Críticas — 16 March 2012
Cannes 2011, Belmondo

Cannes. La del Belmondo
La palma sorpresa honoraria a Jean Paul Belmondo
Por Joaquín Rodríguez
(Enviado)

Mayo 30, 2011. Los que fuimos niños en México durante la década de los 70 nos enfrentamos a un panorama de exhibición cinematográfica muy particular. Al contrario de lo que sucede ahora, la hegemonía de Hollywood no era absoluta, comenzaba a serlo, pero todavía era posible encontrar en la cartelera mucho cine de otras latitudes; ello nos permitió, en mayor o menor medida, reconocer y familiarizarnos con las estrellas de países como Italia, Francia, España, Japón, por mencionar aquellos que mayor presencia tenían en nuestras pantallas. Mejor aún, era posible seguir las carreras de esas estrellas el estrenarse con frecuencia y continuidad filmes de todos ellos.

Así, cuando yo era pequeño me aficioné a cierto tipo de cine francés, el más comercial de ese país, sin duda, y sobre todo a un actor que me pareció siempre sumamente simpático y cuyas películas eran sencillamente divertidísimas. Me refiero a Jean Paul Belmondo. Y no, no estoy hablando de haber visto en aquel entonces Sin aliento (A bout de soufflé, 1960) o Pierrot el loco (Pierrot le Fou, 1965), de Jean Luc Godard, o Stavisky (1973), de Alain Resnais, que a esa edad me habrían aburrido como loco. Me refiero más bien a esas otras películas que lo ratificaron como una estrella absoluta más allá del icono que la Nueva Ola había creado,  las películas que la crítica seria deshechó, las que le valieron el repudio de los intelectuales y justamente las que él mas disfrutó filmar. De entre ellas recuerdo con particular afecto cuatro: El magnífico (Le magnifique,1972), El incorregible (L’ Incorrigible,1975), El animal (L’animal, 1977) y El As de Ases (L’as des as, 1982), que son algunas de esas en donde  desplegaba todo su encanto en argumentos banales y simples que tendiendo más hacia la parodia, buscaban darle pretextos para seducir chicas guapas y hacer stunts inimaginables y asombrosos para los que nunca quiso emplear un doble. Había muchas otras, muchos thrillers de tono más serio, varias aventuras con trasfondos históricos un poco más formales, dos o tres comedias románticas, algunos dramas de guerra.  Pero lo mejor eran estas comedias babosas en donde se reía de sí mismo -como de alguna manera lo hizo siempre, desde Godard- pero ahora de una forma sumamente descarada, cínica, e irresistible.

De El magnífico me quedo con las locaciones en Acapulco y el gag en donde por accidente arroja a una alberca su cápsula de cianuro (era un agente secreto al estilo James Bond), matando a todos lo que nadaban ahí; de El incorregible, que cambiaba de disfraz en cada escena, incluyendo una en donde se trasvestía como rubia cachonda; de El animal, con la escena en donde Raquel Welch intenta llevárselo a la cama sin conseguirlo porque él es gay (bueno, su hermano gemelo en la trama); y de El As de Ases, con la parodia juguetona de Hitler, incluido dentro de una intriga que mucho le debía ya al Indiana Jones de Spielberg.

Ese cine banal de Belmondo, de hecho, es ampliamente reseñado en el documental titulado Belmondo: L’itinerairee… , de Vincent Perrot , exhibido en la edición 64 de Cannes como parte del homenaje oficial al actor, e incluso se le concede en este filme más tiempo a esas cintas -a las que el propio Belmondo asegura tenerles más afecto- que a todo lo filmado con Godard, Truffaut, Resnais, Chabrol, Peter Brook o Jean Pierre Melville.

Ahora bien, ese homenaje de Cannes a Belmondo fue sin duda el punto más alto y emotivo de esta edición 64, que vió desfilar a toda una galería de monstruos sagrados del cine europeo que se dieron cita solo para aplaudir con euforia a “Bebel”, como le dicen cariñosamente los franceses; un hombre que a pesar de su decaído aspecto físico no deja de conservar una vitalidad inconmensurable y una sonrisa a prueba de toda amargura. Sí, ver pasar a unos metros de uno a un Belmondo tan avejentado y con tanta dificultad para caminar -resultado de una embolia sufrida hace diez años- resulta un poco triste; pero ver cómo a lo largo del evento y la proyección del documental no dejó jamás de sonreir, ciertamente aminoraba su acabado aspecto para devolvernos, al menos en parte, a ese Belmondo de apariencia sobrehumana que se nos entregó en tantas películas. E insisto, sobre todo en aquellas que a pesar de su falta de pretensión, han conseguido grabar un recuerdo mucho más sólido en la memoria de millones de espectadores agredecidos. ¡Larga vida al rey Belmondo!



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