Amour, crítica. Película de la semana

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Amour
La última prueba
Por Erick Estrada
Cinegarage

En alguna otra ocasión Michael Haneke había colocado su cámara frente a tribunas llenas de gente. Se trataba del cruel juicio en El listón blanco (Alemania-Austria-Francia-Italia, 2009). Ahí los asistentes a una reunión tan ridícula como violenta en sus resultados miraban hacia la cámara colocándonos en la difícil posición de analizados, de estudiados, de víctimas de un sistema de vida regido por mentiras convenientes, según deja ver el propio Haneke al final de su inmejorable disertación sobre el poder, sobre la guerra y, claro, sobre la violencia humana que es El listón blanco.

En Amour, un título que desconcertó al mundo cuando se dio a conocer (y que fue sugerencia del propio Jean-Louis Trintignant después de estudiar y enriquecer a su personaje al lado del director), Haneke arranca con un teatro a reventar mirando de frente a la cámara. Ahí estamos de nuevo todos, como objeto de estudio, dando el espectáculo. Haneke nos dice ahí que nuestras reacciones están a consideración de alguien más, que es ese público y que a la vez somos nosotros: estamos para reflexionar sobre nuestras propias reacciones. Magistral tomando en cuenta lo que viene.

Una pareja de ancianos habitan un departamento en París. Viven solos en una calma aparente, resquebrajada de repente por comentarios de uno hacia el otro que nos hacen ver y saber que entre ellos las cosas no han sido fáciles. “Eres un monstruo, pero a veces eres buena persona” le dice ella en una especie de premonición inconciente. Al seguirlos montados en una cámara que siempre encuentra lugar entre las paredes y entre la pareja, invisible para ellos pero indispensable para nosotros, descubrimos que su cotidianidad es amable pero no pasiva, que el mundo exterior los ha herido y ellos han hecho lo propio, inlcuso con su hija, un espectro frío y siempre a la defensiva encarnado por Isabelle Huppert y que se convierte en la vasija en la que Trintignant deposita la amargura descubierta cuando su pareja, Emmanuelle Riva (espectacular) sufre un ataque que la encarrila hacia la decrepitud.

El recorrido siguiente se desmarca casi por completo de lo que Haneke había hecho con su discurso visual. Economiza en emplazamientos, en cortes, en descripciones, pero enfatiza así el trabajo de sus actores que consiguen hacer de estos personajes una creación (esa sí) típica del director. Sólo el departamento y sus habitantes, pero enncerrado con ellos está lo inevitable del ser humano, el final del que nadie puede abstraerse pero del que todos en algún momento han querido escapar.

Los temas de Haneke aparecen entonces sin que nos percatemos (recordemos que somos los estudiados) y la provocación cae como martillo embrujado. Haneke encierra al personaje de Riva en una cápsula de decadencia física pero de completas capacidades mentales, una contradicción violenta, monstruosa. Encerrados como estaban ya en su propio departamento, este segundo candado obliga a cambios drásticos, a traer invitados indeseados, a ver a la familia desintegrada por un lado pero unida en la profesión (padre, madre e hija son músicos): obliga a la convivencia extrema en la que incluso la música es una falsedad simulada (ojo a la secuencia del piano que Trintignant cierra manipuando un radio).

Luego vienen las interrogantes que suenan escandalosas en este minimalismo visual, manejado con tanto estilo de parte de Haneke que incluso lo onírico ve trastocadas sus reglas para sorprender a sus personajes y a nosotros con ellos. La decadencia física, la convivencia extrema provocan que en la mente del público de Haneke, nosotros, se pasee vigilante la idea de un final digno, de un término del sufrimiento, en encontrar la llave que libere a esa mente en plenitud de un cuerpo que cada día sirve para menos.

La muerte es ya un péndulo que de secuencia en secuencia nos sorprende al hacerse presente en nuestras soluciones, que se agitan con las capacidades físicas de esa mujer torturada. ¿Y él? ¿Merece también un descanso? ¿No sufre igual que ella? ¿Se queda a su lado por amor? ¿O es por amor que el péndulo se detiene señalando el momento indicado?

Somos el público observado y los pensamientos más recurrentes (la muerte) suelen ser los que en otras ocasiones consideramos crueles e indignos. No hoy. Haneke ha hecho eso más de una vez y también ha explorado la vejez con la misma minuciosidad. La diferencia es que aquí nos hace tomar conciencia de que el amor sirve tanto para iluminar una vida como para oscurecerla.

Si quieren sorprenderse pensando que eso es cierto y muchas veces necesario tienen que experimentar a lo que sin duda es la mejor película vista el año pasado. Magistral.

Amour
(Austria-Francia-Alemania, 2012)
Dirige: Michael Haneke
Actúan: Jean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert, Alexandre Tharaud
Guión: Michael Haneke
Fotografía: Darius Khondji

Duración: 127 min.

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Comments (4)

  1. la mejor entrega de Haneke sin ser aficionado a sus peliculas, verdaderamente una obra maestra, aqui no tiene nada que ver si el final ya se ha tratado en otras peliculas, esta pelicula va mas alla,

  2. Magnifica… el final es realmente muy bueno considerando que existían otras piezas en la película que nos llevaban a otro destino…

  3. si han visto películas en que se tenga que frenar la vida del otro por amor (tema bastante usado ya en el cine) esta es una pelicula mas de esas, ojo sólo estoy en contra del final porque el resto de la pelicula se desarrolla perfecto.

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