidad de las emociones de nuestra protagonista para manejarla y comprenderla y la obligación que tienen de modificar su actuar, su rutina, para seguir vivas dentro de la cabeza de una niña confundida. Por un lado el instinto de supervivencia y por el otro la curiosidad-necesidad de comprender todo lo que se daba por sentado (la familia, los pasatiempos, el humor, los amigos) desde una perspectiva nunca explorada.

Alegría arrastra a Trsteza (el diseño de personajes es una síntesis perfecta de datos y formas, arte conceptual para las masas sin duda alguna) en un intento inútil por perpetuar la energía infantil que todo lo puede. Tristeza se deja arrastrar orillada y presionada socialmente para sentirse una mala influencia en una especie de espejo de una sociedad y cultura occidental que de manera aplastante impone el optimismo, la alegría y el presente como valores reales y peor, perpetuables en un mundo que ha olvidado que está construido a base de crisis y de experiencia(s).

Es ahí donde el discurso anti infantilizador de Pixar se hace presente, buscando el reacomodo de esa Alegría -parte de la vida de todos- en una psique en la que también existen otras pulsiones declaradas non gratas por una pseudo cultura como la que experimentamos en estos años: el Temor (al que incluso varias religiones tachan de errado y pecaminoso), el Disgusto, la Tristeza y la Furia. Recordemos que buena parte de la fundamentación Expresionista (dentro y fuera del cine) era rescatar para el humano esas pulsiones violentas y oscuras, el ello, como igualmente humanas al lado de la vitalidad y la jovialidad. Justo por eso es que en su parte cinematográfica personajes que en otros sitios se habrían considerado monstruosos, adquieren en la propuesta expresionista matices reveladores: el vampiro enamorado, el sonámbulo justiciero. Surgen entonces en Intensa-Mente esas memorias casi atesoradas en el interior de la psique de nuestra real protagonista, que de ser monocromáticas y casi unánimemente alegres se convierten en matizadas y recoloreadas para adaptarse a un mundo que nos pide alegría en extremo cuando él mismo no es capaz de proveer las condiciones para generarla.

Y es que, el golpe real en este discurso con tantos toques surrealistas como oníricos, la Alegría no es ni será la protagonista y, lo siento pero me convence anunciar al mundo, la Alegría no gobierna al planeta y dentro de Intensa-Mente las peores decisiones se toman cuando es ella la que lleva la iniciativa y se manifiesta como impulso más que como una reacción.

 

Una travesía bidimensional de características casi dalinianas, muy cubistas y peligrosas en su intercambio de dimensiones (ahí podemos incluso viajar hasta la Matrix de los Wachowski); una exploración al inconciente en lo que se puede interpretar como un capítulo en drogas duras de lo mejor de Pixar); la reivindicación y reinstauración del derecho a la tristeza (y al disgusto, y a la furia, y al miedo) frente a una presión social suciamente optimista, en Intensa-Mente todo se redondea con una reflexión tácita en la que las cosas importantes cuestan trabajo, esfuerzo, en la que hay pérdidas necesarias (ese amigo imaginario hecho de un algodón de azúcar tan entrañable como inútil cuando se juega hockey) y en donde ser feliz no es una finalidad sino un medio, no importa lo que nos digan en la tele.

La tristeza se reacomoda entonces en una especie de nuevo estandarte, un derecho olvidado al mismo tiempo de una herramienta no sólo válida sino complementaria y, sobre todo, que se transforma con el paso de tiempo y el roce con emociones distintas, nunca similares.

Ahí, a pesar de un tropezón de ritmo incomprensible pero evidente y de que probablemente no será para una enorme mayoría la película más entrañable de Pixar, está el resto de la propuesta: tenemos que comprendernos como seres complejos que conviven con seres complejos en un mundo complejo. En ese mundo la infantilización, la simplificación, la bidimensionalidad es incluso peligrosa. Lo tachado como negativo quizá lo sea pero no por ello deja de ser tan humano como aquello señalado como positivo.

No dejar de ser niños no significa ser niños siempre y, como bien plantea y desarrolla Intensa-Mente, ser niño no es necesariamente ser infantil. Aplaudiré siempre una propuesta que apoye los derechos al fastidio y al hartazgo (hoy vistos con un desprecio absurdo) y sobre todo, una que proponga el cambio en una travesía compleja que nos oriente a la madurez.

De hecho, en ese ataque al optimismo a ultranza Intensa-Mente podría, sin quererlo, ser una de las apuestas más maduras de Pixar y eso podría a su vez detectarse en la enorme dificultad de convertir a estos sintéticos personajes en una botarga atractiva en un gran parque de diversiones, lugares que tradicionalmente obligan a la felicidad.

Ya lo veremos.

Intensa-Mente
(Inside Out, EUA, 2015)
Dirige: Pete Docter
Voces: Amy Poehler, Mindy Kaling, Bill Hader, Phyllis Smith
Guión: Pete Docter
Cámara: Adam Habib
Duración: 94 min.

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