Dámaso Pérez Prado, su mambo en el cine.

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Dámaso Pérez Prado
Su mambo en el cine
Por Erick Estrada
Cinegarage

Dámaso Pérez Prado murió en la Ciudad de México un 14 de septiembre de 1989. Conmemorando ese día le hemos dedicado este texto y con un playlist que hicieron los amigos de KichinkOn y que pueden escuchar aquí.

En una entrevista que concedió a Ralph J. Gleason Dámaso Pérez Prado, “el rey del Mambo”, describió así al ritmo al que llevó por todo el mundo: “El mambo es un ritmo afrocubano con toques de swing estadounidense. Es más musical y con más pulso que la rumba. Colecciono ruidos y gritos, desde el canto de las gaviotas en el muelle hasta el sonido del viento a través de los árboles y de los hombres trabajando en una fábrica. El mambo es un movimiento de retorno a la naturaleza a través de ritmos basados en esos gritos y ruidos y en placeres sencillos”.

Ese mambo, ese llamado de regreso a la naturaleza con toques de swing (la modernidad encerrada en contratiempos y alientos puntiagudos) es el ritmo que acompaña a Ninón Sevilla en una dramática secuencia de Víctimas del pecado (México, 1951) dirigida por Emilio “Indio” Fernández, una película de ambientes noir en la que el personaje de Ninón Sevilla tiene que bailar alegre y a tiempo mientras el niño huérfano al que cuida la espera desconsolado en el camerino. Ella desea que “su pachuco” no lo encuentre o las consecuencias pueden ser fatales.

Víctimas del pecado fue el siguiente drama meramente urbano de “el Indio” después de la fenomenal Salón México (México, 1949) y si bien contaba como en aquella con Gabriel Figueroa para la fotografía del proyecto, decidió deshacerse del danzón que engalanaba esa casi trágica narración para darle a su nueva película otros ritmos, entre ellos el mambo de Pérez Prado. Es a él a quien vemos dirigiendo la orquesta del club nocturno “Changoo” mientras Ninón Sevilla canta sonriente pero desconsolada el mambo “Cocaleca”

¿A qué se debió ese cambio? Los aires de modernidad recorrían México y el cine era en parte el encargado de comunicarlo. Las comedia y los dramas rancheros (impulsados por la idea de mexicanidad conveniente al sistema de esos años) se habían vuelto completamente obsoletos, pasados de moda, demasiado locales (incluso dentro de México) como para seguir la corriente de un país que tras la Segunda Guerra Mundial se abría al mundo.

Las ciudades (ya no los ranchos ni las haciendas) crecían, el país se modernizaba, la población migraba, las noches se alargaban y los mariachis y su propuesta no encajaban ya ni en la vida de las ciudades ni en lo que las películas narraban.

En las ciudades los jóvenes comenzaban a abrirse camino y demandaban ritmos más “salvajes”, “presurosos”, “modernos”, mucho más sensuales y entre ellos estaba el mambo. El cine, la enorme lupa que registra la vida de los países en que se genera, recogía ya los dramas e historias urbanas como Salón México y Víctimas del pecado y los adornaba con esos ritmos juveniles primero cumpliendo su misión y después buscando que esos jóvenes entraran a los cines a ver esas historias.

Dámaso Pérez Prado, co inventor del mambo al lado de Arsenio Rodríguez y Cachao, estaba listo en México para adornar a las películas con música que pedía un regreso a la naturaleza y que registraba los ruidos tanto de los muelles como de los hombres en las fábricas, sazonado con la modernidad jazzística del swing. Ahí, entre esa contracultura incipiente (subrayo, se trataba de un ritmo salvaje y juvenil) y una necesidad de México de universalizarse, es que el cine se deshizo de la rigidez, lo monolítico y arcaico de las películas rancheras y sus mariachis y entró a sus nuevos terrenos con una música que hoy, curiosamente, representa más a México (o por lo menos al mismo nivel) que el mariachi.

Entre las películas que Pérez Prado barnizó con mambo (su carrera es escandalosamente prolífica, de ahí que a veces se viera forzado a no bautizar sus canciones sino simplemente a numerarlas) y que se realizaron en México están:

Coqueta (México, 1949), de Fernando A. Rivero y en la que se escucha “Maravillosa”.
Los apuros de mi ahijada (México, 1951), de Fernando Méndez y en la que se escucha el famosísimo “Mambo No. 8”.
El suavecito (México, 1951) también de Fernando Méndez y en la que se escucha el no menos famoso “Mambo No. 5”.
Del can-can al mambo (México, 1952) de Chano Urueta y en la que llueven “Qué rico mambo”, “Mambo en sax”, “Chula linda”, “Mambo Baklan”, “mambo latino” y “Muchachita”,
México nunca duerme (México, 1959) de don Alejandro Galindo y en la que se escucha “Caballo negro”.
Una calle entre tú y yo (México, 1952) de Roberto Rodríguez y en la que se escucha el también famosísimo “Mambo Politécnico”.

¿Era el mambo parte de esa música verdaderamente universal que México necesitaba, independientemente de que su Rey (Pérez Prado) era ya la imagen de un hombre moderno, migrante cubano asentado en la Ciudad de México? La respuesta está, muy probablemente, en la gigantesca lista de producciones no mexicanas que usaron al ritmo para sus historias, a veces para comunicar ese toque de moderna tropicalidad urbana del México de esos años, otras para simplemente ambientar la idea de lo latino moderno, prescindir de las castañuelas y conceder un “Concierto para Bongo”.

 

Entre esas películas que desde esos momentos registraron la existencia del mambo y su importancia y entre esos mambos que llevaron el sonido de buena parte de las noches urbanas mexicanas al mundo tenemos a:

Cha-Cha-Cha Boom! (EUA, 1956) de Fred F. Sears en la que Pérez Prado se interpreta a sí mismo en una situación inverosímil pero que le permitió musicalizar buena parte de la película con su Cha-Cha-Cha Orchestra.

The Brave Bulls (EUA, 1951) de Robert Rossen y en la que suena el “Mambo No. 5”.

La Dolce Vita (Italia-Francia, 1960) del mismísimo Federico Fellini en donde un desesperado Marcello Mastroiani es fondeado de varias formas con el mambo “Patricia”.

Más recientemente los mambos de Pérez Prado pueden ser escuchados en películas de directores más que importantes:

Santa Sangre (México-Italia, 1989) de Alejandro Jodorowsky.

Grandes bolas de fuego (EUA, 1989) de Jim McBride.

Nacido el 4 de julio (EUA, 1989) de Oliver Stone.

Kika (España-Francia, 1993) de Pedro Almodóvar.

Ed Wood (EUA, 1994) de Tim Burton.

Casino (EUA-Francia, 1995) de Martin Scorsese.

Small Time Crooks (EUA, 2000) de Woody Allen.

Space Cowboys (EUA-Australia, 2000) de Clint Eastwood.

El curioso caso de Benjamin Button ( EUA, 2008) de David Fincher en donde se escucha el elegante y extravagante mambo “Skokiaan”.

En varias de las películas mencionadas el mambo se usa como elemento narrativo, pero también como pequeño vehículo en el que se nos hace viajar al pasado, a los años 50 y 60 en que floreció por completo en México y en los que México comenzó una transformación poderosa, a veces exitosa, otras no tanto. Lo claro es que la música que sella esa época y esos sentimientos tiene mucho (aquí la prueba) de los sonidos y las canciones creadas por el genial Dámaso Pérez Prado.

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